GIOVANNI ASTENGO. ENTREVISTA AL POETA ARGENTINO GUILLERMO PILÍA: “ESCRIBIR POESÍA EN ESTOS TIEMPOS YA ES UN HECHO REVOLUCIONARIO”

 

Desde La Plata, Argentina, configuramos junto a Guillermo, un viaje por el fenómeno poético, la poetología, el enigma y el símbolo que atraviesa la vida y obra de Rimbaud y sus propios poemas.

En Chile, se ha venido desarrollando un fenómeno que podría denominarse como “La muerte del padre” sobre todo, en las nuevas generaciones, con respecto a la figura mesiánica y patriarcal de Pablo Neruda; por distintas razones, que van más allá de la obra ¿Te parece acertada esta disociación entre vida y obra? ¿En La Argentina ocurre algo similar con respecto a Borges?

 Toda la historia de la literatura muestra dos movimientos pendulares: clasicismo / barroco, tradición / vanguardia, y así también la tensión entre los epígonos y los parricidas. Escribir bajo una sombra tutelar siempre resulta seguro, aunque el vuelo es limitado. Rubén Darío fue un gran patriarca, pero cuántas atrocidades se escribieron en nombre de Rubén Darío. Y lo mismo con Neruda y con Borges. Claro que la figura del padre, psicológica y literariamente hablando, es muy poderosa, y genera amor y odio. Matar al padre es una forma de alcanzar la madurez creativa. Creo que escribir como Neruda en 2021 no tiene sentido, o como le dijo Borges a mi maestro, Horacio Castillo, en la década del 50: “No sé qué futuro puede tener alguien que en este tiempo escribe como lo hacía Rubén Darío medio siglo atrás”. En mi libro “Ojalá el tiempo tan sólo fuera lo que se ama” hay un poema que trata sobre este tema: “Mudanzas”, jugando con la polisemia de esta palabra: cambiar de residencia y también cambiar de piel o de pelaje en ciertos animales. Habla del cambio que se produce cuando el artista, en este caso el poeta, descubre que el padre no era todopoderoso y asume que de ahí en más tendrá que abrirse camino solo:  “Igual que aquellos libros —o el dios de la niñez— algún día el maestro deja de ser tan grande e infalible, como antes lo pensábamos: le encontramos olores, ajaduras, resquicios, y en sus fisuras vemos que tan sólo era tierra iluminada, que apenas si la luz lo tocó cuando nosotros aún íbamos a tientas”. Es natural que los jóvenes escritores quieran “matar” a los que les precedieron, lo que no pueden hacer es ignorarlos. ¿Hasta qué punto puede disociarse la vida y la obra? Hasta donde más pueda tensarse la cuerda. De lo contrario habría que arrojar a la basura la mayor parte de lo que se escribió, porque todos somos hediondos, ajados, apenas tierra iluminada. La mayoría de quienes amamos a Borges lo hacemos a pesar de sus ideas políticas. Sería un desperdicio pasar por la vida sin leer a Borges sólo porque odiaba al peronismo y no se avergonzaba de recibir una condecoración de un dictador chileno. Creo que con los años uno trata de que se desdibuje la persona y sobreviva la obra. ¿Cómo podríamos leer a Heidegger, por ejemplo, si permanentemente recordamos su complacencia por el nazismo? La obra es más importante que el poeta, y el poeta que el hombre en cuyo interior vive, un ser con necesidades fisiológicas y flaquezas espirituales.

 

 Recuerdo haberte sentido muy enfadado por grupos que piensan que un académico, no puede hacer “buena poesía”, por las variantes teóricas y la llamada- por ellos- “contaminación”, ¿Qué piensas de esta dicotomía?, ¿ No es en cierta medida tu formulación de la Poetología, una forma de respuesta a una academia más cercana del conocimiento del fenómeno poético?

