9 poemas de Ernesto González Barnert

Barnert

 

 

Selección de 9 poemas extraídos del libro “Venado Tuerto”.

 

 

NUESTRO PRIMER TRABAJO

fue acompañar al padre a cavar tumbas.

Golpear el canto contra las piedras,

tirar la pala lejos.

No creas que la poesía me enseñó una lección.

Que diré menudo trabajo de mierda.

Tampoco sospeches que no me duele enterrar

lo que odio, vale un carajo.

O supongas que no volvería a empuñar una pala

en mitad del jardín asilvestrado,

nichos que nadie visita.

A veces, con un nudo en el estómago,

recuerdo el hoyo que cavé en el cementerio

para Edgar Allan Poe

o Annabel Lee de la temporada.

Sí, con un nudo en el estómago

retengo lo que el viejo decía con sonrisa triste,

sol impío, borrasca desleal:

manos a la obra.

Siempre se puede comenzar otra vez,

cargarlo todo de nuevo,

por amor al arte.

Todo un día de mierda

remarla en contra.

Ser un maldito héroe sonriente y sereno

cavando un agujero

para un pobre pájaro o pájara.

O darte en la cerviz

con mi herramienta de trabajo

en medio del paisaje agreste

o parque de ensueño

Sí, trazar una estúpida zanja,

limar las espinas de una rosa

antes de cubrir un cajón

en esta patria de intrigantes y sapos.

Traidores que viven y matan por monedas,

el sueño del poder,

un minuto de atención.

Siempre se puede en este país

asesinar impunemente,

destruir a alguien con razón,

sin razón,

porque hablamos el idioma de Cervantes

con suturas

como decía Vicente Pérez Rosales.

Cavamos a seis pies de la literatura

el poema de la vida y la muerte

desde que éramos críos

y la ley del más fuerte impera.

Es lo primero que aprendimos

en estos pasajes y tumbas

por la razón o la fuerza.

 

 

 

DÉJAME ABRAZARTE EN EL FRÍO,

no decirte nada en este país

donde todo es una revancha criminal.

Un jergón vencido que en cualquier momento

sacamos a la calle y rociamos de parafina.

Déjame mirarte hasta que seamos dos

contra el resto del mundo.

Una mirada cómplice en un pueblo fantasma

donde todos se apuntan con el dedo.

Mientras el último limón amarillo

que llamamos sol, cuelga del limonero,

se balancea silencioso, como nosotros,

entre el caos y el arte.

 

 

 

CUCHILLO O NAVAJA

Pertenezco a esa clase de hombres

que llevan un cuchillo o navaja al cinturón o bolsillo.

Todo lo que aman cabe en una caja de zapatos.

Se contentan con un plato caliente,

la primera estación de radio clásica,

un cuarto con las cortinas cerradas,

día y noche.

 

Hombres que ponen un clavo detrás de la puerta

cuando quieren colgar su chaqueta.

Y si llegas por nuestra espalda a taparnos la vista

con las manos y pides que describamos el papel mural

jamás obtendrás la respuesta.

 

Hace poco el viejo de mi viejo me preguntó

pescando unas truchas

tras corregirme por enésima vez

que tire la mosca en la parte más oscura

y profunda:

¿Has observado las motas de polvo suspendidas

dentro de un rayo de luz?

 

Sí, esos hombres que quedan boquiabierto

con las motas de polvo en un haz de luz

colándose por las persianas o cortinas

desde que eran críos. Y odian a esos otros hombres

de un solo libro.

 

Sí, pertenezco a esa clase de hombres

con un cuchillo o navaja al cinturón o bolsillo

obligándose a no desear nada,

porque desear es dolor

y todo lo que queda es una fotografía maltrecha

en otra billetera llena de cualquier cosa

menos plata.

 

Hombres que al envejecer

prefieren morir de hambre y orgullo

antes que pellizcar una uva

en la góndola del supermercado.

Hombres torpes y sentimentales

que no recuerdan lo que sueñan

y despiertos guardan silencio.

 

Hombres que solo tienen un mecanismo

de sobrevivencia: la represión.

Y vienen siglos, mares, todavía

buscando un ranchito donde tirarse exhausto

a castigar el riñón, amar y ser amados,

en esta playa de piedras blancas

donde revienta la luz de la luna,

el mar del sur.

 

Sí, pertenezco a esos hombres que cocinan.

Crían hijos que no se les parecen.

Dubitativos entre el bien y el bar, beben.

Cabreados del sol

se unen a otros para rogar que llueva.

Cabreados de la lluvia se unen a otros

para rogar que vuelva el sol.

 

Hombres que van y vuelven con un cuchillo

o navaja al cinturón o bolsillo

de la cama de una mujer que apenas los soporta

pero deja agua caliente en el termo.

