ASOCIACIÓN ILÍCITA, COLUMNA DE SALVADOR GAETE. “¿JURÁIS O PROMETÉIS RESPETAR LA CONSTITUCIÓN?”

Controversia ha generado la ceremonia de juramento para asumir el cargo de constituyente. Evidentemente se trata de un tema que opera en el plano simbólico, pero lo ritual no es algo que debiéramos tomar a la ligera, lo ritual debiera tener un sentido profundo. En este caso, la primera dificultad que surge es ante quién se jura, pues habitualmente se jura ante la Constitución, pero cuando es la Biblia misma la que está destinada a fenecer no queda mucho donde posar la mano. Juro solemnemente desmembrar respetuosamente la constitución por mandato del pueblo. Como resulta obvio el absurdo, se ha pretendido separar el capítulo XV de la constitución, y hacer que las/os constituyentes juren respetar ese par de hojas que por arte de magia debieran salvarse de la hoguera. Desde este punto de vista, más que juramento parece una súplica presidencial, en cuanto a que la Convención no ejerza el poder para la cual fue electa: cambiar la constitución en su totalidad.

Como se entiende que es un ritual, habría que buscar las claves de su significación en ese ámbito. En este caso se ha utilizado el concepto de investidura. El origen de ésta, era la entrega simbólica del bien concedido por el señor feudal a su vasallo (noble o clérigo) y, por tanto, contiene por una parte un reconocimiento de un poder superior y por otra, subordinación a éste. En el caso de la Convención constituyente, es tan evidente que no existe un poder superior ni equivalente, al pueblo que ha depositado la soberanía en ese órgano, que al momento de buscar qué persona sería la encargada de la ceremonia se dispuso que fuera la relatora del Tricel, pues no existe otro poder del estado a quien los/as constituyente deban rendirle cuentas.

Giorgio Agamben, en su ensayo “Elogio de la Profanación”, sostiene que Consagrar (sacrare) era el término que designaba la salida de las cosas de la esfera del derecho humano, es decir, aquello que era separado de la vida y reservado para los dioses.

“No sólo no hay religión sin separación, sino que toda separación contiene o conserva en sí un núcleo religioso. El dispositivo que realiza y regula la separación es el sacrificio (…) el sacrificio sanciona el pasaje (…) En este pasaje es esencial la cesura que divide las dos esferas, el umbral que la víctima tiene que atravesar”. (Agamben)

La investidura es un rito de consagración, en cuanto que lo más importante es la cesura que divide al investido del resto de la comunidad. Pretensión muy propia de la política, y que tiene en el centro aquello que ha puesto en crisis el sistema de representatividad, que es el hecho que los representantes una vez electos se desentiendan o separen de sus representados. Atingente es destacar que Giorgio Agamben plantea que religio no deriva etimológicamente de religare (lo que liga y une lo humano y lo divino), sino de relegere, que indica “la actitud de escrúpulo y de atención que debe imprimirse en las relaciones con los dioses”. Esto es, relaciones donde prima la distancia y la devoción, aura que permanece intacta en las instituciones políticas. Por tanto, la idea sorpresiva del juramento de los/as constituyentes, podría leerse desde el intento de mantener esa distancia entre la ciudadanía y el trabajo sacro que debe realizarse al interior de la Convención, estableciendo de esta forma esa cesura, esa necesidad de ennoblecer el cargo, de darle un status superior del ciudadano corriente, separar el cargo de constituyente. Habría que buscar cuál es el sacrificio o precio a pagar, en caso que los/as constituyentes decidan beber de esa copa sacra. Una de las razones por las cuales la consagración separa es porque busca evitar la contaminación. Interesante es, que para que la ceremonia se desarrolle sin incidentes, se han dispuesto tres anillos de seguridad, a las afueras del ex Congreso, a cargo de Carabineros, lo que evidencia que la separación que se busca no sólo se desenvuelve en el plano simbólico.

Por su parte, los denominados en estos días “constituyentes autoconvocados”, 78 integrantes de la convención que se reunieron para ponerse de acuerdo en distintas materias, con especial foco en el proceso de instalación, se han manifestado críticos a la ceremonia de juramento, pues entienden que el ejecutivo se ha excedido en sus atribuciones, y respecto al cerco policial dispuesto, han planteado abiertamente que en caso de producirse represión a posibles manifestaciones que se desarrollen en las afueras, van a solicitar la suspensión de la sesión. Señal que va en el sentido opuesto de la cesura, en cuanto a que vuelve a romper el límite del adentro y afuera. Es decir, lo que sucede afuera de la Convención, influye lo que acontece adentro. En este aspecto, Giorgio Agamben puntualiza que si bien consagrar significaba separar para los dioses “profanar significaba por el contrario restituirlos al libre uso de los hombres”. En este caso, el dispositivo que permite liberar algo consagrado es el contagio.

“Una de las formas más simples de profanación se realiza así por contacto (contagione) en el mismo sacrificio que obra y regula el pasaje de la víctima de la esfera humana a la divina. Una parte de la víctima (las vísceras, exta, el hígado, el corazón, la vesícula biliar, los pulmones) es reservada a los dioses, mientras que lo que queda puede ser consumido por los hombres. Es suficiente que los que participan en el rito toquen estas carnes para que ellas se conviertan en profanas y puedan simplemente ser comidas. Hay un contagio profano, un tocar que desencanta y restituye al uso lo que lo sagrado había separado y petrificado”. (Agamben)

El dispositivo que puede profanar la labor constituyente es la influencia, la participación ciudadana en cada uno de los debates, es ese contagio profano al que le tiene temor el ejecutivo, por lo que en este proceso de instalación ha buscado incidir al nivel de las formas, rodeando la constitución de cierta solemnidad, separándola. El miedo de la ciudadanía, por su parte, es que la Convención se convierta en un segundo Congreso, funcionando con bancadas donde predomina el control de los partidos políticos.

Existe otro dispositivo de profanación, que vivenciamos fuertemente como país durante la revuelta social que abrió paso a esta Convención, se trata del juego. Giorgio Agamben expone que la mayor parte de los juegos que conocemos provienen de ceremonias sagradas, la ronda, por ejemplo, fue un rito matrimonial, el juego de la pelota reproduce la lucha de los dioses por la posesión del sol. “El juego no sólo proviene de la esfera de lo sagrado, sino que representa de algún modo su inversión”. Para entender esto, se debe recordar que el rito es la puesta en escena de un relato mítico, el juego, por tanto, sólo conserva el gesto, la puesta en escena y desecha el relato, de esta forma neutraliza lo sacro y lo vuelve profano. Lo que se espera de la Convención es que traduzca en letras lo que la efervescencia popular pedía a través de cantos, parodias y expresiones propias de la calle. El juego parece ser la forma natural de expresión del pueblo, cargada siempre de elementos simbólicos. Como recalca Agamben “restituir el juego a su vocación puramente profana es una tarea política”. Esta es por tanto una disputa entre la potencia del juego y la consagración circunspecta. Quizás la pregunta de la ceremonia inicial deba ser otra: ¿Juráis o prometéis no olvidar la embriagante energía que atestó las calles? Os debéis a esa energía.

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