 Decir que un académico no puede hacer buena poesía es una afirmación por lo menos temeraria, y a mi juicio absolutamente estúpida. La contradice la infinidad de grandes poetas que fueron académicos. Ahora, si por académico se entiende alguien que vela, como un cruzado, por la pureza del idioma y las sutilezas de la gramática, bueno, eso puede ser contradictorio en algún aspecto con la poesía, que siempre tiende a buscar su vitalidad en la rebeldía y lo impuro. Salvo en la actualidad, donde hay licenciaturas en creación literaria, las universidades se encargan de matar las vocaciones poéticas vacilantes, pero terminan fortaleciendo a las auténticas. Desde ya que el conocimiento científico de la lengua no garantiza una buena poesía, pero si uno ya es poeta, debería profundizar en la naturaleza del lenguaje y de la expresión porque ese es nuestro instrumento, y sonará mejor cuanto más afinado lo mantengamos. Mis conferencias sobre Poetología van dirigidas a los que escriben poesía, para incentivar la reflexión sobre el fenómeno poético y los mecanismos del lenguaje. No todos los poetas han tenido la posibilidad de estudiar científicamente estas cosas, y considero que quienes sí la tuvimos debemos de alguna forma compartir estos conocimientos. Los poetas deberían tener la obligación de autoanalizarse en sus obras, no dejar las cosas libradas a la pura intuición, al “me salió así y así lo dejo”. A los jugadores de fútbol se les suelen pasar los vídeos de los últimos partidos para que se observen y corrijan. No sé si la poesía es más importante que el fútbol, pero al menos creo que un poeta no es menor a un jugador y debería aprender de esta disciplina.

Tienes una cantidad enorme de libros publicados, pero quisiera detenerme en “Ojalá el tiempo tan sólo fuera lo que se ama”, del año 2011. En aquel libro intuyo la fisura, el transcurso del tiempo, como si el ahora se desvaneciera y dejara su vacío en lo irrecuperable ¿Es el tiempo y lo precario una de tus grandes preocupaciones poéticas?

 Ese libro es muy importante en el conjunto de mi producción, pero por otra cosa: porque en él me lancé a escribir sobre cuestiones por las que antes sentía cierto pudor. Por ejemplo, escribir sobre mis padres, mi abuelo, mi hijo, la mujer que entonces amaba. Claro que cuando una persona o una experiencia se manifiestan como poesía pasan a ser ficcionales, de manera que el abuelo que aparece en uno de mis poemas más conocidos, “El milagro”, no es estrictamente mi abuelo. Y el que habla en el poema no es la persona que ahora está respondiendo esta entrevista, sino un yo poético tan ficticio como el narrador de un relato. En mi obra “Cazadores nocturnos” el yo poético es la misma muerte, o algo híbrido entre la muerte y la maldad, un ser que caza hombres, que los descuartiza, que come carne cruda. Yo como persona sería incapaz de hacer nada de eso. No obstante, como todos sabemos, el lector medio tiende a identificar a la persona con el poeta y con el yo poético, y por eso mismo siempre tuve pudor de tratar ciertos temas. Temas que, por otra parte, son los más comunes y a la vez los más difíciles de expresar. En mi poesía hay varias etapas: los primeros libros, hasta “Huesos de la memoria”, son deliberadamente impersonales. Después empieza esa apertura hacia lo personal unida a una expresión más clara. En cuanto al tema del tiempo y lo que ese tema conlleva, la infancia perdida, la nostalgia de la Edad de Oro, lo perecedero de todo lo que amamos y de nuestra propia vida, desde ya, ese tema del tiempo es trasversal a toda mi obra. Rafael Felipe Oteriño escribió que mi poesía nace para suturar una herida, la del paso del tiempo. Pero también para celebrar el gozo de la existencia, la alegría de nombrar las cosas que sin la palabra poética carecerían de verdadera existencia.