Algo para echarle al pan, té o café,

antes de volver a la carga

–en lo que sea que trabajemos–,

con este solcito que poco calienta,

pero ilumina.

 

 

 

 

LO MÁS GRANDE QUE PUEDE TRAGAR UNA BALLENA AZUL,

hija, es una toronja.

el avestruz no esconde la cabeza cuando tiene miedo

sino que corre a toda velocidad.

Y los camaleones no cambian el color de piel para camuflarse

sino de acuerdo a cómo se sienten.

Tampoco escuchan o huelen con esa lengua

que duplica el tamaño de su cuerpo,

como tantos en mi oficio.

 

Por cierto, al tocar un sapo

no te saldrá una verruga.

El pavo real es solo un gallo común.

Y los elefantes

se mueven casi sin hacer ruido.

Cuídate de verlos.

Y es una cresta, no un cuerno,

lo que le cortaría a un rinoceronte

por ese billetito

para comprarte lo que quieras

si tuviese la oportunidad en África.

No seas tan dura si te toca juzgar

a alguno de estos malnacidos

como tu padre.

 

Por otra parte, los topos no son ciegos

sino que ven horriblemente mal.

Créeles más a los que han visto un búho sentado,

eligen cerdos antes que delfines

en una trivia sobre inteligencia.

Sostienen que el hombre es más peligroso en altamar

que una aleta de tiburón

cortando la espuma de la ola.

Claro, el queso jamás ha sido el alimento favorito de las ratas

ni la basura la de los chanchos.

 

En definitiva, las cebras, hija

como los poetas

son animales negros con rayas blancas

y no animales blancos con rayas negras

aunque saber esto no te sirva de mucho

en lo que la vida tiene de dulce y agraz

y menos para comprender a papi

que en tu cumpleaños

llega con un poema de puño y letra

en el reverso del papel de regalo,

cortado con torpeza como si fuera la sombra

de un pingüino emperador

aún de pie, elegante, sobre la nieve.

 

 

 

CONOZCO EL MIEDO ATROZ A LA POBREZA

de los que dan o reciben la ostia en la lengua,

se aprietan la mano en la iglesia o leen con demasiado énfasis

pedazos escogidos de la Biblia en el estrado.

 

A los que vuelven o parten remando incansables

sus aparatos telefónicos a la espera de un golpe de suerte o sexo

con una crucecita al cuello o calendario de la virgencita

del año pasado en la billetera.

 

Sí, a los que se arrodillan sin creer de veras en Dios

en un templo lleno de carajos

mientras afuera crece la hierba sobre nuestros muertos y vivos

sin hacer diferencia.

 

El viento la mayoría de los días

no cambia las cosas de sitio, ni expande el fuego.

La lluvia no lava más a la víctima que al victimario.

Y la tierra no tiene por qué dar frutos.

 

Sí, conozco el lenguaje roto de cada personalidad fuerte

que nunca aprenderá su lección,

ahora que la tuya & la mía lava con fuego

lo que escribe y condena a ser ligado con orgullo y oro,

se cree tocado por el espíritu santo.

 

Sí, a los que llenos de miedo e ignorancia

se llaman hombres de fe, mujeres de Dios

y recolectan, rotos por dentro, el diezmo

poniendo cada vez menos,

esperando cada vez más de lo que corresponde

en el cielo o infierno.

 

 

 

GUÁRDAME OTRA NOCHE, CALÍOPE

de las pocas señas de vida inteligente que estoy dando,

del dolor arrancándome de cuajo la cordura

bajo el ala de los pájaros.

Llevo demasiados días sobreponiéndome al sueño

en que corro más lento que mis perseguidores.

Mantenerse de pie en este país es cosa de bestias.

Echarle estos pocos palos que tengo al fuego

y esperar que ardan lento, sostenido, en su dureza.

Calienten otra temporada en que cavo mi oscuridad

con más oscuridad.

 

 

 

 

EN EL ALTIPLANO, UN NIÑO

carga su pequeña alpaca bajo la vía láctea,

tras una intensa nevazón.

En la primera pirca que encuentra

hace un bolo en su boca

con lo que tiene de quinoa,

papa y carne de llamo

observando los sacos de carbón

como llaman a las zonas oscuras del cielo

y se lo mete en el hocico.

Implora a Dios para que su cachorro

coma, trague, luche

contra el frío y el hambre.

Aguante el invierno,

porque la tela más preciada

viene de la primera esquila.

 

 

 

EN QUÉ MOMENTO LA POESÍA CHILENA

se nos llenó de Tu Fu

con una mano por delante

y otra por atrás.

