ASOCIACIÓN ILÍCITA, COLUMNA DE SALVADOR GAETE. LA ALEGORÍA DEL RING Y LA MÁSCARA DE LA ABUELA

El kitsch es un estilo artístico que habita lo “cursi”, es por tanto extremo en su propuesta estética, rompiendo el canon tradicional, es vulgar y pretensioso, no es clásico ni sencillo, se le reconoce con facilidad por lo que podríamos denominar mal gusto y su inclinación a la infantilización. Si Michelle Bachelet fue la primera mujer en alcanzar la presidencia, Pamela Jiles podría elevar el kitsch al sillón presidencial. Ese es para mí el estado del arte.

Se entiende que Pamela Jiles no es Pamela Jiles, hay quienes dicen que está atrapada en su personaje, lo cierto es que su mensaje es su forma, su discurso está encarnado en su propio cuerpo, las claves de su estrategia hay que buscarlas en el espectáculo. Entender su momentáneo éxito político es interesante, no tanto por comprender a cabalidad a Pamela Jiles, si no por descubrirnos a nosotros/as como articuladores de esa puesta en escena, después de todo, así funciona el montaje del entretenimiento, es una lectura de su audiencia.

Como una muy buena exponente del kitsch, Pamela Jiles se construye y nutre a través de la parodia, mucho se ha dicho que es un personaje televisivo, algunos han acuñado el concepto de tele política para poder abordarla, pero ¿Cuál es el formato televisivo al que hace referencia? Su personaje de la “Abuela” no remite a la abuela clásica, no es tierna ni bondadosa como el arquetipo, usa una capa de super héroe y no para de pronunciar improperios a sus contendores. La suma de estos elementos podría resumir una abuela vengadora. La imagen termina de completarse con el escenario en el que se mueve: lo que metafóricamente denominamos la “arena política”, es por tanto la performance de una luchadora, una gladiadora que aparatosamente se mueve en esa otra arena, precisamente a la que hace alusión la metáfora. Si buscamos, por tanto, un formato televisivo con el que representarla, me inclino por la WWE, el programa de la lucha libre.

Lo interesante de la lucha libre es que el combate no es real, es un espectáculo, la gente sabe que lo es. En la política pareciera pasar lo mismo, la gente sospecha que las acaloradas disputas que protagonizan los/as representantes de la clase política no son más que un simulacro. Ronald Barthes, escribió un ensayo titulado El Mundo del Catch (concepto francés para designar lucha libre), en donde argumenta que el catch es la herencia contemporánea del antiguo teatro griego, esto por la función social de la catarsis. Pamela Jiles parece leer bien que, si la política no puede transformar significativamente la realidad, al menos puede cumplir el rol de la catarsis, para cumplirlo debe contar con la complicidad de la audiencia. Dice Barthes: “La función del luchador de catch no consiste en ganar, sino en realizar exactamente los gestos que se espera de él”. El baile del triunfo de Naruto, una vez aprobado por la Cámara el primer retiro de los fondos de la AFP, se hizo viral no solo por el componente “ridículo”, propio del kitsch, si no porque se asemejaba a una pasión que la mayoría experimentó en su propia casa ¿o acaso no saltamos todos/as también ridículamente al escuchar la noticia? Eso es precisamente una catarsis.

Otra característica que asemeja a Pamela Jiles con la lucha libre es que no se inmuta cuando la acusan de “hacer trampa”, entiende que las reglas son solo formales, un luchador de catch que se precie de tal, sabe que debe transgredir las normas, es en cierta medida lo que se espera de él, a veces golpeará por la espalda, otras dará un punta pie a un rival que se encuentra vencido, y la reacción del público dependerá no de la violación de una norma tácita, si no de si el afectado se lo merece o no. Citaré nuevamente a Barthes: “Pero el catch se ocupa, fundamentalmente, de escenificar un concepto puramente moral: la justicia. En el catch es esencial la idea de “saldar cuentas”; el “Hazlo sufrir” de la multitud significa, ante todo, “Haz que las pague”. Se trata, por supuesto, de una justicia inmanente. Cuanto más baja es la acción del “canalla”, más se alegra el público por el golpe que se aplica con justicia: si el traidor —un cobarde naturalmente— se refugia detrás de las cuerdas y subraya su falta con una mímica descarada, es despiadadamente atrapado allí mismo y la multitud celebra al ver la regla violada en provecho de un castigo merecido”

Pamela Jiles es esta personificación, sintoniza con su audiencia, es una vengadora que fustiga a la clase política, es por eso que su audiencia la celebra, no le recrimina el maltrato, lo haría sin lugar a dudas si escoge mal a su víctima. Por lo mismo, planteo, que conocer la estrategia, la puesta en escena de Pamela Jiles es una forma también de mirarnos. Hay quienes le han recriminado que infantiliza a la gente, no estoy del todo de acuerdo, es cierto que su personaje es infantil, pero su apuesta contiene una paradoja. Preguntémonos ¿Alguien podría creer que una mujer que se autodefine como abuela y lleva un disfraz de super héroe realmente puede salvarnos? No, su apuesta es exitosa precisamente por lo contrario, y aquí de alguna manera sigo hablando del catch, porque el público votante sabe que es mentira, ha perdido la ingenuidad y no cree en la clase política, entiende que es un show, Pamela Jiles sólo lo hace evidente.

 

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