México. Balam Rodrigo. “Poema abierto a los ojos del que escribe ladridos: Cofre de pájaro muerto de Armando Salgado”

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‘Poema abierto a los ojos del que escribe ladridos’: Cofre de pájaro muerto de Armando Salgado

 

Balam Rodrigo

 

El inicio de una fraternidad

El 18 de octubre de 2009 recibí la carta (vía correo electrónico) de un joven escritor michoacano que me invitaba a participar en la celebración anual del taller literario al que asistía, el grupo cultural Taller Ambrosía, de Uruapan, Michoacán, coordinado por el escritor Ramón Guzmán Ramos, que cumplía siete años de trabajo comunitario con los libros, la lectura y la escritura de poesía. Desde las primeras líneas de la epístola –que tituló “Carta de primeros ladridos”– se notaban ya la fuerza, la pasión y el compromiso colectivo de este joven escritor con la palabra, con la poesía. De esta forma se presentó el poeta: “Mi nombre es Refugio Armando Salgado Morales, mis amigos me dicen Armando o Cuco […]”; esto escribió sobre el taller: “Todo el trabajo […] se ha logrado con base en el esfuerzo de todos sus integrantes, a la constante labor organizadora mostrando en voz alta el compromiso social del escritor y de los que intentamos escribir, reflejando en nuestro entorno inmediato el factor cultural y humanitario necesario para mejorar esta sarna que cobija nuestras soledades colectivas; falta de apoyo, negligencia por parte de las autoridades burocráticas de aquí, y todos los contras con los que hemos tenido que remar en nuestra corriente […]”; y enseguida, esto que me conmovió más: “[…] pero nos afanamos al atrio de las letras aunque llueva y la lluvia nos prometa enfermedades y malos días; y terminan saliendo bien las cosas.”

Desde las primeras líneas de su carta, Refugio presentó sin complejos, abierto al escrutinio y la mirada de un desconocido. Por otra parte, su compromiso colectivo, su sincero comentario sobre el trabajo y la vocación del escritor, me parecieron no sólo coherentes, sino necesarios y raros en un medio –el de los poetas– caracterizado por la búsqueda del reconocimiento, del resultado limítrofe, de la penosa y fácil fama. Poco después recibí una llamada telefónica de Refugio –así lo conocí y de esta manera lo sigo llamando– mientras viajaba en bus hacia Tapachula para un compromiso literario. Me confirmaba tanto la invitación a Uruapan como su amistad y el recuerdo de Ariosto Uriel Hernández Pérez, otro amigo en común y quien me puso en contacto directo con Refugio.

El viernes 27 de noviembre de 2009 viajé a Uruapan desde la Ciudad de México para conocer a Refugio y participar en las celebraciones del Taller Ambrosía. Me recibió en la central de autobuses acompañado de Fernando “El Mono”, uno de sus cuatro hermanos. Rápidamente la sencillez y camaradería de Cuco no se hicieron esperar. Partimos al centro de Uruapan y nos fuimos a comer carnitas y otras delicias uruapenses (como la torta de adobera). A las seis de la tarde de aquel día inició formalmente la lectura de celebración del séptimo aniversario del taller. Ahí conocí a quienes son ahora amigos míos: Rodrigo Pardo y su esposa Teresa Puche, Jorge Arturo, Lenin Guerrero, el maestro Ramón Guzmán, Saúl, y Chava, poeta y excelente cocinero en cuyo restaurante de mariscos “Maruata” estuve repartiendo platos (después de la lectura) ya que las manos de él y su familia no alcanzaban para servirnos a todos. He de decir que durante aquella magnífica velada Refugio y yo conversamos de todo, incluso de poesía. Nació ahí una amistad y fraternidad que han seguido intactas, creciendo como hiedra sobre el muro del corazón.

Luego de un par de visitas más a Uruapan, le dije a Refugio que no necesitaba el taller como grupo, ya que el acto creativo es onanista y no puede someterse a ningún fiel político. Además de los escritores y poetas de estética comprometida y social como José Revueltas o Ramón Martínez Ocaranza que Refugio había leído en el Taller Ambrosía y de las lecturas que el poeta Gaspar Aguilera le había proporcionado en el taller literario “Carlos Eduardo Turón” de Morelia, sentí que era necesario que Cuco buscara otros derroteros poéticos. De este modo, me dediqué a “presentarle” la obra de escritores con quienes tengo varias deudas y que más me han enseñado sobre este oficio, sin olvidar autores que pudieran estar cercanos a sus propias búsquedas: Michel Butor, Charles Simic, Antonio Gamoneda, Fernando Pessoa, Miguel Hernández, Georg Trakl, Miguel Guardia, Eduardo Lizalde, João Guimarães Rosa, Abigael Bohórquez, Gottfried Benn, Juan Bañuelos, Max Rojas, Francisco Hernández, Jorge Esquinca, por mencionar algunos nombres. He de decir que Refugio tenía ya un bagaje poético particular, así como un interés desmedido por todo tipo de lecturas y que una de sus principales virtudes es la inteligencia aguda, desbordada e imaginativa que lo caracteriza. Refugio lo bebe todo con los ojos del corazón, saca lo mejor incluso de lecturas y autores marginales, inocuos poéticamente. Habría que sumar, asimismo, su formación magisterial, su cinefilia y las lecturas sociológicas y pedagógicas de sus estudios de posgrado, lo que hace de él un poeta de amplios y singulares registros, amén de su particular mestizaje.

 

Breve acotación biográfica

Armando Salgado es el mayor de cinco hermanos. Su madre se llama Teresa, y su padre Armando, como él. Criado con muchas limitaciones materiales y en un ambiente familiar siempre en eterno conflicto por el difícil carácter del padre, le debe la ética del amor a su madre, de la que es reflejo vivo, sombra de árbol que extiende inmensas raíces hasta alcanzar el cielo; pero también le debe sabiduría a su abuelo José, árbol viejo del que aprendió a florecer, a evitar incendios, a dar sombra y fruto a los demás. Por años, su familia se ha dedicado a hacer tortillas en una máquina, hasta hace poco, arrendada (con el monto de uno de los certámenes literarios obtenidos con uno de sus poemarios, Refugio compró una máquina de tortillería y un pequeño terreno para el sostén de su familia). Pero además de pagar el arriendo de la máquina por largos años, la familia de Armando ha sufrido por largo tiempo la mezquindad de otros familiares. El de hacer tortillas es un oficio duro que Armando conoce muy bien, quizá tanto como el de enseñar a otros a leer y escribir: estudió la carrera magisterial en la Escuela Normal Rural Federal “Vasco de Quiroga” en Tiripetío, Michoacán, escuela de hombres y mujeres bien preparados, combativos, estudiantes de escasos recursos que no tienen más salida que la luz de la enseñanza para que otros no padezcan como ellos, para tener al menos una tortilla con sal ganada limpiamente con el trabajo en educación básica, muchas veces en comunidades rurales aisladas, sitiadas y copadas por el narcotráfico, como la comunidad en donde el poeta trabajó durante varios años en la sierra de Michoacán. De ahí que sus mayores lecciones de poesía las haya tomado de la vida cotidiana, de la real realidad, de la verdadera existencia, y no únicamente de los libros.

