PIÑERA Y EL REALISMO CAPITALISTA

 

Mark Fisher plantea que el capitalismo post Guerra Fría se presenta a sí mismo como la única realidad posible, su ductilidad le permite, no sólo soportar la crítica, sino que incorporarla, administrando así la impotencia desmovilizadora. Su estructura política y económica se mueve por tanto sin ocultar sus deficiencias y desigualdades, como diciendo cínicamente: nuestra democracia parlamentaria no es la mejor, el mercado es francamente egoísta, pero no hay otra alternativa. A esto Mark Fisher le llama Realismo capitalista, utilizando la frase que se le atribuye tanto a Jameson como a Zizek, para reflejar el estado de ánimo de la época: “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Fisher llega a asegura que, el Realismo Capitalista como ideología, no necesita de propaganda, de hecho, ésta le hace daño, prefiere los discursos anti capitalistas, pues rápidamente los puede incorporar otorgándoles valor objetual en el mercado. El realismo capitalista, por tanto, no necesita ni apóstoles ni militantes, apunta más bien a la existencia de un ser humano descomprometido, en la era post literaria, donde ya no es necesario leer, donde todo provoca aburrimiento, donde es imposible la irrupción de lo nuevo, donde hasta lo alternativo ha quedado capturado por las leyes del mercado, “el realismo capitalista es lo que queda en pie cuando las creencias colapsan”, plantea Fisher, es un sistema bipolar, que pasa de la burbuja financiera a la depresión, y que daña la salud mental de los sujetos, que transitan de puesto en puesto, de empresa en empresa, siendo flexibles en espacios laborales cada vez menos regulados e inseguros, adaptándose permanentemente, adquiriendo siempre nuevas habilidades.

¿Qué tiene que ver Fisher con el escándalo de los Pandora Paper que desnudan el accionar del presidente Piñera? La respuesta es todo. Lo que sucede es que, en Chile, esa cultura despersonalizada del realismo capitalista, en la que todos/as estamos inmersos, tiene un rostro: Sebastián Piñera. Más que un empresario es un especulador que ve en cada circunstancia que se le presenta una oportunidad para sacar provecho, cualidad por la que precisamente fue elegido presidente en dos ocasiones. Su crítica permanente al Estado, no impide que lo vea como un botín, como lo expresó el periodista financiero Carlos Tromben. Es un deseante, un depredador, una especie de Trufaldino, en la obra teatral de Carlo Goldoni “El servidor de dos patrones”, que quiere comer dos veces, riéndose permanentemente de ambos patrones a través del engaño. Su doble condición entre los negocios y la política, solo es posible si está exenta de lealtad en ambos ámbitos. Así compite deslealmente en la esfera económica, a través de información privilegiada y así ha construido su carrera política, con conflictos alejados de la ética y que la historia nacional conserva. Eso es por cierto el neoliberalismo, la capacidad de ver una oportunidad económica donde anida el desastre. Cuando en Chile el mercado diagnosticó el bajo nivel educativo vendió la solución del Pre Universitario. Lo mismo hizo en Salud, y hoy vemos como se han trasladado las agobiantes horas de espera habituales de los consultorios a las salas de espera de las clínicas privadas. Algo que también apunta Fisher en su libro, respecto a la burocracia de los servicios privados, tan descentralizada que no hay una cabeza responsable a quien reclamarle. Eso es también Piñera, el representante icónico de un sistema que se adapta permanentemente, a pesar de la crítica y las condiciones desfavorables, siguiendo el instinto de su deseo, quien cerrara Barrancones prometiendo proteger al pingüino de Humboldt, mientras invertía en otro proyecto minero en la zona, y luego vendiera sus acciones a condición de no declarar la zona como área marina protegida. Fisher acota, que el realismo capitalista está obligado a actuar como si el desastre ecológico no existiera, pues la realidad es lo que enmascara lo Real, siguiendo a Lacán, por tanto, el calentamiento global pertenece a lo Real que el capitalismo intenta reprimir. Recordemos las declaraciones del gerente de Andes Iron donde aseguraba que el Pingüino de Humboldt con o sin Dominga “va a desaparecer”.

Piñera parecía ser lo que quedaba en pie, a fines del 2017, luego del derrumbe de las creencias, luego de la decepción de años de transición, a pesar de su relación incestuosa entre los negocios y la política, a pesar de las diversas controversias de conflicto de interés en su primer mandato, pero cometió un error, se volvió el propagandista del sistema, celebró las bondades del consumo y declaró a Chile el Oasis. El realismo capitalista no necesita apóstoles. Funcionaba en la inercia concertacionista, en ese ethos culposo y cínico de la medida de lo posible, pues se sustentaba en una crítica resignada al capitalismo, en ese “no nos gusta, pero no hay otra alternativa posible”, el viejo juego de quien es crítico al capitalismo de manera privada, mientras goza de las bondades del consumo. Piñera prestó su rostro para personificar el modelo, si quieres ser exitoso debes perder todo escrúpulo. Chilenos y chilenas vieron en el presidente la personificación de la desigualdad, la acumulación, la injusticia, la falta de compromiso social a través de la evasión de impuestos. “Evade como Piñera” era el slogan que llamaba a evadir la tarifa del tren subterráneo, días antes del Estallido que cambiaría todo. El realismo capitalista es posible solo por la vía de la resignación, y para eso debe ser invisible, Piñera puso su rostro y probablemente prospere la acusación constitucional en su contra por el escándalo de los Pandora Papers, lo que sin duda lo dejará en mal pie para enfrentar las diversas causas de violaciones a los DDHH. La pregunta es, qué haremos cuando el sistema político, económico y cultural vuelva a quedar sin rostro, vuelva a ser ese ethos normalizado. Fisher dice que algunos discursos anticapitalistas sólo plantean amortiguar los excesos del sistema. Quizás en las elecciones que se aproximan, solo estemos cambiando un rostro por una máscara más agradable, una que sabe pedir disculpas.

 

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