JAVIER NARANJO MORENO, COLOMBIA: CUALQUIER COSA INVENTADA

 

 

    Quien conserva su cabeza de niño conserva su cabeza.

                                                                                                                        Antonio Porchia.

 

                            Secreto: la poesía que habita en mi corazón.

  Valentina, 9 años.

 

Llevo años en una sencilla tarea de vida, que es muy grata porque fue mi elección, pero sobre todo, por los resultados que entreví.

Llevamos años, mi esposa y yo, recogiendo lo que escriben muchas personas: niños y niñas, adolescentes, adultos y viejos. El poeta Manoel de Barros escribió: “Ahora soy un cazador de hallazgos de infancia. Voy medio desmemoriado con una azada a la espalda a cavar en mi patio, vestigios de los niños que fuimos”.  Cavamos, recogemos, por varias razones que les contaré:

Inocente viene etimológicamente de lo que no hace daño. Y lo emparentamos, en este mundo del sálvese quien pueda, con el bobo, el torpe, ese del cual podemos aprovecharnos.  También relacionamos inocencia con candidez que viene de resplandor, blancura, y con ingenuidad que en su origen es el que nace libre. Como vemos, estas dos palabras tampoco remiten al tonto, o al ignorante. Dice Juan Villoro: “La singular manera en que los niños descifran su universo muestra que nada es tan profundo como la inocencia”. Esa inocencia aflora a veces en nuestra irremediable adultez, cuando permitimos que nuestra niñez, tantas veces oculta, llena de memorias alegres, o tristezas y soledades, reaparezca y tome cuerpo en lo que escribimos, para vernos en lo que no hemos querido o sabido contemplar. Para vernos también en los otros e intentar recomponernos.

Desde la inocencia, y en momentos de gracia, podemos lograr una unión tal con el mundo, que se nos concede también el olvido de sí, como cuando jugábamos. Y ahí con frecuencia se encuentran el ser y la poesía.  Como en la niñez, cuando habitábamos una tierra en donde todo era vivo. Y cuando escribimos, de pronto la poesía irrumpe y la reconocemos en las imágenes sugestivas, asociaciones insólitas y sintaxis arrevesadas, plenas de revelación, de carga expresiva.

En los talleres, en medio de lecturas, conversaciones y escrituras, derivamos hacia esa zona del ser donde cada uno es libre de entrar o no, para dar cuenta de sí u olvidarse.  Y no se trata de buscar altas cotas estéticas, ni de suponer que cada uno de los que escribe es escritor, en el sentido que otorgamos a quien ha publicado, o conoce la tradición literaria y los entresijos del lenguaje. Escritor puede ser, según la RAE, la persona que escribe. Debo aclarar que no enfatizo en nombrar a nadie así. Más allá de un “título” y un refinado manejo de la lengua, me interesa cómo en las palabras, una vez logramos abandonarnos al flujo del sentir y el pensar, se cuela ocasionalmente el adentro, con profundidad cristalina y con enorme potencia. Les sugerimos a quienes escriben que abandonen el peso de cualquier preceptiva. Y aparecen fragmentos nítidos de sus vidas, tantas veces dolidas, agredidas, lastimadas.  Me seduce y emociona hasta lo indecible la entereza de esas voces, que brotan casi contenidas, en esas palabras escondidas o negadas, que ahora surgen para vernos, acompañarnos, y restañar un poco las heridas. Paul Celan escribe: “Dice verdad quien dice sombra”. Con mucha frecuencia, como lo mencioné, uncida a esas palabras que vienen de nuestras sombras, encuentro poesía.

