FERNANDA MARTÍNEZ: “YO NO SÉ CÓMO LLEGARON AQUÍ, PERO SÉ CÓMO ENCONTRARLOS”

Selección de textos extraídos del cuerpo de documentos de descarga gratuita Estrategia del poema: 72 autorxs hispanoamericanxs (Bitácora de vuelos ediciones, México, 2020) Octavio Gallardo y Armado Salgado realizadores.

 

“Si el poema no palpita como organismo vivo, si no le corre sangre por sus venas, es que nació muerto y eso se nota”

 

El desafío de reflexionar entorno a las estrategias del poema no comienza con la pregunta por las estrategias sino por el entendimiento de qué constituye un poema. Al respecto, me viene a la memoria «Caballos», un poema de una niña norteamericana de ocho años a quien enseñaba en la ciudad de Nueva York: «yo no sé cómo llegaron aquí/ pero sé cómo encontrarlos».

La poeta neoyorkina no tiene total claridad, no sabe cómo los caballos han llegado pero sí sabe cómo encontrarlos. Sabe un camino y ese camino basta. En efecto, el poema se sostiene gracias al segundo verso, desde el cual el primero adquiere sentido y el poema como un todo aparece. El caso que nos convoca parece tratarse de una situación de similar naturaleza. Los poetas poemiamos, hacemos poemas. No sabemos cómo llegan (y por eso hablamos de musas) pero sabemos cómo encontrarlos, reconocerlos cuando aparecen, distinguir entre un poema común y otro excepcional. Sabemos un camino, pero hay algo que se nos niega.

Quizás sea nuestro punto de observación aquel punto ciego que nos limita el pensamiento sobre el tema que nos ocupa. Pero veamos con otros ojos. Esta vez con los de un niño de diez años de Doñihue, un pueblo del Valle Central de Chile, a quien un día le pregunté qué es un río. «Un río es una acequia grande», contestó el niño. Genuinamente intrigada, le pregunté entonces por el mar, a lo este que respondió: «varias acequias juntas». Lo que nos dice esta anécdota es que la figura literaria que realiza el niño está dada por su experiencia vital campesina, lo que anima a preguntarse si el poema es también una experiencia vital.

Si el poema es una experiencia vital entonces hay una pausa de la realidad inmediata. El poema es aquel aparato estético que obliga a pausar la experiencia cotidiana. Quien escribe, lee o escucha suspende su realidad y acepta como suya la del poema. Si frente al poema alguien suspende su vida, entonces las estrategias del poema han sido eficaces. Una estrategia del poema acorde a este entendido sería quizás la confección de aquella realidad otra como si se tratase de una ya dada, no confeccionada. El poema como ya hecho, como venido de antes, con un ecosistema de signos coherentes que delinea una realidad que consideramos, por un instante, total y verdadera, que trasciende al escritor y al lector. El poema no debe parecernos necesariamente bello sino verdadero (aunque fuese por un instante), por cuanto la realidad que propone debe reemplazar la vida. Si bien es un aparato, algo hecho «por», su realidad debe seducir de tal modo que abandonamos nuestra realidad en un pacto con la realidad propuesta por el poema. El poema obliga a en-otro-mismarse, a perder la propia realidad e ir hacia otra habitada por un otro. Dicho de otro modo, si el poema no palpita como organismo vivo, si no le corre sangre por sus venas, es que nació muerto y eso se nota.

Si un poema es un hecho en el lenguaje al que le sobran todas las palabras, es un hecho a la vez social. El poema es, en este sentido, una respuesta a una pregunta que no se pudo enunciar. A través de la respuesta es que intuimos la pregunta y no sólo esta es intuida por el poeta sino también por el lector. Es una pregunta que no se ha sabido enunciar pero que se puede compartir con los otros desde el esbozo de su respuesta. Este es un momento de lo inefable pues apunta a un lugar gris del lenguaje que aún comunica, que aún puede ser compartido. Este vacío, que es el extraimiento de la palabra que no limita la comunicación, ¿es el residuo del poema? ¿Qué es lo que se ha extraído de las palabras? ¿Qué es aquello que se pierde al escribir? ¿Dónde se juega la vida el poema?