Cuando conocí a Refugio, colindante a él surgieron su chispa de ingenio y carisma, su trato amable y humano, su humildad y sencillez no fingidas y el hombre de gran rectitud que es. Mis constantes viajes a Michoacán me llevaron a conocer su familia, su casa, sus logros admirables dados la precaria situación y las adversidades de su familia, de tal suerte que su origen y entorno –con los que me identifiqué de inmediato– nos hermanan doblemente. Por eso me parecieron terriblemente injustos el desdén, la discriminación, la forma indiferente, soberbia, clasista y con tantos prejuicios con los que Armando era tratado, hasta hace no pocos años, por algunos creadores michoacanos (e incluso por los de otros lugares de este discriminador país), poetas y escritores la mayoría de ellos, muy menores y provincianos en escritura e ideología, enanos literarios y odiadores que ejercen la mediocridad de tiempo completo, y que no alcanzaron a vislumbrar ni al ser humano ni al poeta que Armando es. De ahí mis recomendaciones e insistencia para que “saliera” de Michoacán y buscara otros derroteros y latitudes para sus libros inéditos, de gran factura poética, donde posiblemente encontrarían otros lectores más atentos e imparciales y quizá lograría, por qué no, un poco de justicia poética. No está por demás decir lo que vino después. En los últimos cinco años la obra literaria de Armando Salgado ha tenido una carrera ascendente, meteórica, que lo hace destacar, por mucho, entre los poetas de su generación en México. Casi todos sus libros publicados han obtenido reconocimientos importantes, entre otros, el Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos 2012, el Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2013, el segundo lugar en poesía en el concurso 45 de Punto de Partida (de la Universidad Nacional Autónoma de México) en 2014, y en el mismo año, el Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela. Y justo mientras escribía las primeras líneas de esta reseña, siendo el 11 de junio de 2015, a las 15:11 horas, recibí una llamada de Refugio, diciéndome que su libro Cofre de pájaro muerto obtuvo nada más y nada menos que el Premio de Poesía Joaquín Xirau Icaza 2015 (para obra publicada), con un jurado formado por los escritores Elsa Cross, Angelina Muñiz Hubermann y Adolfo Castañón; fue este último quien le llamó por teléfono para comunicarle la feliz noticia, pidiéndole que aún no la divulgara, sino hasta que se hiciera oficial. Sin embargo, mi buen amigo Armando me llamó para compartir el pan de su felicidad, ya que siempre compartimos las buenas nuevas y las malas, como hacen los hermanos: ¡salud y larga vida a vos y a tu gran poesía, Refugio!

A todo esto, luego de los reconocimientos obtenidos por la obra poética –y narrativa– de Armando (sin lugar a dudas la más conocida, sólida y con mayor proyección de entre los escritores jóvenes de Michoacán) los más de sus detractores y discriminadores optaron por la crítica en voz baja (conocida actitud del “agachón”), la indiferencia, la envidia (como reza aquella canción de merengue dominicano: “la envidia es la forma más sincera de sentir admiración por alguien”) o mejor aún, y es algo que debemos celebrar, han elegido la fraternidad y la reciprocidad artística al acercarse a la obra y a la persona de Armando.

 

De la obra poética

Cronológicamente, Fiebrerías (Diablura Ediciones, Colección Santoinfierno, Toluca, México, 2014, 28 p.) es el primer libro de poesía escrito por Armando Salgado. Libro amoroso, evocativo, marcadamente neologista y erótico, pueden advertirse en él tanto la semilla de su inclinación narratológica como los otros compromisos estéticos de Armando con la escritura, su verdadera amante fiel:

“Gata, la mía. Te dejo mi plato, mis cuadernos, mi bola de estambre. No soporto verte mirándote las uñas. Extrañaré tu flexibilidad, tu tacto de espuma, los rasguños que afilabas con mi espalda. Te dejo los trastes, las corbatas, mis libros. Probaré otro tapanco.

Todo poeta encierra un gato en su silencio”.

Además de ciertas declaraciones de fe y amorosas halladas en Fiebrerías, está presente aquí otra de las constantes temáticas de Armando Salgado en, hasta el momento, todos sus libros: la tribulación entre el yo lector y el yo escritor, entre el poeta y el lector de poesía. Aquí dos muestras de ambas búsquedas (amoroso/estéticas):

“Todo poeta debe partir

un limón sobre el corazón de los gatos.

Así aprenderá a andar por la noche

y a hurgar escombros entre libros.

Todo escritor jura

ante las piernas de su amada

no beber ningún otro licor”.

“[…] En Valparaíso arrancó la raíz de nuestra orgía –mar con cuatro cabezas–: tú, yo, Farabeuf y tu proyecto de izquierda. El Hostal Ultramarino era el cuartel para desnudarnos. Cayeron cristales y la portada de este libro nos cortó. Ni Elizondo ni tú pudieron salvarse. Te escribí varada en mi saliva, a un nudo del puerto lejos de mi fiebre […]”

A tales búsquedas habría que sumar la constante construcción y deconstrucción en los universos poéticos de Armando Salgado. Tomar y retomar ideas, sacar poesía de situaciones y lugares totalmente secos estéticamente, planos y aparentemente vacíos, es parte de los “trabajos del poeta”, de alguien que lo lee todo, los escombros, lo divino, lo vulgar, lo insondable, lo doméstico, lo carnal, lo tanático, lo vital, aquello que pasa desapercibido e invisible a los demás. Así la escritura de Armando ya desde Fiebrerías:

“Leo mi sangre como adivinando las coordenadas de una ouija o el futuro […] Leo las manos del mar para saber el peso de la encrucijada”.

De similares confluencias e intersecciones poéticas surge Liturgias (Secretaría de Cultura de Michoacán, Premio de Ópera Prima Poesía, Morelia, México, 2011, 80 p.) segundo libro de poesía de Armando. Dividido en cuatro secciones, Liturgias es un libro cuyo primer umbral es homenaje y relectura de Libro del frío de Antonio Gamoneda, y los territorios gélidos, helados y blancos de la página sin escritura son motivo poético:

“dentro de mí

un iceberg de promesas

se derrite

los madrigales recuerdan la distancia

lo que el frío significa:

columna de muertos

vértebra de un manicomio

[…] la vida se congela

sobrevivo                     me pregunto”

En la sección titulada “Vías de sal”, destaca la figura del perro, símbolo omnipresente en la poesía de Salgado. En Liturgias este elemento es patente, no como mera figura o imagen, sino revelando su instinto, su animalidad, su fiereza, si fidelidad, así como la rabia y su eterna condición marginal, errante:

“siento la distancia

debajo de mi perra piel

me rasco el cerebro

me huelo la sombra

soy de perro a perro

quien ladra lo que ve

usando legañas del insomnio”

Sin embargo, es en las secciones “Los cuadernos del Almirante Montt” y “Liturgias” donde Armando manifiesta plenamente su oficio de poeta, con un dominio de la poesía en prosa rica en imágenes, plagada de reflexiones ontológico-estéticas y un imaginario singular. Si en los poemas de “Los cuadernos…” es clara la escritura epistolar combinada con versos breves (rescoldos de una bitácora de un viaje de Armando a Valparaíso e Isla Negra, Chile), en ocasiones nerudianos, es en la sección final de título homónimo al libro, la que concentra mayor fluidez, claridad y riqueza lírica:

“Toda acción es política, oler un crisantemo en noviembre o ver un perro desmembrado sobre el pavimento. Cortar una rosa en verano o sentir los dientes que se quiebran. Todo acto es político y la poética no es la espina en su garganta; es el arte de mostrar lo no visible: como los muertos”.

