RAÚL IGNACIO VALENZUELA: DEFENSA DE LA MÍSTICA, LA ESCRITURA DE EMILY DICKINSON

RAÚL IGNACIO VALENZUELA

 

 

Estos días de “reclusión” hemos aprovechado, junto a mi hija Matilde, para leer la antología de Emiliy Dickinson preparada por la editorial de la Universidad de Valparaíso (2018). La edición agrupa textos traducidos por Rodrígo Olavarría, Enrique Winter y Verónica Zondek. De más estaría alabar el trabajo de los tres, que ya nos tienen acostumbrados a sus otras excelentes traducciones.

A falta de la posibilidad de juntarse a beber, buenos son los pensamientos en voz alta. Como la edición es bilingüe hemos podido jugar con las opciones de lectura que nos proponen Rodrigo, Enrique y Verónica, y debatir entre nosotros si hubiésemos tomado las mismas decisiones que ellos. Tal vez sea importante recordar aquello: las traducciones también son lecturas que sobre los originales que, en este caso, nos proponen los “nuevos” escritores. Por obvio, a veces se olvida: la traducción siempre es una propuesta de lectura. O de escritura. O cómo se quiera.

Por obvio, también se olvida, que el traductor también es un traductor del tiempo, de la cultura y de la vida. Como se sabe Emiliy Dickinson fue una mujer de una amplia formación cultural. Su formación tenía como objetivo el mundo: ser misionera. Esa actividad extraña para nosotros, pero que en el siglo XIX y en la primera mitad del XX, mostraba todavía la angustia de la salvación de las almas. Sin embargo, Emily tomó el camino inverso, pero no contrario, de la reclusión. Es poco lo que sabemos de ella, pero sí sabemos que durante su estancia en el seminario “Mary Mason Lyon” (nombre de la fundadora del centro educativo, que estaba convencida de que las mujeres debían ser formadas no solo para complacer “al otro sexo”) meditó, pensó y decidió no ser misionera. “Examen de conciencia”, dicen los textos. Una expresión religiosa -mística más bien- que expresa tanto la voluntad involucrada en una decisión, como la libertad para tomarla. Es ese carácter “místico” de ella, el que creo que no está resuelto en algunos poemas presentados en la traducción. Es fácil, al comparar los textos en inglés y en español, ver esa brecha, sobre todo, si tomamos en cuenta que hay cuestiones más complejas, como el ritmo y el silencio, bellamente abordadas. La pregunta es ¿por qué? Me parece claro que no es una cuestión dejada al azar. Es una decisión.

Aprovechando que la pandemia impide el diálogo en una mesa, escribiré lo que pienso: se intenta borrar el carácter religioso de la escritura de Dickinson. Explicaciones son infinitas: Desde una decisión política justificada en las diversas violencias que desde las estructuras de poder de las iglesias se han desplegado (particularmente contra la mujer), hasta simplemente asumir que lo “religioso” es una cuestión anacrónica que nos separa de la vitalidad del texto original. No hay mucha explicación para ello en este caso, salvo lo dicho sobre las “inquietudes místicas de la época” que “abren paso al arquetipo romántico desde las que se la ha leído”.

Parece una razón superficial, que no termina de convencerme, pues sea cual sea el motivo, la borradura de ese carácter “místico” trae consigo, pienso, la borradura del “cuerpo” su “sensualidad” y, aún más, su “sexualidad”.

Dickinson Rodrigo Olavarría Matilde
Wild nights – Wild nights!

Were I with thee

Wild nights should be

Our luxury!

 

Futile – the winds –

To a Heart in port –

Done with the Compass –

Done with the Chart!

 

Rowing in Eden –

Ah – the Sea!

Might I but moor – tonight –

In thee!

Noches locas – ¡Noches locas!

¡Si estuviera junto a ti

Las Noches Locas serían

Nuestro lujo

 

Inútiles – los Vientos –

Para un Corazón en puerto –

¡cansado de la Brújula –

cansado de los Mapas!

 

Remando en el Edén –

¡Ah! – ¡el Mar!

¡Pudiese yo anclar -esta noche-

En ti!

Noches salvajes– ¡Noches salvajes!

¡Si estuviera junto a ti

Las Noches Salvajes serían

Nuestro exceso!

 

Inútil -los Vientos-

Para un Corazón en puerto-

¡Hastiada de la Brújula-

Hastiada de los Mapas!

 

Remo en el Paraíso –

¡Ah! – ¡el Mar!

¡Si pudiera anclar – esta noche –

En ti!