Yo no tengo las respuestas a estas preguntas. No pretendo que mi decir tenga cierta validez más allá de mi propia experiencia como escribiente. Creo que pensar es jugar. Así lo vivo, al menos, desde mi niñez. Pero estas son preguntas con las cuales quisiera frotarme un rato la cabeza. Dónde se juega la vida el poema es algo que me inquieta, aunque me inclino a creer que su vida se juega en las sombras de lo dicho, en aquello no indicado a partir de lo indicado, en aquello que no dice el poema a partir de todo lo que sí dice. El residuo del poema quizás sea el lugar de la sombra del cuerpo del poema, y a partir de allí, de esa silueta, es que podemos ver el poema.

Ahora bien, si el poema es un hecho que a la vez acciona, que se verborreiza, puede que una primera estrategia del poema sea hacer que algo aparezca como por primera vez venido a la presencia, en el sentido de relumbre, de lustre, de sorpresa. Que este relumbre pueda ser más o menos sutil es otra cosa, calibre quizás. La segunda estrategia puede que sea un tono, una posición de la voz, un determinado «calibre». El lugar de la lengua donde se parten las babas, si se prefiere. Y quizás, una tercera tenga que ver con un re-hacer; como desplazamiento, reescritura, que es también un ejercicio disciplinario, tanto para el poema como para la poeta o el poeto.

Quisiera detenerme un poco en la posición de la voz. Con qué guarda relación aquel tono que diferencia el decir entre poemas y entre poetas. Reconocemos a un autor por el tono de su escritura, pero qué es lo que leemos cuando decimos tono. ¿Una relación con los aires, con el ritmo, con el silencio? ¿Una actitud que desde el lenguaje informa el quién de la escritura? ¿Una posición de la voz que indica también una posición frente al mundo? ¿Es encontrar la voz propia un encontrarse el tono predominante? ¿Cómo encuentra el tono quien comienza a escribir? ¿Hay elementos que configuran el tono desde un afuera de la escritura?

Temo haber levantado más preguntas de las que he podido responder a modo tentativo. No he querido aquí intentar resolver las cuestiones del oficio sino apuntar sólo algunas reflexiones que permiten vislumbran las posibles complejidades de aquello que llamamos «el poema». Aquí he considerado algunas ideas entorno a las estrategias bajo distintas miradas de lo que es un poema, las que por supuesto no son excluyentes. Sin embargo, aún queda preguntarse dónde termina lo poético, cuál es su unidad de acción, cómo se relacionan las partes (verso, poema, libro, obra), ¿puede la escritura poética ser un modo de conocimiento?, etc. Como el poema de la niña neoyorkina, hay cosas que nos están veladas. Sin embargo, tenemos un camino, que es el camino de la escritura y sabemos perfectamente cómo escribir un poema. Que baste entonces por ahora.

Mayo de 2020

 

 

Fernanda Martínez Varela (Chile, 1991). Socióloga y escritora, publica su primer libro Ángulos Divergentes a los 15 años. Ha recibido los premios Roberto Bolaño; Premio Literario UC; Premio Municipal Juegos Literarios Gabriela Mistral y el Premio Escritura Revuelta de la Universidad de Houston. Ha participado en festivales en México, Bolivia, Honduras, Puerto Rico, Estados Unidos y República Dominicana. Sus textos aparecen en revistas literarias como Maestra Vida de Perú, Oculta Lit de España, Espaces Latinos Cultural de Francia, Alaraby de Inglaterra y Uno dieciséis de Columbia University. Publicó La sagrada familia (2015) y El génesis (2019). En 2016 y 2018 recibió Beca de Creación del Ministerio de Cultura, y en 2018 la Tinker Foundation. Cursa un Ph.D en Literatura y Estudios Culturales en Georgetown University. Es editora de la revista Plaza Pública Magazine de dicha casa de estudio y del periódico literario Carajo de Chile.

 

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