Uno de esos muertos resucitados por la escritura es Vincent van Gogh en Corvus suvroc (Mantis Editores/Instituto Municipal de Cultura, Arte y Turismo, Hermosillo, Sonora, México, 2012) tercer libro de poesía de Salgado. Este poemario es quizá el primer libro de Armando en el que puede advertirse plena conciencia del acto escritural, de la acción de crear y escribir un libro, dados la unidad poética, conceptual y temática del poemario. Deudor de la tríada poética Moneda de tres caras de Francisco Hernández, particularmente del libro De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios, Armando Salgado crea un universo escritural propio y apuesta por el asombro, la imaginación y el diálogo con la obra plástica de Vincent van Gogh. El coloquio establecido es tanto intertextual como metatextual –preludio de sus siguientes libros– y con la obra de otros artistas más: Nietzsche, Gauguin, Monet y David Spence, biógrafo de Vincent. De estos autores toma epígrafes, citas y referencias que “abren” y “cierran” los poemas de Corvus suvroc de principio a fin, llenándolo de versos y hallazgos poéticos luminosos,

“El pintor no se doméstica.

Sin bozal, sus dedos van de cacería”.

así como otros plagados de imágenes de gran fuerza y plasticidad:

“El corazón de un ángel cabe dentro de un olivo. Le crecen lapislázulis, esmeraldas y un ajo para espantar las pesadillas. Al guardar oscuridad en los cipreses, el corazón de un ángel invoca remolinos, viejas colinas y el azul de las vértebras; habla sobre las nubes y relampaguea dentro de un verso. Al sentir suyos la memoria de los pueblos y el extraño sol de medianoche, el corazón de un ángel se fragmenta, divide sus latidos y nieva sobre el corazón de las estrellas”.

Corvus suvroc, anagrámico en título y lenguaje, muestra el conocimiento de la tradición lírica que precede a su autor y sitúa al lector dentro de un contexto y un marco histórico-estético determinado.

Para religar este poemario con el siguiente libro de Armando cito las palabras que le dedicó el poeta zacatecano Javier Acosta: “Ya tuve entonces, leyendo Corvus suvroc, como tengo hoy ante su Azogue suite, la sensación de estar frente a un poeta hecho y derecho, dueño de los medios y de los fines […] Sin ser lo mismo, producen lo mismo, pues hay entre ellos una suerte de transformación proteica: de este Azogue se diría que pertenece a otro poeta, lo que nos deja ver una genuina vocación de búsqueda y riesgo.” Azogue suite (Instituto Cultural de Aguascalientes, Aguascalientes, México, 2013, 78 p.) es un libro conceptualmente distinto, de corte ensayístico y narrativo, se caracteriza por su poética creada a partir de cierta forma de ver el mundo, sí, pero mirando desde un horizonte ideológico personal y al mismo tiempo, colectivo. Entre otras cualidades, Azogue suite establece un constante diálogo metatextual en el que pueden advertirse las huellas de su ámbito lector; por ejemplo, “Libro del frío” de Antonio Gamoneda, con el que aún guarda analogías y deudas. Si Gamoneda dice “frío de límites”, Armando escribe: “aire sin límites”. Habría que resaltar la relación de Azogue suite con los textos sociológicos de Zygmunt Bauman que critican a nuestra sociedad, estúpidamente globalizada y que motivan el ethos del libro. Pero Salgado es más poeta que ideólogo:

“Pero lo que más me rompe fue el grito antes de lanzarte contra los riscos: somos una simple habitación en este hotel abandonado”.

La poesía de Azogue es un ácido cuchillo de filosa crítica poética e ideológica, pero sin la ramplonería panfletaria común en otros autores:

“Frente al río Cupatitzio abro no mi saco, ni mi portafolio porque no los tengo: abro los ojos. Trato de entender por qué escribo un libro sobre ti pues nunca me leerás. (Soy parte de la estadística. Aunque el autor niegue que no escriba para alguien, la verdad está en ser leído, y también, traducido a otros idiomas)”.

El autor se despoja de los subterfugios morales y autocomplacientes ya que aspira, clara y directamente en su discurso poético, a ser leído y reconocido por otros lectores, esperando que lean su obra traducida a otros idiomas. Si bien en el libro existen referentes locales como el río Cupatitzio, el poema anterior es una declaración de fe con ánimos de universalidad: la ambición de ser reconocido (leído) en otras latitudes geográficas. Subyace en el fragmento poético citado el largo lamento posmoderno del hombre descentrado, arrancado de su unidad natural, un edén subvertido y devenido a aldea global, hiperreal, transformado en jardín mundializado y postextual. Por otra parte, sobrevivir a la obra de Kafka, Gamoneda, Bauman, Coelho, Meyer y no temer citar tanto su influencia como las aflicciones literarias por las que “pasa” el autor en el momento de lectura-escritura, es algo que podemos advertir en el siguiente fragmento de Azogue suite, una nueva infamación y celebración del yo lector y el yo escritor que con firme sinceridad nos remite a las fuentes de las que abreva, sin atragantarse:

“Podrán etiquetarnos con libros, premios, ciertas becas, en algunos talleres. Pero lo importante, Bauman, es reconocernos libres de todo convenio. Citar autores que en verdad valgan la pena. Lo demás será sembrarnos libros en la mente, crecerán con el pasar de los años, y quizá los podremos escribir”.

En Azogue suite no hay cursilería de tarjeta postal ni “realidades simbólicas” oscuras o veladas por la verbosidad o por la excesiva ornamentación lírica. Este poemario propone, por el contrario, una rehumanización del discurso poético, dada la general disminución del poder verbal de la poesía –causada por la estupidez, el facilismo y la banalidad–, el desgaste ético/poético del individuo posmoderno, y principalmente, debido a las atávicas y decimonónicas influencias del vate o la ridícula aspiración a imitar al bardo cuyas musas han sido decapitadas por un mundo enteramente globalizado, devoradas por las fauces del mercantilismo salvaje:

“[Aquí el capitalismo nace desnudo, es de carne y tiene límites. Para darle una apariencia menor a la mierda lo llaman globalización. Hace poco lo volví a escuchar. Tiene un cuerpo que algunos consumen: muchos lo llaman suicidio.]”