Debo decir que esta afirmación también es una traducción. Quien lee en inglés es Matilde. Vinimos aquí para celebrar su cumpleaños y ver a sus abuelos, que no hemos podido visitar desde nuestro bello Octubre de 2019. Los estados de Excepción militares primero y luego, los derivados de la pandemia han retrasado mucho esta visita. “Aquí” es nuestra casa que está ubicada al sur de Curanilahue y abre a un bosque sobreviviente de hualles, copihues, canelos, maqui, avellanos, mutilla, y otras compañeras y compañeros. Es Matilde quien me hace las observaciones sobre la sexualidad de los textos.  Cumple catorce años y su cuerpo es una presencia en ebullición. Además, creció feminista, por lo que tiene plena conciencia del discurso que moviliza sus inquietudes y las implicancias políticas de los silencios que sobre el cuerpo recaen. Sus preguntas, por tanto, son urgencias y exigencias militantes, que resultan para mi ineludibles. Porque si bien las plantea como preguntas, ella no me pide respuestas, sino un diálogo que ensaye algún posible sendero que podamos transitar juntos. Un paseo. Una forma de tomarme la mano, como cuando ella tenía 4 o 5 o 6 años y por este mismo bosque, salíamos a caminar. Lo que piense debe ser fiel también a ella. Porque a diferencia de cuando tenía 5 años, es ella quien ahora me invita a tomar este paseo.

            Es también una traducción por el lugar y la época en la que estamos dialogando. Se trata de nuestra casa, construida de fardos, barro y material de desecho. Hay una chimenea, y la cocina está ardiendo constantemente, para la pava que mantiene el agua dispuesta para el mate. No tengo señal de celular. Y mi día está dispuesto para la lectura y conversar. La única decisión que debo tomar es si lo hago junto al fuego, o bajo dos hualles.

            Andrea (mi señora) o teje sus artesanías o prepara pan. Mi hijo escucha música y permanece dispuesto al viento y la madera, después de este duro encierro. Creo que busca despedirse, de algún modo, de su tío, al que no pudo acompañar en este año de muerte.

            Tal vez por eso es por lo que me resulta evidente (de poder ver) esa entrelazadura existente entre lo corporal, lo sensual y lo místico. Ahora que escribo veo el movimiento de los árboles. Más allá escucho a la maquina trilladora de mis vecinos. Y por el camino, el paso de los bueyes y su carreta.

Déjenme explicar.

Hasta ahora he ocupado muy conscientemente la palabra “religioso” y “misticismo” o “místico” como sinónimos. No lo son. Como tampoco lo son las palabras “religión”, “espiritualidad” y “fe”. No voy a definir cada una de ellas. No se asusten. Pero sí, a partir de ahora, propondré dos grupos de ideas, sólo para efectos de que se entienda la proposición que acabo de plantear: eliminar lo místico, elimina también el cuerpo. Por un lado, lo “religioso” o relativo a la “religión” y que refiere a normas, y lo “místico” o “misticismo” que refiere a prácticas. Diremos entonces que el misticismo es una práctica espiritual y la religión es el conjunto de reglas que busca regular esa práctica espiritual.

El cristianismo, al menos en un primer momento, no intentó constituirse como una “religión”. Los primeros cristianos se veían a sí mismos como judíos. Y, la verdad, tampoco era un asunto relevante. Después de todo, era “la fe de las mujeres y los esclavos”. Pero, precisamente, por tratarse de una fe de mujeres y esclavos, el asunto empezó a configurarse como una cuestión de “poder”. Las “normas” para definir quién estaba dentro y fuera de este movimiento, no tardaron en tener cierta centralidad, desplazando al propio Evangelio. No es necesario ahondar mucho en esto. Basta recordar los conflictos que relata los Hechos de los Apóstoles entre Santiago y Pablo referidos al Concilio de Jerusalén el año 50. Seguramente en un principio tímidamente, pues había que preocuparse, sobre todo, de no ser comido por leones en el circo Romano. Pero sin lugar a duda, totalmente central, cuando este movimiento se hizo parte de la maquinaria de poder del Imperio Romano, al decidir el emperador Constantino intervenir en las discusiones del concilio de Nicea el año 325.

Paralelamente a la constitución del poder nada celestial de la Iglesia y en tensión a este, los movimientos místicos, o mejor dicho esos espacios que agrupan a los y las místicas fueron desarrollándose. Expresión de aquello fue el movimiento de los Padres y Madres del desierto. No quiero señalar que tales búsquedas fueran exclusivas del cristianismo. De hecho, para la Antigüedad Tardía, al seno de la cultura griega se habían incubado escuelas en que la filosofía se constituyó no solo como pensamiento, sino como forma de vida.