Pero, ¿qué es la poesía? Hay tantos intentos de definirla como poetas. Pero para fortuna de muchos de nosotros, ignorantes de tantas cosas, y para despecho de quienes se han creído dueños de la poesía, en los niños y en muchos de quienes se entregan al serio juego con las palabras, surge la liebre de lo poético. Estoy convencido de que los niños, y quienes vuelven a su niñez, pueden unirse en ocasiones a la ensoñación del ser, de la que hablaba Bachelard.  El anima mundi, en la que se confunden el afuera y el adentro. De esas breves epifanías en las que somos todos y todo, vienen con frecuencia expresiones cargadas del aliento primordial, para que quien las escribe sea el primer sorprendido al ver y verse, en lo que no sabía que sabía. Recuerdo que Denise Levertov hablaba de la contemplación como el ver en presencia de un dios, y siento, o quiero creer, si lo prefieren, que ese es un estado para que lo poético se manifieste. Contemplar, como cuando entramos en el fluir de todo, sin límites y sin contornos. Como sabemos, los místicos ya no precisan palabras, viven la unidad. El niño en sus primeros años parece no necesitarlas, apenas está empezando a nombrar, a separarse. El adulto y el niño cuando se escriben, ocasionalmente pueden atestiguar ese tiempo dador del despropósito. Palabras desinteresadas, de pronto poesía.

Decía Octavio Paz que “El poema es un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía universal.”   Y estoy de acuerdo, pero escuchen otras expresiones de los niños, cuando les pregunté por poesía y poeta.

POESÍA:          Hay veces que uno no tiene nada que hacer y se pone a escribir poesías.

                         (Blanca Yuli Henao. 10 años)

 

La poesía es muy bonita porque da frases de amor.

(Oscar Albert Estrada. 11 años)

 

Algo aburridor y sólo lo aprenden los poetas.

(Olmedo Herrera. 10 años)

 

Como estar cantando.

(Mary Luz Arbeláez. 9 años)

 

Es igual a lo que decían en los años antiguos.

(Luis Fernando Ocampo. 10 años)

 

Expresión de reprimidos.

(Eulalia Vélez.  12 años)

 

Ridiculez.

(Mateo Ceballos. 10 años)

 

POETA:           Alguien que ha descubierto algo en el mundo.

(Nelson Fernando Londoño.  9 años)

 

Es cualquier persona que vuela por el aire.

(Sandra Milena Mazo. 7 años)

 

Cualquier cosa inventada es un poeta.

(Maritza Llano.  8 años)

 

Lo que viaja.

(Alex Gustavo Palomeque. 7 años)

 

Un hombre que canta.

(Juan Pablo Eusse.  8 años)

 

Es un país que no existe en la vida.

(Gloria Cecilia Guzmán. 9 años)

 

Puerta.

(Hugo Andrés Grajales.  6 años)

 

Un perro.

(Julieth Rojas. 7 años)

 

El poeta es el que dedica su vida a la poesía, al poema, incluso a la escritura.

(Jhon Estiven Suárez. 10 años)

 

Hay aquí muchas miradas sobre lo poético, definiciones que provocan risa, incredulidad, sorna y asombro, y por momentos hasta se vuelven poesía: me pregunto: ¿de dónde vienen muchas de esas respuestas que nos interpelan y nos conmueven? Hay mucha tela para cortar aquí y esto desborda nuestro propósito.

El poeta Gabriel Jaime Franco dice que un poeta es aquel que nos dona nuestros propios ojos.  Me pregunto a qué se refiere con nuestros propios ojos. ¿En qué momento el ojo está completamente despierto a lo mirado? Quizás cuando todo está ungido de extrañeza, bañado por el destello de lo recién creado. Eso sucede cuando por momentos logramos limpiar la mirada. Y el niño está al fondo de esa mirada que recupera la incesante novedad del mundo.

El poeta testigo de su mirar, es el que se ve viéndose ver, es el niño, agazapado detrás de la mirada. Estado del ser que nos dona nuestros propios ojos.

Hay un poema del peruano José Watanabe, que describe a la poesía de una muy bella y reveladora manera:

 

De la poesía

 

El niño entró en la sombra de su árbol de extramuros

donde dejaba diariamente sus quehaceres de intestino.

Y si otro niño en árbol vecino se acuclillaba

y se aliviaba

brotaba entre ambos

la honrosa complicidad en la depuración

del buen animal.

Esta vez, sin embargo,

una visión suspende al niño, lo fija

con estupor

bajo su árbol:

en medio de una anterior limpieza

crecía

una incipiente y trémula plantita.

y lo estremeció la imaginación del viaje

de la pequeña menestra

a lo largo de su cuerpo, su recorrido indemne,

incontaminado

y defendiendo

en su íntimo y delicado centro

el embrión vivo.