Posiblemente la sección medular de Azogue suite sea “Ánima ciudad” –que tiene ecos del libro Degustación de Michel Butor– y en el que Armando ejecuta, con gran fuerza imaginativa y narratológica, postales de varias ciudades del mundo, como la del poema “Acapulco”. Aquí algunos fragmentos de ese texto:

“El mar es epiléptico. Agita la espuma en boca y cubre con riscos su lengua.

[Luz neón escamea mi único ventrículo. Mi respiración se aparea y grita. Inhalo la arena y acelero mi pulso. Las pastillas adquieren forma de cangrejos. La música moja mis piernas y sudo mantarrayas. La oscuridad tiñe la pecera. Llegamos al fondo del mar. Desprendo mi ropa y lleno mi boca con hipocampos de esperma. Anémonas de excitación. A quemarropa disparan tiburones, cortan medusas. Extraen mi corazón y lo parten sobre la piedra de los sacrificios. El mar deja de rugir].

En el muelle, pescadores destazan golondrinas”.

Honesto, descarnado, escrito con inteligencia verbal y poética, Azogue suite es una lección de humanidad en un momento histórico en el que leer poesía parece más un acto de malabarismo o un reality show que consecuencia de alcanzar un estado de conciencia ética y estética. No quiero dejar de lado otra cualidad del libro, que me parece notoria, su belleza aforística:

“La erosión es rostro, edad, abandono. La humedad como recuerdo: pezones de aluminio, metal en coito. Placer es cortar hambre de insomnios, no dormir en cárcel o en subsuelos de vejez. Despertar río arriba. Escudriñar tus manos completas”.

Azogue suite logra contagiarnos, anclarnos en este tiempo y en este siglo, en lo enteramente vital, para devolvernos, con su buena escritura y su apuesta por la condición humana, un lugar distinto, transformado y erigido con la ruina diaria que nos rodea por todas partes como una plaga.

Escritor incansable, Armando Salgado concibe, con madurez poética y mayor experiencia a cuestas, Estancia de ánimas (Fondo Editorial Tierra Adentro/Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Núm. 484, México, 2013, 88 p.) libro que le valió el prestigioso Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2013. Es en este libro en el que Armando vuelve al ideario biográfico-literario y a partir de la vida y obra de Jean Arthur Rimbaud, por una parte, y la de Horacio Quiroga, por otra. Escribe un poemario intenso, lleno de enorme lirismo, en el que reconcilia sus primeras búsquedas y deudas para construir una de sus obras más ambiciosas. De la mano lírica y tutelar de Michel Butor, Jorge Esquinca, Antonio Gamoneda, Max Rojas, Francisco Hernández y principalmente de la bellísima prosa de Alessandro Baricco, Salgado hace resucitar los varios fantasmas que rondan, de forma rulfiana, los versos de su rincón de ánimas y pesadillas literarias. Entre ellos predominan los personajes que vivieron alrededor de Rimbaud: su madre, Vitalie, Isabelle, Verlaine y el mismo Arthur, al igual que otros poetas y artistas (Gerard de Nerval, Fernando Botero) cuyas ánimas poéticas hablan de modo fantasmal en el libro. En los poemas de “Agonías”, sección más rimbaudiana de Estancia de ánimas, dichos fantasmas dialogan mediante breves e intensos monólogos, algunas veces telegráficos, entrecortados, pero también por medio de una prosa de largo aliento rica en objetos y símbolos constantes en anteriores poemarios de Salgado: ángeles, corazón, mar, lluvia, boca, semen, árboles, pájaros, perros, por mencionar los más conspicuos. Asimismo, el acto de escritura vuelve a ser materia de reflexión poética en este libro, en textos que parecen formar parte de un guión cinematográfico:

“Altares Los altares a

los barcos son ojos a

punto de cerrar luz y

destino

A ellos llegan ángeles negros

excluidos por los demás          entienden el escape diario

que intento

Arrancándose plumas escriben mierda en el corazón

(dan ganas de morir)     nadie deseó una piel distinta

Los veo: limpio lágrimas           beso sus mejillas          los arropo

Juntos caminaremos las calles de París

Seremos diferentes                                          Nos llamarán    poetas”

Por otra parte, en Estancia de ánimas podemos encontrar una conciencia artística neoconceptual en Salgado, que lo mismo hace convivir personajes y representaciones personales de la iconografía “pop” o contemporánea, que escritores decimonónicos, seres de la mitología judeo-cristiana (ángeles), el habla popular e incluso teorías de sesgo sociológico, transformándolo todo en el caldero del poema a manera de pastiche, de tal forma que pareciera no escribir al crear, sino “armar” el universo textual que puebla sus poemas con aquellos elementos que tiene a la mano (poética), en ocasiones sin discriminación alguna, por lo que los poemas se nos presentan como “maquetas” o artefactos verbales, pero siempre dotados de gran intensidad, sentido lírico y causando extrañamiento en el lector. Lejos de experimentalismos, la poesía de Estancia de ánimas está escrita con plena conciencia escritural, mantiene una postura ético-artística y se sitúa en la realidad, intensificándola. A una sana distancia de lo que algunos han dado en llamar neosurrealismo (que bien podríamos llamar postsurrealismo) movimiento artístico y literario que privilegia el automatismo, la fantasía, los personajes de ficción televisiva, el facilismo e incluso el tema ufológico (característico de la poesía de varios poetas mexicanos y latinoamericanos nacidos en la misma década que Armando; ya Gottfried Benn criticaba ese tipo de “inclinaciones líricas” con uno de sus famosos aforismos: “Tener ideas confusas y no saber escribir, no es surrealismo”), los poemas de Estancia de ánimas son, al respecto, autocríticos, ácidos:

ARTHUR RIMBAUD HABLA

DE LOS NUEVOS POETAS

Es que somos los mismos imbéciles

quienes enviamos los mismos versos a

Théodore de Banville

o Paul Demeny

tratando de imitar a

François Coppée

Victor Hugo

Baudelaire

Verlaine

en esta dura superficie

haciendo fisuras para extraer la mano

al decir y gritar

como parnasianos del nuevo mundo

jóvenes que genios malos preferimos escupir sobre

nosotros

plagiando         maldiciendo      creyéndonos únicos

embarrándonos con mierda      –capital cultural–

para legitimarnos ante la permanencia   ligth      cosmopolita

Seremos tan malvados

tan odiados      como Verlaine por su familia

podremos aspirar a cierta beca irrisoria

a ciertos premios

al orgullo

y a esta nueva soledad             tan vieja

Si en los primeros dos apartados de Estancia de ánimas el centro gravitacional es Rimbaud (su biografía y retrato poéticos), el tercer apartado, de título sugerente, Grimoriums, nos revela el fantasma y las voces del escritor uruguayo de cuento fantástico Horacio Quiroga. Los poemas de esta sección se alternan como envés y dorso de un espejo grimórico: inician con los versos de un texto de cauce aforístico y breve para luego hacernos entrar en otro, siempre escrito en prosa y en el que el mismo Quiroga, fantasmal y etéreo, “habla” y rememora sus propias apariciones y recuerdos, que son, también, proyección metatextual de los intereses literarios de Salgado. Destacan, también por doble motivo, los poemas de la página 58 (del que cito un fragmento):