Pero aquello que fue propio de los Padres y Madres del desierto, y que quiero destacar, es el gesto político de la autoexclusión.

Tal cuestión es compelida por dos fuerzas: en un principio la necesidad de escapar de los impuestos romanos, y luego, el rechazo a las nuevas dignidades eclesiales que supuso el nuevo estatus del cristianismo con Constantino.

El gesto de los Padres y Madres sigue “solidariamente” el de los campesinos. La “anacoresis” fue la condición social de aquellos que debieron escapar de las ciudades, como decíamos, por los impuestos y que siguió fuertemente hasta el siglo VI, si bien ya no por los tributos, sino por condiciones que hacían a las urbes humanamente invivibles.

Para los Padres y Madres fue una manera de subvertir el consejo de Plotino: “una forma de estar consigo mismo y los demás”.

Plotino, si bien asceta, se ubica en el contexto de las clases altas y cultas de los centros urbanos y es un importante consejero para ellas. Los Padres y Madres, en cambio, están siguiendo el ejemplo de Jesús.

Escribo la palabra “ejemplo”, para evitar la expresión más certera de “Evangelio”. Busco poner en relieve una característica: La tradición de los Padres y Madres fue una principalmente oral.

La razón es muy sencilla. La mayoría de la población no sabía leer. Los Evangelios de los primeros siglos eran Evangelios orales, que se apoyaban fuertemente en una tecnología que se empezó a usar en tiempos de clandestinidad, pero cuyo soporte principal fue la oralidad.

¿Cuál tecnología? El libro. Eran más fáciles de esconder que el pergamino. Otro modo de evadir los leones romanos.

En tal situación los diversos grupos cristianos se influenciaban unos a otros. Estos fueron conformando al monaquismo antiguo y que traspasó el tiempo. Búsqueda de autoconocimiento, mediante la exploración interior, una vida ascética y, sobre todo, la absoluta libertad respecto de las normas sociales, logrado por la ruptura radical con el ordenamiento político, son características de la vida monástica. Otra característica más: la oración y el Evangelio experienciados, vividos.

¿Cómo no mirar estas características en la vida y decisiones de Emily Dickinson?

Esos dos términos, nos remiten, como anuncié a la tradición oral y escrita de los Padres y Madres. En ambos casos el ejercicio hermenéutico más que de interpretación es de interiorización. Se trataba de ser invadido por el texto. Un texto que debía inundarles con el objeto de ser transformados. Un texto que era Dios mismo, cuyos efectos eran más que una simple exhortación. Un texto que debía ser deseado. Paladio en su introducción a la “Historia de Lausacia” da un bello concepto de apostasía: “Estar lleno de erudición y sin embargo no desear la palabra que el alma del amante de Dios ansía”.

Tal vez no podía ser de otra forma. El hecho es que la experiencia mística de los Padres y Madres es, por lo mismo, una experiencia sensual y corporal. Obliga a una preparación del individuo que permita la apertura de esa experiencia sensual. De ahí la exigencia de ciertos trabajos manuales por un lado y el intelectual por el otro, que permitan la apertura al “Misterio” de manera “sensible”.

Son estas características precisamente las que hacen que el poder eclesial mirara con sospechas la experiencia mística. Son esas mismas las que hacen fracasar al orden clerical en sus deseos de normativizarlas.  Y son esas mismas las que hicieron a las prácticas cenobitas, monacales y, con mayor razón, las anacoretas, espacios de resistencias. Principalmente para las mujeres.

Se suele mencionar el contexto puritano de la vida de Emily. Pareciera uno imaginarse a los colonos ingleses de 1620 llegar a las costas norteñas.

Pero, esa referencia al puritanismo hay que hacerla a su formación en el seno de la Iglesia Episcopal. Recordemos que episcopalismo es el resultado de la imposibilidad política de la Iglesia Anglicana de los Estados Unidos del Norte de seguir reconociendo al monarca inglés como su principal jerarca. El acta de supremacía de 1534 declaraba a la Corona Inglesa como “la única cabeza suprema en la tierra de la Iglesia de Inglaterra”. Eso no parecía quedar muy bien respecto de las trece colonias independizadas. Sin embargo, es parte de la comunión anglicana. Las Iglesias Episcopal y Anglicana son expresión franca y abierta del sometimiento espiritual al poder político, respecto del cual Roma mantiene una saludable hipocresía.