 

Me volví uno de éstos con su épica menor,

cuitas provincianas

y ese clamor ciudadano, burócrata

cada vez más apático e insoportable.

 

La vida es una guerra no lejos de aquí

pero aquí pega fuerte

con despidos, sueldos miserables

y un status quo

tan apretado como un traje de neopreno

o botón de oro.

 

Así, en esta copia feliz del edén

en que la mayoría apenas llega a fin de mes

o derechamente sobregirado

la norma es presumir de entereza

o sedición

de comentario en comentario

sobre el cajón de tomate

de las redes sociales, en el vino de honor

o la noticia online.

 

Así también regreso día a día de la jornada

a prepararme algo de comer.

Con el control remoto en la mano

navego de canal en canal

tan ansioso como cuando pequeño

no podía desatar el nudo de la bolsa

y la rompía para comer una hallulla caliente.

 

El pueblo en esta capitanía general

lo saben sus plutócratas

tiene una filosofía sin saberlo de corte gandhiana:

se resiste sin oponer resistencia alguna.

 

Así leemos en entrelineas la prensa y el espectáculo.

Soportamos al cura para una misa de casamiento o muerte.

Compartimos un asado con amigos

cuando juega la roja mirando de reojo

a las amigas del anfitrión.

 

Seríamos alcohólicos si no fuera por el café.

Seríamos tantas cosas

si no nos hubiésemos puesto huevones,

rendido tan rápido

o tuviésemos santos en la corte.

 

En fin, dejemos esta matraca

también para mañana

como la losa sucia en el lavaplatos,

la llave que gotea.

 

Estoy cansado como caballo de feria.

Mirar las estrellas solo me pondría más triste

pensando cuál ya no existe

y su luz viajó hasta mí.

 

¿Qué pasó con los chicos revoltosos?

¿Qué pasó con los sueños que teníamos?

¿Qué pasó con el para siempre?

¿Qué pasó con el para siempre?

Nunca lo sabremos…

Cantaba una banda inglesa

a principios de siglo.

En Chile, más que ser un Imperio

como nos acusaban los EE.UU. en el siglo XVIII

quisimos ser un bar británico,

un bar sin británicos escuchando música británica,

con minuto feliz.

 

Li Po al menos se tiró al río

para abrazar a la luna.

 

 

 

ME EMPIEZO A PARECER A LAS PIEDRAS

que no me gustan, nadie recoge.

Esas toscas que solo sirven para afinar puntería

contra una docena de tarros en un eriazo

o defenderse torpe de un ejército.

Chile es un país en el que todos se agachan

para recoger cualquier cosa que brille,

tenga valor o no.

Así retrocedemos creyendo avanzar

a todo destino y asentamiento.

Sí, una de esas piedras grises que a nadie le importan

bajo la lluvia o calientes al sol

en este paisaje cercado por alambres de púa

de camino al matadero.

 

 

 

NO BUSCO UN PADRE EN LA POESÍA

sino un hermano o hermana

con el equilibro del ruiseñor

y el cuervo al batir las alas,

que no me empuje de la rama

de la que unos progenitores

me lanzaron temprano,

con amor y furia,

bastardo del sueño de la tierra prometida.

Un compañero o compañera

que aún en condiciones terribles de vuelo

no suelte la presa

sobre los campos feraces de la guerra y el amor.

Sí, no busco un padre en la poesía

sino una rara avis

en la página más frágil de la literatura

atenta a la música de las cosas atoradas

en la punta de la lengua,

al desmadre del corazón.

Sí, un pobre pájaro o pájara

dentro o fuera de su jaula

soñándose mi camarada

durante el fragor de la recolección

o la quietud de la caza.

 

 

 

CODA

Somos más infelices

que nuestros desgraciados padres.

 

 

 

 

Ernesto González Barnert [1978], 9 poemas del Libro Venado tuerto, recientemente aparecido en EEUU, por el sello Nueva York Poetry Press. La obra poética de Ernesto ha recibido otros reconocimientos: Premio Nacional Pablo Neruda de Poesía Joven 2018, Premio Nacional de Poesía Mejor Obra Inédita 2014, Premio Nacional Eduardo Anguita 2009, entre otras premios, menciones y becas. Entre sus últimos libros está “Éramos estrellas, éramos música, éramos tiempo” (Mago Editores, Chile, 2018), la reedición de “Playlist” en EEUU (Floricanto Press, EEUU, 2019) y en Chile, esta última bilingüe (Plazadeletras, 2019), además de la antología: Ningún hombre es una isla (BuenosAiresPoetry, Argentina, 2019) y la plaquette, con un extracto de “Trabajos de luz sobre el agua” [Proyecto Lima Lee, Perú, 2020].

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