“Todos ellos son ostias precarias

lectores fanáticos

púberes

ignorantes de su misma religión”:

y de la página 68:

“Hey, mi querido Vicente Batistessa. Acércate a la cama. No temeré tu monstruosidad. El cianuro me ancla a la muerte. Ven, pega morbo y oreja. Escucha mi último texto:

Un fantasma es un cuento inacabado.5

 

5 No existe final para este poema”.

El fragmento del poema de la página 58 es crítico, y expone las carencias e inmadurez de la generación literaria a la que Armando pertenece, esa que parece saberlo todo (inmersa hasta el cuello en una supuesta “sociedad del conocimiento”), pero que dispone de una cantidad de información tal que no tiene tiempo para “reducirla” a conocimiento, ya no digamos a “sabiduría”: dueños absolutos de una riquísima precocidad y una adolescencia que se prolonga durante décadas, siempre aniñada. El otro poema podría ser incluso minificcional y el juego que propone en el pie de página necesita mayor complicidad y participación del lector, que debe adivinar, como en toda lectura de un grimorio, las señales dadas o re-veladas por el autor, tanto las poéticas (líricas) como las gramaticales (símbolos, signos, referencias). Las referencias a otros escritores del Cono Sur (Borges, Storni, Galeano, etc.), permiten dar coherencia discursiva y temática.

El apartado final de Estancia de ánimas es, curiosamente, el que me parece más cercano a la idea de grimorio, pues a partir de ciertos signos y símbolos mágico-poéticos (quizá de una gramática mágica o verdadero grimorio) que Armando interpreta o lee (como si fuese un arúspice leyendo los huesos de su propia mano, ya que son cinco), surge una quinteta de poemas en prosa de gran fuerza metafórica y poblados de imágenes sugerentes. Cada poema funciona como la cuerda de un instrumento musical, en este caso, de cinco cuerdas, como un requinto o guitarra. Además de la mención directa de ciertos instrumentos de música (cello, violín, viola) Salgado menciona los nombres de un compositor (Paganini) y de dos piezas musicales. Por tanto, el conjunto de poemas semeja una composición escrita en un pentagrama, no en una página, y a manera de preámbulo para el siguiente grimorio (libro) poético de Armando:

“[…] Materia dentro de un estuche de cello ante un preludio gitano escrito a dos cuernos a dos manos y a dos patas diferentes. […]”

Trinos textuales sobre Cofre de pájaro muerto

Antes de abordar Cofre de pájaro muerto creí necesario hacer un recorrido por los libros anteriores de Armando Salgado. Además, había presentado dos de sus poemarios y le debía mis comentarios por escrito, ya que no hallaba cómo aproximarme a la obra de un amigo, de un hermano, sin caer en los excesos y elogios, que seguramente, no pude eludir aquí, pues creo que su poesía los merece.

Por invitación expresa de Carmina Estrada, excelente editora que dirige atinadamente la revista Punto de Partida de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) –quizá la revista literaria (estudiantil y universitaria) con mayor tradición, longevidad y vigencia en México– Armando Salgado vio publicado Cofre de pájaro muerto (Ediciones de Punto de Partida #14, Textos de Difusión Cultural, Dirección de Literatura, UNAM, México, 2014, 104 p.) en una hermosa y cuidada edición incluida en una colección dedicada a publicar libros de escritores jóvenes, principalmente los que tienen una obra singular, prometedora y poco difundida.

La primera sección de Cofre de pájaro muerto, de título homónimo (y que inicia su travesía con el siguiente subtítulo surrealista: “Árboles ciegos”), me recuerda los versos del escritor marroquí Tahar Ben Jelloun: “Cuando el bosque avanza / es inútil la huida / sobre todo si se es / uno mismo / árbol”. Ello, por la propuesta primaria de Armando, del árbol que no como símbolo de inmovilidad, sino de movimiento, de canto. Algunos siembran bosques para talarlos; otros, para ver crecer el verde de los árboles hasta tocar el cielo. En cuanto a los versos iniciales del libro el poeta crea, a partir de la memoria y los recuerdos familiares, un bosque de tinta para hacer trinar a los árboles de los grandísimos bosques michoacanos, amenazados por el olvido y la barbarie. Como en otros libros suyos, Armando retoma el discurso poético metatextual, intertextual y neoconceptual, y durante la lectura de determinados poemas es necesario “interactuar” con el texto, hacerlo en la página. Además, Salgado se apropia de la tradición oral de su región de origen, llevándola al plano de la literariedad, lo que le da a ciertos poemas un mayor fluidez y un aire de plática.

Por otro lado, “Cuaderno de anís”, segunda sección del libro, vuelve a la profunda memoria de la infancia, y es quizá la parte más lírica del libro. Aquí el poeta se transforma en lector del relámpago de agua que es el río Cupatitzio mientras atraviesa la columna vertebral de Uruapan, así como su propia sangre. El poema “Hablar de otros abuelos” es tanto un manifiesto lírico y poética, como declaración de fe:

“Mi abuelo no fue cazador

ni aparentó la poesía en sus manos.

Nunca soñó con tigres viejos

ni escopetas que amedrentaran el hambre.

Sacó y partió piedra.

Secó y armó ríos de fuerte esperanza.

Aún en su lecho de muerte

nunca disparó contra objetos invisibles.

Tenía huesos y carne como todos los hombres.

Aprendí de él lo que es la realidad”.

En “Cherán, todos los árboles del mundo”, existe una conciencia ambiental, pero también un sentido reclamo contra la inseguridad, la violencia que sufren los pueblos oprimidos, y ante el hartazgo por las varias violencias e injusticias (del crimen organizado, de los políticos, de las instituciones, del Estado), Cherán se levanta en armas (materiales y de conciencia) y opta por la autonomía. Armando registra el envés poético de la decisión de ese pueblo sin caer en el panfleto. Así también, lo que proyecta Armando en estos poemas es similar a los versos de aquel poeta maya lacandón que rezan: “Cuando se tala un árbol / cae una estrella”. En los textos de Cofre de pájaro muerto, las personas, como los árboles, son talados, no mueren, “caen”: desaparecidos, secuestrados, abandonados en el bosque del terror y el miedo que a diario los (y nos) ahoga. Podemos advertir, en el próximo texto de Salgado, el desarrollo del discurso y conciencia ecocrítica y ecopoética, tan característicos en buena parte de los escritores hipermodernos:

“[…] El abuelo  José partía historias

como gajos de naranja y nos hablaba del respeto a

la naturaleza. Era un gran árbol. Su bosque no

conocía el dolor, ningún quejido. Decía que las

enfermedades llegaron como fábricas de

detergentes. Contaminaron cuerpos y los ríos y las

historias personales de los barrios y las casas de

adobe y la plaza del centro […]”

No hay en el poema la común exaltación del fasto natural, ese canto órfico a la belleza intacta y primigenia del edén, del idílico lugar de origen. Por el contrario, la conciencia ecocrítica hace reclamar al poeta por la contaminación, por la destrucción a la que han sido sometidas y subyugadas la naturaleza, el paisaje, por el capitalismo, por el avance de la “civilización”.

