entre el cielo y la tierra, columna de Horacio Eloy. Romeo Murga: Un poeta a la sombra

Breve fue el tránsito, por este mundo, del poeta Romeo Murga. La sombra de la muerte lo atrapó en plena juventud, no alcanzando a cumplir los 21 años.

Nuestro poeta nació bajo el sol nortino de Copiapó un 18 de junio de 1904 y falleció en San Bernardo, el otoño de 1925.

Terminados sus estudios, en el Liceo Alemán de Copiapó, viaja a la capital para iniciar su carrera de Pedagogía en Francés. Corría el año 1920. Aquí se rodea de escritores y poetas, entre ellos Pablo Neruda, con quienes recorre indistintamente bares, facultades y pensiones en una itinerancia luminosa e iniciática.

González Vera, así lo describe en su libro Cuando era muchacho (capítulo: La banda de Neruda): Romeo Murga, alto, magro, de sombrero alón, nunca entreabrió sus labios, las pocas palabras que podía juntar las ponía en sus versos“. Su vida se desarrollaba entre amar, leer y escribir”.

Elías Ugarte, ex alumno de Romeo Murga, señala que su aspecto físico correspondía, a lo que convencionalmente, se estima que debe ser un poeta: Alto. Excesivamente delgado. De rostro moreno, pálido y de ojos verdes. Hablaba poco, reposadamente. Preocupado de algo que no era de este mundo”.

Romeo Murga comenzó a publicar sus versos en las revistas que circulaban en el ambiente estudiantil y literario de la época, en especial en la reconocida Claridad” la voz de los estudiantes. Será el Primer lugar en el Concurso Literario de la Fiesta de la Primavera en 1923, el cual le otorgará atención y distinción en los círculos de escritores.

Se dice, de Romeo Murga, que era una persona introvertida, silenciosa, eternamente conectada a las nubes. Neruda se refiere a él con estas palabras: “en todas partes el poeta es el niño entristecido que no habla … Así veo a mi amigo el poeta Romeo Murga en una casa blanca, la madre que cosía y callaba…y ese niño solitario y dormido atravesando en silencio las piezas anochecidas’“.

Pasa el tiempo, caen las hojas del calendario, Romeo Murga se titula de Profesor de francés, se traslada a impartir clases al Liceo de Quillota el año 1924 y es aquí donde la sombra de la tuberculosis lo acecha y lo envuelve. Enfermo se trasladará a San Bernardo, donde finalmente fallecerá bajo los cuidados de su madre y su hermana.

Es precisamente su hermana quien publicará, 21 años después de su deceso, el único y fundamental libro del poeta: “EL CANTO A LA SOMBRA”. Al respecto, el poeta Jorge Teillier, en un excelente estudio de su autoría, publicado el año 1962, en la revista Atenea, señaló: “En la vida de Romeo Murga el amor ocupó el primer lugar, lo habrá de ocupar asimismo en su poesía …Como una reacción tal vez contra la agitación de la época, al tenso ambiente de los años 20, la poesía de Romeo Murga se hace contemplativa y el poeta anhela llevar una vida que llamaremos bucólica, exalta esa vida…”

 

GRACIAS

Mujer, la de esos besos, la de esos besos largos,

la de esos besos breves húmedos y calientes,

la del regocijado sonreír en la sombra

que iluminó la vaga blancura de sus dientes;

la de la casa humilde, con ventanas humildes,

en la calleja oscura, soñolienta y callada;

la que entre beso y beso me lo decía todo,

aunque entre beso y beso no me decía nada;

la del mirar risueño, la del reír risueño,

la del querer ardiente, violento y extenuante;

la que vivió conmigo, con nosotros, con ella,

esa noche de amor, corta como un instante;

la que turbó el solemne silencio de esa noche

con las voces amargas y dulces del pecado;

la que dejó en mis brazos, en mi ser, en mi vida

eso que es el recuerdo de que nos han amado.

Gracias, mujer, la inquieta, la de este pueblo quieto,

la de esa noche alegre, porque tú la alegrabas;

gracias, la de los rojos besos interminables,

por esos besos rojos interminables, ¡gracias!

 

 

CANCIÓN EN LA HORA DEL OLVIDO

Ya nuestro amor no es nada sino un recuerdo, y una

claridad imposible sobre la vida mía.

Ya todo nos separa, ya nos aleja todo,

y entre nosotros corre, como un río, la vida.

Pasas junto a mi lado como si no pasaras,

y yo no me detengo para verte pasar.

El eco de tu voz ya no me dice nada,

y tu luz infinita no me ilumina ya.

Y sin embargo, somos los mismos que una tarde

se juntaron en esa tu mirada profunda.

Somos los que una noche callada aprisionaron

toda la paz de Dios entre sus manos juntas.

Somos los que se amaron y los que se olvidaron,

los que perdieron ya su infinita alegría.

Pero en ese pecado que Dios no ha perdonado,

no fue tuya la culpa, ni fue la culpa mía.

¡Qué culpa tengo yo, mujer, si así como otros

tienen el vino triste, yo tengo el amor triste!

Y tú, qué culpa tienes, si con tu alma traviesa

no puedes comprender lo que no comprendiste.

Lo que no comprendiste: mi amor – llama y fulgores-

ardiendo tras mis frías palabras cotidianas;

mi amor – luna risueña sobre mis torvas noches,

y rubio sol ardiente que alegro mis mañanas.

Y ya mi amor no es nada sino el recuerdo de algo,

claridad imposible sobre mi vida oscura.

Yo recojo en silencio, las perdidas palabras.

Tú seguirás viviendo sin recordar ninguna.

Pero en mi quedará lo que fue en ti divino.

Todo yo fui un camino que tú hollaste, al acaso.

Todo yo fui un camino, y sobre ese camino

no ha de borrarse nunca la huella de tus pasos…

 

 

EL VIAJE

Poco a poco se apagan las tenues sensaciones.

Me voy quedando solo, en doliente pereza,

bajo las frías sábanas y entre los almohadones,

en la negra y pesada soledad de mi pieza.

Pienso que en este día – que fue nublado y gris-

no he sentido tristeza ni alegría ninguna.

Me revuelvo en la cama, sin poderme dormir.

Afuera, se oye un perro que le ladra a la luna.

Pobre náufrago débil en el mar de la noche-

mi alma está llena de tristeza taciturna.

(La calle se estremece con el rodar de un coche.

Un pitazo, a lo lejos, rompe la paz nocturna).

Yo le temo al silencio de estas noches heladas,

un silencio preñado de encono y de maldad,

de fantasmas oscuros y de almas embrujadas,

un silencio que pesa como una eternidad.

¡Quién me hará la limosna de un leve y breve ruido,

que ahuyente mi funesto meditar en la nada!;

un ruido que no sea ni mi voz ni el latido

silente del reloj, en la noche callada.

Y las horas se arrastran, monótonas, tranquilas…

Voy a coger mañana, en divino derroche,

toda la luz y el oro del sol en mis pupilas

para borrar de mi alma el horror de la noche.

 

 

……….

Horacio Eloy.1955
Poeta y destacado cronista.  Ha publicado “Tres Poetas” (1985), “Paisajes de Milagros” (1992), “El cielo a pedazos” (1995), “Ritualica de Despedida” (2001), “Plazasparquespuentes” (2008), “Ultima Función” (2012), “Revistas y publicaciones literarias en dictadura Chile” (2014).
Compártelo en:

Leave a Comment

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

Scroll Up