“Apreciemos sin vértigo la extensión de mi inocencia” Escribió Rimbaud, y tu último libro “Como el dios que se gestaba en su muslo”, que pronto y necesariamente será publicado en París ,es un texto donde estableces una travesía del poeta francés, y te “apropias” de esa extensión a través del símbolo de su pierna derecha amputada, una suerte de trofeo de la modernidad ¿Cuál es el génesis de este libro?, ¿Y cuál es actualidad y vigencia de J. A. Rimbaud?

 Ese es uno de los libros donde se puede ver bien la separación entre el poeta y el yo poético. Está escrito en una forma casi narrativa. El Rimbaud que allí aparece no es, evidentemente, la persona que existió en la realidad, sino un personaje de ficción, una especie de metáfora del poeta, y la recreación del viejo tema que Edmund Wilson abordó en “La herida y el arco”: el mito del artista enfermo. Rimbaud, parafraseando a Artaud, es el amputado por la sociedad. El libro se fue escribiendo a lo largo de muchos años y es la excusa para expresar algunas de mis obsesiones. No ya el tiempo, sino la interrogación sobre el destino de la poesía misma y ese estado enfermizo de transcurrir la vida que en parte está asociado al desasosiego de Pessoa. ¿Por qué Rimbaud? Porque en su vida están condensadas muchas de las cosas que yo siento como contradicciones de la mía, y además porque, como escribió nuestro amigo Andrés Morales, todos quisimos en algún momento ser Rimbaud. Mi vida, no obstante, se ha parecido más a la de uno de sus discípulos, a la de Paul Claudel. Digo esto con un poco de amarga ironía. El mundo en el que vivió Rimbaud ya no existe, posiblemente se terminó con la primera guerra mundial, como el de otro de mis poetas favoritos, Georg Trakl, quien también fue heredero confeso de Rimbaud. Hoy Rimbaud es algo que él nunca hubiera deseado ser, un clásico, un autor de culto y de estudio. La novela contemporánea no se entiende sin Proust y la poesía contemporánea no sería tal sin Rimbaud. Sin él no hubiera existido el surrealismo, ni Trakl, ni Saint-John Perce, ni buena parte de la poesía de Neruda, quizás de la mejor poesía de Neruda.

 

 Un rockero argentino, que no recuerdo su nombre, llamó a La Argentina “La casa desaparecida” refiriéndose a su historia política, social y cultural ¿Lo ves un poco así y cuál es tu visión de la actualidad de tu país?

 Yo nunca fui un poeta político, eso aparece un poco más en mi narrativa. Pero soy fruto de un tiempo y de ciertas circunstancias históricas. Comencé a publicar entre 1978 y 1979, es decir, en plena dictadura. En ese momento no había demasiadas opciones. Se podía escribir “sin pelos en la lengua”, pero eso significaba lisa y llanamente la muerte, o en el mejor de los casos el exilio. Se podía optar por no escribir, y hubo algunos que se llamaron a silencio. Y se podía escribir en forma encriptada, como hicimos otros. Mis dos primeros libros son bastante herméticos, y los que escribí después son grandes metáforas: el cazador nocturno, la peste, los ciegos, el río como tumba, los huesos que traen la corriente y la memoria, los lobos. Me costó mucho exorcizar esos años de peste. “Caballo de Guernica”, de 2001, es quizás el primer libro en que traté de celebrar la luz, aunque contiene varios poemas que hacen referencia a esos tiempos oscuros. Incluso en mi libro “Ainadamar”, de 2016, siguen apareciendo. Y es que la dictadura, durante la cual yo tuve que cumplir para colmo mi servicio militar, es un tumor como el de la pierna de Rimbaud, que por más que se lo cubra con vendas sigue trabajando por debajo. No obstante, no me considero un poeta comprometido más que con la poesía misma. En el aspecto religioso soy católico, pero me avergonzaría hacer adoctrinamiento desde la poesía. En lo político soy peronista, que para mí es la forma más cristiana de hacer política, pero mi poesía tampoco es una tribuna para ello. Creo que escribir poesía en estos tiempos ya es un hecho revolucionario, y si uno está del lado de los pobres y desclasados, como yo lo estoy, y tiene por oficio el de poeta, lo que tiene que hacer es tratar de escribir la mejor poesía que pueda. Al imperialismo, al neoliberalismo, que cierra escuelas y recorta los presupuestos de cultura, el arte le provoca un malestar inevitable. Ahí entonces es donde tenemos que dar la lucha, los que no tenemos otras armas que las palabras. Esto no lo digo pensando en un mundo general y abstracto, sino con la mirada puesta en mi Argentina, un país que debería ser una potencia mundial pero que fue sistemáticamente boicoteado por el imperialismo extranjero y los traidores de adentro. Escribo con el corazón puesto en ese país al que no lo quieren dejar ser, pero que alguna vez será.

