5 poemas de Daniel Rojas Pachas: “El arte secreto de la cartografía incluye retornar a la propia violencia”

 

VALLEJO[1]

 

Sorteando avenidas de conductores distraídos,

repetimos

-tu pequeña mano aferrada a la mía-

a diario ese trayecto

y me cuentas

para que la idea me acompañe de regreso.

Un seven eleven, una diminuta pastelería,

un anciano sin dientes con sombrero de paja barriendo las esquinas,

puestos ahí como personajes y escenarios

que jamás interrogaremos.

 

Escuché que las personas

que pasan mucho tiempo juntas,

terminan llevando el mismo ritmo al caminar.

Ahora sólo como frutas: mi cuerpo envejece

y he comenzado a odiar todo lo que me distrae de una lectura

o imagen necesaria para aguantar largas horas.

-El protagonista de esta historia es otro / fuera de cámara

-una melodía dulce -la tensión antes del disparo-

-un ojo que rehúsa confrontar el terror

y desliza su atención hacia una ventana con el horizonte dibujando por el mar

y pensar:

 

Presiento desde hoy un balance desastroso de mi generación, de aquí a unos quince o veinte años. […] Un verso de Neruda, de Borges o de Maples Arce no se diferenciará en nada de uno de Tzara, de Ribemont o de Reverdy.

 

Allá fuera está ese lugar que le dio forma a mi habla.

Un eco de momentos felices.

El amor: Mi madre sujetándome el pecho con su brazo

mientras con la otra mano aferrada al volante

busca evitar choquemos.

 

___________________

[1] La actual generación de América no anda menos extraviada que las anteriores. La actual generación de América es tan retórica y falta de honestidad espiritual como las anteriores generaciones de las que ella reniega. Levanto mi voz y acuso a mi generación de impotente para crear o realizar un espíritu propio, hecho de verdad de vida, en fin, de sana y auténtica inspiración humana. (Vallejo, 1927)

 

 

 

 

EIELSON

 

Paso las mañanas

solo

en este lugar,

puedo escuchar a los vecinos salir de sus departamentos.

El agua que llena la cubeta del chico que limpia todos los días el estacionamiento

la música del pianista anónimo, dos pisos más arriba.

Solía molestarme la repetición de las tonadas, ahora extraño sus ensayos

tener esas canciones todo el día en mi cabeza.

El tiempo parece una broma que no entiendo.

 

El dolor mismo es un juego trágico.

 

Trato de terminar otra novela

no sé quién puede interesarse por mis textos.

Antes eso me robaba mucha cabeza, veía una película o video

y me sorprendía distraído

fuera de foco, perdido en la trama pensando en mis propias historias inconclusas.

Todas las mañanas despido a mi hija con un beso.

Ella corre hacia el patio donde están sus amigos.

Regreso por las mismas calles,

trato de recrear los pasos que di

creo que ya no tengo amigos a los cuales llamar.

Camino y busco completar mis historias, imagino a mi hija, ¿qué hace en el colegio?

la extraño

y veo esos gigantes árboles frente a la iglesia.

Me quedo un buen rato viendo esos árboles,

un hombre entrena a un pastor alemán en ese parque

me gusta verlos correr de un lado a otro.

Ancianos entran a la iglesia, se escuchan canciones de alabanza

el blanco edificio palidece frente a los árboles.

Paso las mañanas cocinando y escucho viejas canciones.

Reviso el correo, trato de responder a esos que se dicen mis amigos, ¿lo son?

Respondo a quienes buscan mi ayuda e incluso a quienes no conozco y quieren algo de mí.

Me aburro con facilidad

termino borrando muchos correos, respuestas inconclusas quedan sin enviar

y pierdo mi tiempo leyendo historias que no me interesan.

Personas que se quejan de su suerte, otras que quieren maravillarnos con su éxito.

Trato de acostumbrarme a esta soledad, tan distinta a la que solía disfrutar.

Ya no me importa qué piensen los demás respecto a lo que escribo, quizá nunca me importó.

Sólo trataba de convencerme.

Mientras miro el fuego cocer una carne

y espero mi esposa regrese a casa, darle un beso, sentir el olor del shampoo en su cabello,

debo ir a buscar a mi hija al colegio.

En casa, sirvo el almuerzo.

Mi hija me cuenta lo que pasó hoy en clases,

tiene una compañera que la ofusca

me hace reír

escuchamos alguien subir las escaleras, el ruido de llaves, trato de imaginar un final para la novela,

algo en mí no quiere que esto acabe

pasan los días y nada en verdad sucede

el tiempo comienza a borrarme y me siento feliz por eso.

 

 

 

 

CÉSAR MORO

 

Ahora solo veo rostros

infinitos rostros y gestos en los buses

seguidos de largos túneles y calles repletas.

Turistas en mi mundo

como un camino que se pierde en otro continente

cuerpos que no me dicen nada.

Inevitable

nos vamos quedando solos.

Mis padres ya no están.