Sería más esclarecedor si habláramos derechamente, de la época victoriana, que coincide con la vida de Dickenson. Una especie de contrarreforma al interior de las sociedades británicas, incluida la de los Estados Unidos. Y que marcó sino “el”, un cenit de la modernidad: la revolución industrial.

Contrariamente a lo que suele pensarse, en la historia de occidente (y por extensión en sus colonias) no fue la Edad Media el sumun del orden patriarcal. Es la modernidad, con el ascenso de la burguesía y su invento, el capitalismo, la que se constituye en una época propiamente antifeminista. Tres órdenes se alinean: el político, el religioso y el económico.

Si tuviéramos que hacer una comparación en base a la “caza de brujas”, podríamos decir que durante la edad media la ejecución de brujas y brujos fue paritaria, pero durante la modernidad la relación fue de 20 a 1. Durante algunos siglos sólo fueron ejecutadas mujeres.

Ya han arriesgado una explicación: la necesidad de asegurar el patrimonio familiar (económico y político) resulta incompatible con una mujer-persona. Con la autonomía de la mujer, que en primer término es la autonomía respecto de su propio cuerpo. La propiedad privada tambalea ante la potestad de la mujer de decidir sobre sí misma. Lo relativo al pater (el patrimonio) se defiende incluso en los espacios privados. El sometimiento de la mujer alcanza hasta la piel misma de ella. Como lo expresara Silvia Federicci, con el capitalismo “los úteros se transformaron en territorio político controlados por los hombres y el Estado”. Por eso no es exagerada la frase: “el matrimonio es la continuación de la guerra por otros medios”.

En la sociedad Norteña estos aspectos resultan centrales en el siglo XIX. Recordemos que Estados Unidos, es una nación joven y como los demás países de América es este siglo el que va conformando su propia identidad. A veces perdemos la perspectiva de la celeridad de los hechos. 1776, 1801, 1820, 1831, 1832, 1859, 1861, 1864, 1876, 1890. Son los años de la independencia, de la anexión de los territorios mexicanos, de la Guerra Civil, de las Guerras contra los Pueblos Nativos y, por supuesto, de la Revolución Industrial.

Emily Dickinson muestra de varias maneras su resistencia a ese estado de cosas. Sin embargo, recaen sobre ella los estereotipos una y otra vez dichos sobre la mujer. Es mirada en un estado de enajenación crónica y más que crónica, eterna. Frente al luto de la Guerra Civil, insiste en vestirse de blanco y frente al matrimonio y al clericalismo episcopal, decide “retirarse de la vida”.

“Tú y yo hemos guardado un extraño silencio sobre este tema, Susie, muchas veces los hemos tocado y luego huido de él, como los niños cierran los ojos cuando el sol es demasiado brillante”

No es la primera en enfrentar esta disyuntiva. Aunque el término “disyuntiva” no parece el más adecuado, puesto que la verdad es que se trataba de un callejón sin salida, en que el aquietamiento se presentaba como la opción de libertad. De libertad bajo palabra. Antes que ella otras mujeres y en otros contextos mediante la reclusión mística esquivaron el asedio (o, literalmente, las llamas, el fuego) masculino. Hildegarda de Bingen, Juana Inés de la Cruz, Juana de Arco, Teresa de Ávila, Gabrielle Suchon, por citar algunas. Y entiéndase bien. Para estas mujeres la reclusión no es claustro: es libertad. Una vida “despejada”, en palabras de Suchon.

Hay un asunto también a despejar y que relaciona le misticismo con Dickinson como una práctica buscada y querida. El cuerpo.

Ya adelantaba algo al referirme a los Padres y Madres del desierto. La práctica mística es también una práctica corporal. Y en cuanto corporal es una práctica personal y comunitaria. El misticismo exige la reafirmación del yo en diálogo con la comunidad. Es una actividad, en ese sentido, “amistosa”. Indecible y necesariamente comunicativa. Abba Matoes huye al desierto para aprender a vivir con los otros: “un monje no debe ser cuadrado, sino redondo para volverse hacia todos”. La soledad libera del prejuicio. El nuestro y del juicio adelantado de los otros.

Por eso, antes de aventurarse a la palabra, la exigencia era la de preparar el cuerpo: el trabajo manual, los hábitos alimenticios, eran tan importantes como el trabajo intelectual. Emily aprueba el ramo de botánica sin cursarlo, por su evidente conocimiento sobre las hierbas. Si se observa bien se trata del gesto antónimo al de la alienación.