Y en la memoria del niño,

con difícil contento,

comenzó a elevarse para siempre

la planta mínima, tu principio, tu verde banderita,

poesía.

 

Innumerables consideraciones sobre la niñez son lugares comunes, que abundan en frases previsibles y dulzonas, pero los niños pueden ser también crueles, duros, indelicados, políticamente incorrectos. Inconvenientes, necios, rebeldes, desafiantes. Maravillosamente humanos.

Hay muchos que menosprecian las expresiones infantiles a las que consideran apenas como meros gracejos y curiosidades. O en el peor de los casos mentiras, o si hay agudeza, es porque eso lo copió de un adulto. Argumentan que los niños no conocen el lenguaje y sus reglas, y esto es lo que a mí justamente me seduce, porque desde ese desconocimiento esplenden maravillas del decir, del escribir y del sentir, a las cuales es necesario estar atentos. Hay tanta impostura en muchos poetas de salón, que se sienten depositarios de alguna revelación negada al vulgo. A esos personajes los niños les sacan la lengua en sus recreos, mientras atesoran su lenguaje secreto, para entregar a veces en balbuceos, a quien quiera escuchar. Los niños, desafiando la mirada que tenemos para ellos, descolocando y rompiendo lo previsible, que nos regala la equívoca certeza de lo conocido. Las palabras de la niñez retando seguridades y mentiras, con las que habitamos y empobrecemos la realidad.

Y hay también los que dicen, llenos de buenas razones y mejores sentimientos, que a los niños hay que enseñarles poesía para que no pierdan sensibilidad, asombro, maravilla- miento. Y está muy bien, pero lo que siento que hay que hacer es impedir que la olviden, y recordarla con ellos, leerla, caminarla y nadarla con ellos, cuando entran en esos ríos del fluir de las cosas, en su profusión de analogías y correspondencias, como cuando bautizábamos a la realidad, y los sueños y el deseo nos ayudaban a acabar de crearla también.

Siento que hay que acompañar a los niños en ese camino y andarlo unidos, para que los adultos no olvidemos, y todo recobre limpieza, transparencia. Plenitud contra toda miseria de lo humano. Y expoliación y crimen. Es necesario mirarnos a los ojos, hablarnos desde el amor, la compasión, y mi dolor que es el del otro, en la única fiesta cierta de esta vida, juntos.

 

 

 

 

Javier Naranjo, Colombia

JAVIER NARANJO MORENO

Medellín, Colombia.

Docente, gestor cultural y promotor de lectura.  Entre sus libros de poesía se encuentran Orvalho, Silabario, Lugar de cuerpo ciego, A la sombra animal, De parte del aire, La Distracción, Afantasmarnos (a dúo con Orlanda Agudelo) y Perplejo, publicado en México. Lo que mi voz leía es una compilación de cartas recogidas en compañía de Orlanda Agudelo en regiones de Colombia y en algunos países. Casa de las estrellas, Proyecto Gulliver, Los niños piensan la paz, Jugar la vida y Tu cuento habla mucho (Bolivia), reúnen creaciones infantiles. Estos dos últimos realizados con Orlanda Agudelo. Las cartillas El Diario de Mammo y El Diario de… escritas para el MAMM (Museo de arte Moderno de Medellín) tienen como fin el acercamiento de los niños al arte. Casa de las Estrellas fue traducido y publicado en Brasil por Foz Editora y por Planeta.  Cofundador del Festival Internacional de Poesía de Medellín y coordinador de algunas versiones de su Escuela de Poesía. Apoyó la realización de la primera Escuela de Poesía en el marco del VII Festival de Poesía de Buenos Aires, Argentina. Coordinador de diversos proyectos de lectura y escritura creativa en nuestro país y en otros países. Ha participado en eventos, seminarios, ferias del libro y festivales nacionales e internacionales. Artículos y poemas suyos han aparecido en diferentes medios electrónicos, revistas, periódicos y antologías.

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