El segundo bloque del poemario, “La fuente, donde un relámpago tirado yace” (con versos del poeta Óscar De Pablo en el subtítulo) inicia con el apartado “Melancolías”, que incluye el texto “Limonero con pentagrama enterrado”; sin duda, uno de los mejores poemas de Salgado:

“Llevo cinco perros en los ojos

sepultados bajo la sombra del árbol

a quince milímetros del pecho.

También una casa de adobe

y una estampa del río Cupatitzio.

Así de fácil regresar.

Como sintonizar en las venas: Infinity de Guru Josh

y el Remember Na Na Na Hey en los ojos de Elva.

Así de sencillo, así la rueca

y el cruce de caminos en la mano.

Ahora, antes de fundar

relámpagos en sangre

levanto el rostro y miro el polvo en las huellas.

Mis ojos saben

que ante el respiro y la distancia

los hombres somos los mismos”.

La rabia poética de estos poemas es directa, filosa, canina. Los referentes inmediatos a la cultura popular nos sitúan en la posible edad del autor, pero sobre todo en su tiempo, datan su microhistoria. Las canciones de música pop y rock, principalmente, están presentes en casi todos los poemarios de Armando, y otros de sus poemas –particularmente los que están escritos en forma libre, versicular– tienen la fluidez y el ritmo de una canción. El poema antes referido “canta y cuenta”, como decía Octavio Paz, signo distintivo de un verdadero poema, de uno con poesía. Me atrevo a considerar que los cinco perros muertos de Armando, además de reales, son, de forma instintiva e inconsciente, una posible proyección de él y sus cuatro hermanos. Digo lo anterior porque en todos los libros de poesía de Salgado, el perro es, sin más, su verdadero alter ego, por ello aparecen canes por todos lados, ladrando, rabiosos, mordiendo, furiosos, fieles, inconformes, imponentes, a pesar de su aparente flaqueza y timidez. A lo anterior habría que sumar la manía poética de Armando de vincular la figura del perro con la del mar. Ambos símbolos son indisolubles en todos sus libros, y en Cofre de pájaro muerto perfecciona esta obsesión. El mar “dependerá” del perro siempre que el poeta lleve su poesía hacia el discurso marítimo:

“¿El mar es un perro con rabia?

¿Un potro desbocado,

perseguido por la niebla?

El rastro de sus pesadillas

son legañas en los ojos de la muerte”.

La sección náutica de “La fuente, donde un relámpago tirado yace” repite una forma de la que el autor echa mano en otros libros: escribe el primer poema del apartado en una sola estrofa, de versos breves, mientras que signa el texto siguiente con un poema en prosa, extenso y narrativo. El resultado es un díptico poético, cruz y cara de un juego discursivo que funciona de modo que el lector haga una pausa, luego del continuo golpe de imágenes y el lenguaje concentrado de los versos breves antes de volver a sumergirse en el tupido bosque de los poemas en prosa. En tales prosas es patente que Salgado siente mayor libertad creativa; y en ellas establece vínculos y símiles discursivos entre el mar de Ensenada, Baja California y el mar de Dungeons, Sudáfrica; entre perros y tiburones blancos; entre el arte de surfear y el arte de escribir poesía (flotar en el lenguaje, océano inmenso, cruzar el mar picado sobre la “tabla” de la escritura, sin importar el tamaño de las olas, de la tradición, del tsunami de la vida); entre el inconmensurable mar universal y la poesía. En otras palabras, la poesía de Salgado nos hace leer al mar como un perro azul ladrando sílabas de arena ante la inmensidad de la vida y lo cotidiano, contra el dolor y el amor.

Desvelo del espectador”, quinto subtítulo de Cofre de pájaro muerto hace del relámpago (con su imagen etérea, brutal y breve), otro elemento del orden natural, su caballo de batalla metafórica. Si el grandísimo poeta español Miguel Hernández concibió el que considero como el mejor título para un libro de poesía en lengua castellana con El rayo que no cesa, Salgado nos presenta al poeta como lector de relámpagos, que son también las venas, los ríos de la sangre, y por tanto, la interminable lucha contra la animalidad de los instintos, imprevistos, relampagueantes, ocultos y agazapados en la tormenta de la locura, esperando que algo despierte y desate a la bestia interior del hombre, desatando con su grito, el relámpago de la lengua, la poesía.

En la segunda parte de “Desvelo del espectador”, el tema de los poemas tiene su origen tanto en la lectura de los libros de Oliver Sacks, como en la conversación de Armando con Atenas Pintor, académica especializada en interculturalidad. En estos poemas, que son cuatro, Salgado se apropia del discurso tecnocientífico para poner en marcha aquello que alguien llamó “el zoo humano”: nosotros domesticados, exhibidos, encadenados detrás de la jaula de la mediocridad, de la costumbre, de las drogas y las sustancias “civilizatorias” que anestesian y callan la naturaleza humana y nos devuelven al mundo sin imaginación, sin fantasía, un espacio sin tiempo donde pesadillas y sueños son enfermedades. Por ello es necesario que la poesía (hecha con palabras de verdadera y natural naturalidad) nos “recuerde” que somos parte de ese organismo llamado “Tierra” y no sus dueños, esos tristes homínidos castrados del soñar que deambulan, completamente desnudos de imaginación y amor colectivo, perdidos en la aldea global.

El sexto y séptimo apartados del libro son los de mayor narratología y posibilidad discursiva. El poema “Biografía del mar en tono sepia y un cuadro desbordándose” realiza dos homenajes: el primero, de naturaleza referencial, al poeta tabasqueño Jeremías Marquines, en una suerte de “respuesta” a su libro “Varias especies de animales extraños cubiertos de piel jugando en una cueva con un pico mientras Richard Dadd observa desde un calabozo de Bethlem”; el segundo es de naturaleza representacional o iconotextual, ecfrática, a partir de la “lectura poética” del cuadro “The Fairy Feller’s Master-Stroke” de Richard Dadd.