Por último, quisiera preguntarte cómo has vivido la pandemia ¿Qué libros y qué música te han salvado del aislamiento?

Para alguien que tiene una intensa vida interior, como yo la tengo, el aislamiento no es algo tan grave. Extraño viajar, que es una de mis ocupaciones favoritas. Pero por otro lado, el aislamiento de 2020 fue para mí muy productivo: terminé una novela, un libro de cuentos y otro de poesía. Me gusta el tango, el folclore latinoamericano y el flamenco, pero la música no es en esta etapa de mi vida tan importante como lo fue en otro tiempo. Los libros sí, y también el cine. He leído muchísimo, sobre todo narrativa, que es para mí el género más placentero. Creo que leí cuatro o cinco novelas de Alejo Carpentier, releí a Rulfo, a Jorge Edwards, mucha novela histórica argentina. Mis gustos en materia de cine son muy variados, perdí la cuenta de las películas que vi, a veces hasta la madrugada. En ocasiones vuelvo a ver películas o series que vi de chico. Creo que un poeta, y yo me considero principalmente poeta, tiene que alimentarse con todo tipo de lecturas, no sólo de poesía. Y con la mayor cantidad de formas artísticas que pueda. Más allá de las diferencias y especificidades de la música, el teatro, la plástica o las letras, todo surge de un mismo impulso creativo. Mucha gente sobrevivió al aislamiento gracias a esos menesteres de personas ociosas que somos los artistas. Así al menos nos vio siempre el poder. Nosotros, en cambio, y esa debería ser una de nuestras formas de rebeldía, tenemos que posicionarnos frente al mundo de otra manera. Después de todo, escribimos porque somos parte de la raza humana. Y si hay algo que es propiamente humano, es nuestra capacidad de crear. Sin el arte y otras formas simbólicas, nuestra sociedad no tendría mayor trascendencia que la de las abejas o las termitas.

 

Selección de poemas.

 

Verano en Africa

 

El hombre ha buscado trabajo en todas las factorías del Mar Rojo —cuando intenta dormir repite los topónimos árabes como una letanía—. Pero las voces que designan a esos puertos nada dicen a quien no ha sufrido la pestilencia de sus calles, sus bárbaras comidas, el calor que apenas morigera el viento de la costa.

Ahora ha llegado a Adén con la idea de acaparar
no el limpio oro que arrastran los ríos,
sino los sucios billetes y las grasientas monedas
que van de mano en mano en los bazares.

