Artículo. Santiago Barcaza: Miguel Castillo Didier y La lista secreta de la poesía

miguel castillo didier
Por Santiago Barcaza S.

 

Si pudiésemos calibrar el telescopio y fijarlo en la producción poética chilena de esos
frenéticos años 90, debiésemos dedicarle unos minutos a escudriñar esa atiborrada
lista: la de poemas, versos, libros, dedicatorias, epígrafes, colofones, imitaciones y
notas al pie que referencian la literatura neo helénica. Acto seguido, si calibramos el
microscopio veremos una lista secreta, con un solo nombre que ronda y se repite,
escondido, invisible, el del traductor y actual candidato al Premio Nacional de
Humanidades, Miguel Castillo Didier.

 

Muchos escriben todas las noches lo que hicieron durante el día; algunos recuerdan sueños, las obras de teatro que vieron, los libros que leyeron; otros anotan las marcas de las pipas fumadas. Tengo un amigo que desde niño lleva la lista de las personas que ha conocido. Este curioso inventario, que hasta antes de la pandemia lo nutría la no despreciable suma de cuatro mil setecientos cincuenta y tres nombres, incluye compañeros de colegio, profesores, novias, escritores famosos y esa gran cantidad de personas vistas en ocasiones fútiles a las que quizás no se volverá a ver y que todavía insisten en visitar la mente mucho después de haberse ido, poco a poco muy de vez en cuando, hasta desaparecer del todo y no pensar nunca más en ellas. En una planilla electrónica aparte –pues es posible usar Excel para asuntos un poco más nobles que no sean especular con rentabilidades futuras- transcribe, además, los nombres de animales con los que se ha cruzado. Una vez en Ocoa, detuvo el auto para anotar en su libreta: Zorro Chilla, difícil de ver, silencioso.  En otra ocasión sólo anotó Maga. ¿Quién de nosotros no ha perdido la memoria de cien nombres y con ello el rastro de cien vidas?

Si pudiésemos calibrar el telescopio y fijarlo en la producción poética chilena de esos frenéticos años 90 no nos tomaría mucho tiempo darnos cuenta de que ante nuestros ojos se despliega una lista axiomática: la de poemas, versos, títulos de libros, dedicatorias, epígrafes, colofones y notas al pie que referencian la literatura griega de buena parte del mismo siglo XX. La lista es larga pero su confección es fácil. Basta con escoger al azar cualquier libro del catálogo, dar dos o tres hojeadas y… ¡ahí está!: La ciudad te seguirá (Kavafis), Déjame ir contigo (Ritsos), Clarín clarín y vana nube lejana (Elytis)… Sus autores, la mayoría poetas apoyados a medias en una transición sombría post dictadura, por alguna razón, al igual que los neo helénicos, parecen compartir de manera intensa ese sentimiento de no estar en Chile, y pese a la gran variedad de estilos, recursos e ideologías, al correr de los años y los acontecimientos, dejaron en algún rincón oscuro de su humilde librito de poesías un testimonio de desarraigo, un exilio nuevo, de añorar tu país viviendo en tu país. Nada más amargo. Y con todo, conscientes o no, indiferentes, se entremezclan con aquellos nadadores que lucharon cuanto aguantaron sus brazos para llegar a ver de cerca las costas de Esmirna o la dura isla Eolia, la otra Grecia.

De vez en cuando, espío algo más. Me siento y leo un momento esos fragmentos griegos y es como si no estuviera ahí, como si me viera a mi mismo leer frente al desnudo teclado del computador poemas que bien podrían haber sido escritos por un solo poeta hace tres mil años. Una voz que atraviesa la prolongación de la tarde desde Ítaca a Macedonia, desde Esparta hasta Creta, desde Alejandría hasta el Asia Menor. Una sola voz, la del traductor, que no trabajó sobre versiones o traducciones de terceros hasta que suene como suya -lo que lo convertiría en editor no en traductor- sino que desde la fase más importante a la hora de convertir un poema en otro, que es la de hallar equivalentes en bruto, le otorga originalidad a esa nueva escritura -o reescritura- y originalidad también a esa nueva lectura.

Miguel Castillo Didier, autor de una extensa y sorprendente obra dedicada a la literatura griega, es también el único nombre que se incorpora a nuestra lista, convengamos, en la invisible sección “traductores”. Sección algo injusta porque sus traducciones no suenan como traducciones. Al leerlas no le recuerdan al lector que lo que se lee tiene una vida anterior en otro idioma. Tiene el mérito de hacer del arte de traducir un arte de creación casi al punto de convencernos de que lo que se lee es incluso mejor al texto original que pasó por sus manos. Y es que la traducción es una especie de lectura o más bien de exaltación de un lenguaje personal por parte de otro; o la transformación de un lenguaje personal en otro lenguaje personal.

– Sabrá -dirá el profesor Castillo Didier- que Kazantzakis se niega a ser traducido. Soy yo el que debe ser traducido, el que debe convertirse, por el tiempo que sea, en el autor de la Odisea. Eso es lo que ocurrió con Luis Segalá y Estalella cuando tradujo a Homero. No quería componer otra Ilíada, lo cual es fácil, sino la Ilíada. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran, palabra por palabra y línea por línea, con las de Homero. El método inicial que escogió era relativamente sencillo, conocer bien el griego, guerrear contra dioses y troyanos, olvidar la historia de Europa de principios del siglo XX y ser Homero.

Eclipsada bajo sendos títulos y nombres de laureados autores, invisible, hay una lista secreta de la poesía, la de quienes vuelven a escribir el poema para nosotros, y que con ojos oscuros y humildes parecieran caminar a través de la nieve dejando a sus espaldas no más que sus huellas.

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