Quiero hacer aquí una acotación en relación con los varios referentes poéticos de Armando Salgado, particularmente los hallados en Cofre de pájaro muerto. Ello, porque su voluntad lectora es realizada, por así decirlo, “sin complejos”: rara vez los poetas mexicanos hacen referencia (vía epígrafes, homenajes, citación o al hablar de sus influencias poéticas directas) a autores de su generación o pertenecientes a generaciones cercanas (considerando como autores de una generación a los nacidos en la misma década). Por regla general, los referentes e influencias citados por los poetas son verticales, es decir, distantes en tiempo y espacio generacionales (Franz Kafka y Antonio Cisneros serían claro ejemplo en este libro). Aunque parte de los referentes intertextuales e influencias son verticales en Cofre de pájaro muerto, Salgado igualmente cita y relaciona su obra con poetas más cercanos, es decir, de influjo y referencia horizontales: espacialmente (por latitud geográfica, pues todos son mexicanos, incluso michoacanos) y temporalmente (al igual que Armando, nacidos en la década del ochenta del siglo pasado, cercanos en edad o que han publicado en la misma colección, el Fondo Editorial Tierra Adentro). Entre los referentes horizontales incluidos en Cofre de pájaro muerto podemos mencionar a Guillermo Clemente, Óscar De Pablo, Christian Peña y sí, a Jeremías Marquines. Digo lo anterior ya que ordinariamente, al interrogar a los poetas jóvenes (y no tan jóvenes) de México sobre sus influencias, citan, por ejemplo, a José Carlos Becerra, pero difícilmente citan autores de su generación o cronológicamente cercanos. Quiero destacar con esto, la honestidad y claridad de pensamiento de Armando Salgado, que sin tapujos ni vueltas, cita varios referentes horizontales tanto en Cofre de pájaro muerto como en libros anteriores.

En cuanto al planteamiento ecfrático de este libro, el poema titulado 1 en la penúltima sección, más que describir técnica o mecánicamente el objeto de arte plástico, intenta re-presentar la famosa obra de Dadd, extendiendo –por  medio de la palabra y valiéndose de otro tipo de imagen y universo simbólico– los poderes representativos y plásticos del icono, al verbalizarlo. Por ello la vocación ecfrática e iconotextual en algunos textos de la obra de Salgado. Cito únicamente la parte “textual” del poema comentado:

1

“Contemplo la pintura The Fairy Feller’s Master-Stroke de Richard Dadd. Veo un par de manicomios en dos ciudades: Bethlem y Broamood. Un trozo de primavera aún cuelga del hacha. No se puede ignorar la influencia de Shakespeare. Si vemos lo taciturno del paisaje, a cierta distancia, se podrá anticipar la neumonía de Freddie Mercury.3

3 La famosa banda de rock Queen dedicó una canción a Richard Dadd por esa obra parricida en 1974”.

El poeta “necesita” los ojos del lector para darle sentido a su propuesta ecfrática, al jugar poéticamente con la idea de sólo ver el objeto gráfico, pero el lector debe, al mismo tiempo, leer dicho icono y extender esa lectura en, con, desde y hacia el poema. A la observación anterior habrá que sumar lo que Peter Wagner llamó intermedialidad, un tipo de intertextualidad en el que una representación visual está presente en un texto verbal, y que podemos inferir en el poema. A la mencionada intermedialidad habrá que sumar la intertextualidad verbal del texto, debido a la alusión tanto a Shakespeare como a Freddie Mercury, de la banda de rock Queen, que a su vez dedicó una canción a la obra del parricida.

Tal es el otro sentido metafórico y poético de la penúltima sección de Cofre de pájaro muerto: matar al padre, decapitarlo. Proyección psicológica y metafórica, Salgado podría usar, para ello, la hoz de tinta de la página 20 de su Cofre. En líneas anteriores he mencionado la pugna y la compleja relación de Salgado con su padre, espejo nominal del poeta, cuya presencia y lado sombrío es necesario talar, como a los árboles de los primeros poemas, y una vez cometido el parricidio, erguirse, caminar, respirar, seguir viviendo, sin más, y otra vez, con el padre, una vez reconciliados con él y con todos con sus demonios y fantasmas. Aquí un fragmento decisivo:

“[…] no los conozco, ni a Jeremías ni a Richard. Lo único verdadero es que ambos son parricidas. Uno decapita al padre con un hachazo de mar […] El otro, acariciándose las venas, se despierta todas las noches con relámpagos bajo los pies. Al escudriñar el halo nocturno, en medio del calabozo, contempla la cabeza de su padre”.

Hondamente revelador en varios sentidos es el momento en que todo creador, en que todo hombre (atendiendo a lo propuesto por Freud) mata al padre, y también a los distintos padres literarios: matar a los autores que nos han influido es releerlos, asimilarlos, y luego decapitarlos y escribir poemas con la sangre de sus cuellos –aún fresca, chorreando– sobre un espejo capaz de reflejarnos, renovados, distintos, sembrando trigo y palabras en el campo fértil de un nuevo paradigma lírico y en nuestra siguiente metamorfosis.

En el poema antes citado se advierten dos aspectos más que aparecerán en los poemas ulteriores de esta sección: el relámpago como símbolo y señal, y la contemplación, en la oscuridad, de la cabeza del padre (“Afuera el mar no es pliego que absorba los genios malditos de mi padre”, escribe Salgado en versos previos) y de la propia cabeza del yo lírico:

“[…] Yo mismo desbarato mis recuerdos y taladro la dura superficie del alcohol. Al sentir la noche mojando mis pies, levanto esta guillotina. No te sorprenda, querido lector, ver mi cabeza en el piso de tu alcoba”.

La creación de imágenes de gran plasticidad en este poema, la atmósfera nocturna y el diálogo directo con el lector, parecen la re-presentación de otras pinturas que nos remiten, por ejemplo, a la obra David contra Goliat del pintor barroco Caravaggio, obsesionado con la decapitación, tema frecuente en su obra. Aquí David sería el poeta, y Goliat, el padre, pero al igual que en los cuadros de Caravaggio, y sin eludir el sesgo sicoanalista, la cabeza del artista tomará, en algún momento, el lugar de la de Goliat, y será servida al lector en la misma y pulida bandeja de plata: el poema.

Como posible forma de redención poética “Fríos”, en la última sección de Cofre de pájaro muerto crea un diálogo narratológico y conciliatorio con la madre, cuya presencia salvífica le provee de la fuerza y amor necesarios para resucitar y dejar atrás el parricidio, y alcanzar una nueva metamorfosis, la del hombre, la del poeta. Por lo anterior, no es raro encontrar en este poema el diálogo constante con “La metamorfosis” de Franz Kafka, donde el poeta es Gregorio Samsa y la madre, Franz:

“[…] Soy Gregorio, el hijo de

Sensini y el hermano de los cincuenta jóvenes que murieron

junto a mí, cavados en el frío de la indiferencia”.

Además, el texto mantiene una postura ética, denunciando la violencia colectiva, las constantes masacres y la desaparición forzada (cometida por el Estado y los poderes facticos del narcotráfico), esos crímenes de lesa humanidad tan comunes en Michoacán, en todo México. El poema funciona también como una apostilla o posfacio lírico donde Armando proyecta la desazón animal de estar con los pies en la tierra, como un gusano medidor que tiene que cumplir su destino escrito: no medir, sino vivir, sabiendo que indefectiblemente morirá. Sin embargo, antes de cumplir ese destino trágico, el poeta escupe al mundo todo su dolor, todo su coraje, pues está enfermo de un mal completamente incurable: la poesía.