Cuando logre reunir unos centenares de francos —piensa—, partiré para Zanzíbar —tal vez sin la ilusión de encontrar allí la felicidad o el sosiego, sino acaso para vivir en un sitio que lleve un nombre sonoro—. Pero por ahora vegeta en medio de un cráter apagado, lleno hasta el fondo de arenas marinas. Sólo toca, sólo ve lavas. El aire no traspasa las paredes volcánicas y todo se quema allí como en un horno de cal. Escribe:

No hay ningún árbol, ni siquiera desecado, ni una brizna de hierba, ni una parcela sembrada, ni una gota de agua dulce

Montañas negras aprisionan la ciudad como una escenografía de hierro; enormes escalones de piedra, pretéritas cisternas, obras de un pueblo extinguido y ciclópeo. Escribe:

Siempre se espera una tormenta que venga a perseguir los cielos; un agua de bosques celestes que se pierda por estas vírgenes arenas; un vendaval de Dios que arroje sobre Adén su granizo milagroso

Es el verano abisinio, el verano que viene del África del este: todo arde; vibra la atmósfera como metal; hasta el viento, cuando corre, es un viento de fuego. Escribe:

Sólo un maldito puede buscar vivir en un infierno semejante.

 

 

Marsella, 9 de mayo de 1891

 

Aquélla –mi pierna derecha– cuántas

ciudades recorrió, cuántos países…

Juntos cruzamos los Vosgos a pie;

fuimos tras un circo ambulante desde Hamburgo

hasta Suecia; más tarde a las canteras

de Chipre y a los puertos del Mar Rojo.

Y nunca pensé en ella hasta esa noche

en que el tumor me dijo que no iba a seguirme

ya más, en que entendí que se me haría

desde entonces cada vez más extraña,

del tiempo del ajenjo y de las letras.

Como un paraguas que por torpeza se olvida

al terminar la lluvia, así la veo

ahora solitaria en esa mesa

del quirófano de la Concepción,

envuelta en unos trapos manchados de sangre,

pálida en la borrachera del éter

y empolvada de sol. Quizá una hermana

de hábito blanco más tarde vendrá

para llevarla al crematorio. Poco vale

aquí la pierna cancerosa de un francés

que vivía del comercio en el África.

 

 

Ars legendi

 

Sobre la mesa de luz se me han ido juntando

los libros que leí desde un año a esta parte.

Ya está cerca la Navidad y puedo

borronear mis memorias. –Más que mis ojos, las páginas

delatan mis pasiones, mis proyectos inconclusos,

el pavor a la nada de mis noches–.

 

Lectura, mi amor primero: si yo hubiese guardado

año tras año esos títulos, hoy podría escribir

mi exacta autobiografía –mucho más elocuente

que los premios y ediciones que anoto con pudor

en las solapas de mis propios libros–.

 

Ahora que vuelvo a verlos, desde abajo hacia arriba,

pienso en Rilke una mañana de invierno en la estación,

la historia de la lengua en el inicio

de otro ciclo lectivo, los poetas españoles

del próximo seminario:

 

todo lo que la muerte

como una fría empleada doméstica,

acomodará por fin un día en los estantes.

 

 

 ***

Guillermo Eduardo Pilía nació en La Plata, Argentina, en 1958. Se graduó en Letras en la Universidad Nacional de La Plata y ejerció la docencia hasta hace unos años, como profesor de literatura, producción de textos, teoría literaria y lenguas clásicas. Comenzó su carrera literaria hace 43 años, cuando publicó en revistas sus poemas juveniles. Su primer libro, Arsénico, es de 1979. Le siguieron unos 30 libros de poesía, narrativa y ensayo. Sus últimos títulos son Ojalá el tiempo tan sólo fuera lo que se ama (2011), Sobre la cuerda y sin la red (2016), Ainadamar (2016), Casamundo (2019) y Como el dios que gestaba en su muslo (2020). Obtuvo numerosos premios nacionales e internacionales. En 2014 fue nombrado miembro de número de la Academia Hispanoamericana de Buenas Letras de Madrid, de la que es actualmente presidente. En 2016 se lo declaró ciudadano ilustre de La Plata. En 2018 fue incorporado como miembro correspondiente de la Academia de Buenas Letras de Granada. En la actualidad es secretario general de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) y consejero de la Fundación El Libro. En los últimos años visita universidades latinoamericanas dando conferencias sobre poetología.

 

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