Mi madre murió hace mucho

y no he vuelto a la ciudad en que está enterrada.

Mi padre yace enfermo

en la cama de esa misma ciudad

y es un reflejo frágil y tenue de quien creí conocer.

Me cuentan en la lejanía

de mí así llamado hogar

de la muerte del padre

de un así llamado amigo

del cual con suerte

puedo recordar el sonido de su voz.

Pero tengo presente

ciertos momentos en que nos reímos

y pensamos

creo

quizá con ingenuidad

que la amistad

y esos momentos

tendrían alguna trascendencia

algo más que lo que otorga la nostalgia.

Ahora solo veo rostros.

Una niña

y esa triste sonrisa que dedica a su madre

otro cartel

escritura sobre las nubes

“Botellita de mezcal

todo lo que digas se me va a olvidar”

 

 

JOSÉ MARÍA EGUREN

 

Escribimos para perpetuar el miedo

vengar silencios

a los que jamás hubo acceso.

Como el hombre ante los guardianes de la ley

nos sacrificaron en favor de la historia y su margen.

Heredades de una lengua,

mutismos del ADN

-en la puerta del horno se quema el pan- dice Vallejo

y Lucho Hernández quizá hubiese sido un viejo che su mare,

viviendo al final de mi pasaje.

Pobres palpitaciones.

La nostalgia tras aprender a memorizar la tabla del nueve,

tristes noches de televisión por cable

¿a dónde fueron a parar todos esos rostros?

/voces que nunca quisiste conocer en aquellos años universitarios

¿a dónde fueron a parar?

esas series de sábado a las seis de la tarde.

El obrero baila al compás de los ramones,

desubicado, pues no es la música que acostumbra.

Violentar la fuente de soda con ciertas estridencias

como un poema lleno de rimas caducas

la santidad objetiva de los ojos, el éxtasis del movimiento

y una cadencia deplorable.

¿Es gratuito su llanto?

¿Por qué buscar la enfermedad en un cuerpo que pide a gritos ser amado?

Son las delicadezas tras una sopa fría

y el recuerdo doloroso de una madre trabajando

junto a su vieja radio hasta que claree.

Tanta humanidad sacrificada en pos de unas imágenes.

 

 

CÉSAR CALVO

 

-Llegué a tu ciudad,

pero no me atreví a dejar el terminal.

Sentí que algo vil

enrarecido

habitaba el ambiente.

Fuerza bruta y violencia agazapada-

migración

aves que cantan como cerdos sobre las palmeras

y el purpura sangriento de fondo.

Lanzamos digresiones

para una fiesta de té,

pienso en el epígrafe

-la sentencia en la mirada- esa colina sin voz

de cualquier forma todas las colinas esconden miradas

la estrella roja partiendo el cielo

los cerros conectados por pasajes invisibles

la técnica es la oscuridad.

/ morlocks bajo los puentes / ladrones de grasa a la vuelta de cada esquina / un odio reverberante y manos sucias, manos de pishtaco, tráfico hormiga, pasadoras reconstruyendo la arquitectura del contrabando,

la cumbia y el calor en la entrepierna.

 

No hay banda no hay música

pies en barro

no hay banda no hay música

solo un disparo eternizado a través del desierto.

Al igual que un spaghetti western la supervivencia a escala,

un rostro sin forma para reiterar el llanto

adjetivos tan comunes

sentencias

como estrellarse contra un saco de monedas,

y el sol golpeando el bajo cráneo de quien arrastra a su hermano

por entre las dunas

rumbo al despeñadero.

 

Inmerso en su cruzada fraticida,

Jagi desaparece ante el volumen de su carga.

Pueblos quemados, y la carne dispuesta al abrojo

una amiga dice – veo a una docena de inmigrantes subir desesperados a una furgoneta rumbo al valle.

Hay viajes sin retorno hermana,

hay escalas que no merecen ser marcadas en cualquier itinerario.

El arte secreto de la cartografía

incluye -retornar a la propia violencia

reiteraciones

que acentúan la pericia del observador.

 

 

 

 

 

Daniel Rojas Pachas (Lima 1983) Escritor y Editor. Actualmente reside en México a cargo de la dirección del sello editorial Cinosargo. Ha publicado los poemarios Gramma, Carne, Soma, Cristo Barroco y Allá fuera está ese lugar que le dio forma a mi habla, y las novelas Random, Video killed the radio star y Rancor. Sus textos están incluidos en varias antologías –textuales y virtuales– de poesía, ensayo y narrativa Chilena y latinoamericana. Más información en su weblog www.danielrojaspachas.blogspot.com

 

 

[1] La actual generación de América no anda menos extraviada que las anteriores. La actual generación de América es tan retórica y falta de honestidad espiritual como las anteriores generaciones de las que ella reniega. Levanto mi voz y acuso a mi generación de impotente para crear o realizar un espíritu propio, hecho de verdad de vida, en fin, de sana y auténtica inspiración humana. (Vallejo, 1927)

 

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