Últimos ladridos

Finalizo este texto (que inicié con motivo de la publicación de Cofre de pájaro muerto, que mereció el Premio de Poesía Joaquín Xirau Icaza 2015, recibido por mi hermano Armando Salgado justo hoy, jueves 18 de julio de 2015 en la Ciudad de México) citando, completa, la cuarta de forros que dediqué al poemario, y que intenta reflejar el espíritu de su poesía:

Cofre de pájaro muerto está escrito con la hoz de un lápiz –vértebra de árbol, colmillo de can onírico, relámpago de grafito– y nos revela un personalísimo bosque de sílabas donde ethos poiesis confluyen para dar lugar a otra forma de ver el mundo y reclamarlo con lúcida y múltiple voz. De este modo, los distintos registros líricos que caracterizan esta obra remueven los escombros de la memoria y tatúan su poesía futura en la corteza de nuestra sangre. Erguido en medio de la herida abierta de una patria sumida en la barbarie y la violencia cotidianas, Armando Salgado –uno de los mejores poetas de su generación– alza la voz y nos habla lo mismo de sus tribulaciones estéticas y familiares que de Cherán, Richard Dadd, el río Cupatitzio, Oliver Sacks e incluso el mar. Poesía límite tatuada en las orillas del corazón y escrita siempre al borde del abismo, aquí se escucha el furioso oleaje de ladridos que crece desde la rabia, pero con la esperanza y el amor en los labios, tal como dice su autor: Es mi sangre: arena movediza; contiene las piedras que he lanzado contra mí. Y estoy seguro también que contra nosotros.

Sirvan estos apuntes para acercar a futuros lectores a los libros de poesía de Armando Salgado e iniciarlos en un camino que los llevará, sin duda, a descubrir a uno de los poetas de mayor singularidad y potencia imaginativa de México.

Transcribo aquí, a manera de remate, unas cuantas palabras de aquella primera misiva que recibí de Refugio en 2009, y en las que se vislumbraba la plenitud de su conciencia poética:

“[…] poesía son perros endiablados tocando los pétalos del cielo para quitarles la sarna y llenarse con ella, dejando un poema abierto a los ojos del que escribe ladridos”.

Barrio de María Auxiliadora, Jovel/Ciudad Real/San Cristóbal de las Casas,

Altos de Chiapas, Centroamérica, julio 18 de 2015.

 

 

 

 

_____

 

Balam Rodrigo (Villa de Comaltitlán, Chiapas, Centroamérica, 1974). Exfutbolista, biólogo y diplomado en teología pastoral. Autor de los libros de poesía: Hábito lunar (2005), Poemas de mar amaranto (2006), Libelo de varia necrología (2006; 2008), Silencia (2007), Larva agonía (2008), Icarías (2008; 2010), Bitácora del árbol nómada (2011), Cuatro murmullos y un relincho en los llanos del silencio (2012), Logomaquia (Puerto Rico, 2012), Braille para sordos (2013), Libro de sal (2013), Desmemoria del rey sonámbulo (2015), El órgano inextirpable del sueño (Metáfora Editores, Guatemala, 2015), El corazón es una jaula de relámpagos (El Gallo de Oro Ediciones, España, 2015), Oficios del neólogo (Lempa, Colección de Poesía Centroamericana, Chile, 2015, en prensa), Iceberg negro (Coneculta-Chiapas/Ediciones Atrasalante, 2015, en prensa) y Silbar de mirlos para la hermusa (en prensa). Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, portugués, polaco, zapoteco y francés, y aparecen en antologías, revistas y diarios de México, así como en publicaciones de República Dominicana, Brasil, Colombia, Argentina, Chile, España, Puerto Rico, Estados Unidos, Guatemala, Honduras, Portugal y Alemania. Su obra está incluida en Antología de poesía contemporánea México-Colombia (Colombia, 2011), Nove poetas mexicanos dos anos setenta (Laboratorio de Poéticas, Brasil, 2011), Vientos del siglo. Poetas mexicanos 1950-1982 (UNAM, 2012), Lumbre en el almaje. Muestra de poesía mexicana (1970-1985) (Guatemala, 2012), Antologia de poemas mexicanos (Portugal, 2013), Poetas mexicanos del nuevo milenio (Colombia, 2013), Antología general de la poesía mexicana (Océano, 2014), Espejo de doble filo. Antología binacional de poesía sobre la violencia Colombia-México (Ediciones Atrasalante, 2014) y Un poema en que no mueras nunca. 64 poetas latinoamericanos nacidos entre 1970 y 1990 (Colombia, 2014). Su obra ha merecido diversos reconocimientos, entre otros, el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2012 y el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2014. Su libro Braille para sordos fue finalista del I Premio Internacional de Poesía Medardo Ángel Silva 2014 (para obra publicada) convocado en Guayaquil, Ecuador. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México en la disciplina de Letras.

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1 thought on “México. Balam Rodrigo. “Poema abierto a los ojos del que escribe ladridos: Cofre de pájaro muerto de Armando Salgado””

  1. Rafael Calderón

    BALAM RODRIGO. Un reseña… bien por Armando Salgado. Bien por quiénes realmente lo han leído y para la poesía de estos días. Pero, sinceramente creo que en tu reseña existen por lo menos dos aspectos que se contraponen. Una es hablar de la poesía de Armando y tu amistad con él, y todo lo que nos cuentas, pero evidentemente es un autor joven y se encuentra en plena búsqueda y seguramente si sigue como hasta ahora, un día, estará a la altura de su legado acumulado; la segunda obvia y en esto si difiero: eres de los que hablan de las letras de Michoacán en términos muy generales, sin siquiera conocer un carajo de la riqueza poética que trasciende lo local y lo nacional. Si verdaderamente la poesía de Michoacán fuera lo que afirmas, ahora nada tendría sentido. Es decir, no sólo Armando proviene de una tradición rica en ejemplos y brillante por aportaciones anteriores y creo lo mejor sería conocer esa fuente lírica. Los jóvenes poetas de Michoacán son como el resto del país: buenos, algunos, y malos, otros tantos. Pero hay que apostar al tiempo y creo saldrá algo muy bueno. Como ya sucedió en el pasado. Por mencionar un solo caso para quienes leen a Sor Juana. Difícilmente pueden olvidar que las ediciones modernas que de ella circulan, es privilegio de un michoacano y ese mismo michoacano es el que fijó la edición moderna de la Poesía de Rubén Darío y éste es asimismo el que desempolvo la poesía novohispana en una antología compuesta por tres tomos extraordinarios. Yo pregunto si acaso en el país habrá otro como don Alfonso Méndez Plancarte. Por eso pongo en duda esos juicios tan ligeros, llenos de aire y ligera escritura. Por lo mismo creo que don Rubén Bonifaz Nuño ya dijo de Méndez Plancarte que es su Maestro y por él un día traduce poemas de Horacio. O recordar que Manuel Ponce es, ante todo, un poeta católico de vanguardia y su presencia no sólo de Michoacán es para la lengua española. El jardín increíble es justamente esta última palabra en donde radica su grandeza.
    Solamente es un comentario.
    Rafael Calderón

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