            Si escribo el verbo “observar” es porque quiero que miren un rato las manos de Emily hiriendo la tierra.

            Los surcos enterrados de sus manos son el negativo de los realizados para sembrar. Uno incluso, de alguna forma, podría hermanar las hojas de sus manuscritos con las de las plantas.

            Ahora deseo que miren conmigo el movimiento de los árboles y la de las plantaciones de eucaliptus que nos circundan. A mis vecinos alimentando la maquina trilladora que les fue comprada por el Estado en tiempos de la Reforma Agraria. Vean a los bueyes y la mujer que los dirige.

No quiero idealizar la vida monástica. Quiero poner atención en el “lugar” que comparten. Con el paisaje que veo y quienes lo habitan. Esa identidad perecereda y concreta. Similar en características y finitud a los retazos sensibles a la luz de la película de celuloide. Antes del lenguaje binario que hoy constituye nuestra vista.

            Emily y los Padres y Madres del Desierto se refugian en los “límites” de las sociedades de su tiempo. No en afán de mudez, sino Escritural. No huyen. Hablan, dialogan. Existe allí un locus de palabras. Autoral y dialéctico a la vez. Porque saben que existe un intersticio entre el silencio y el margen.

            La modernidad introdujo cierta desgarradura, que otra mujer, Elizabeth de Bohemia, advirtió desde un inicio: el alma es en el cuerpo. Se piensa en cada célula del cuerpo. Sin embargo, el devenir del cogito ergo sum fracturó esa condición. Situación que marcó la errancia de la palabra del propio nacimiento impronunciable: el pensamiento. Despedazó aquella fundación escritural: in principio erat Verbum. Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ λόγος (en archē ēn ho Lógos).

¿De qué manera Emily no podría ser consciente de aquello? De esa enraizadura que significan cuerpo-lugar-palabra.

Para los Padres y Madres del Desierto esta integridad la diferencia de la afonía.

Abba Arsenio, hijo de un senador Romano del Imperio ya cristiano, es encarado por su huida. Uno que lo vio, le dijo: “Abba Arsenio, ¿cómo tú, que has recibido tal educación romana y helénica, interrogas a este campesino acerca de tus pensamientos?”. El Abba le respondió: “Es cierto, aprendí latín y griego, pero ni siquiera conozco el alfabeto de este campesino”.

El tiempo ha borrado ese gesto originario de resistencia. Pienso que mi hija al ofrecerme su mano me moviliza en dirección de esa excursión.

“Resistencia” y “retiro” son palabras hermanas. El prefijo latino “re” invoca el “hacia atrás” “de nuevo” y se sostienen sobre dos verbos que se tocan. El primero, señala el “emplazarse”, “quedarse en cierto lugar”, el segundo indica “tirar”. Como quien atrae hacia si una flecha para lanzarla. Por una razón que no entiendo “retirarse” y “silencio” han quedado emparentadas.

Mi hija me observa: “El silencio de nosotras nunca es silencio”.

Yo me quedo pensando en el desierto y cuantos alfabetos son los que no conozco.

Maria Galindo Feminismo Bastardo

Yina Santos expo “Ixnola somos todas”

Silvia Rivera Cusicanqui también habla sobre la identidad mestiza

Feminismo Comunitario (línea Boliviana) Julieta Paredes y Adriana Guzmán

 

 

 

Raúl Ignacio Valenzuela Rodríguez (1974). Poeta. Estudió derecho en la Universidad de Chile. Posee estudios de literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Tiene una maestría en Derecho Penal Constitucional de la Universidad de Jaén (España). Actualmente cursa una, en segundo semestre, en Estudios Culturales Latinoamericanos en la Pontificia Universidad Javeriana de Colombia.

El año 2000 fue becario de la fundación Neruda y publicó “Apocalipsis sin importancia”.
Posteriormente partió a la Provincia de Arauco. El 2003 recibió la beca de Creación Literaria del Fondo del Libro.Trabajó en Curanilahue, Lebu, Temuco, Ancud, Castro, Puerto Varas, y Coyhaique. El 2015, mientras trabajaba en Puerto Cisnes, publicó “Diálogo a Solas”. El 2017, con la Biblioteca Pública de Chañaral, “Para Escapar en Bicicleta”. En esa época vivía en ese puerto.  El 2019, publicó “El Patio”. Actualmente reparte su tiempo entre la ciudad de Los Andes y Santiago.

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