EMILIO RAMÓN: PRETTY VACANT

pretty vacant emilio ramón

 

Fragmento de la novela “Los muertos no escriben”

 

Estamos tirados en el sillón escuchando los aullidos de Johnny Rotten en los parlantes, oh we’re so pretty, oh so pretty, we’re vacant, y fumando un pito más húmedo de lo recomendable. El departamento sigue lleno de cajas sin desempacar. Es curioso, pero toda esta mierda solo nos pertenece a Chancho Seis y a mí. Primo Juan no trajo nada. Es como si se hubiera venido con lo puesto, viejo. Se lo comento a mi colega.

—¿Te diste cuenta de que Primo Juan no trajo nada más que un cuaderno y unos libros?

Chancho Seis se encoge de hombros. Y eso es todo.

El departamento va bien. El frío, que entraba por los vidrios rotos, lo hemos neutralizado con nylon grueso y cinta adhesiva, y las goteras ya están todas tapadas. Lo único malo es que la taza del wáter da la corriente cada cierto rato. La primera vez pensé (o quise pensar) que era el efecto de la marihuana y no le di importancia, pero al día siguiente volví a sentir un golpe de electricidad. Se lo comenté a mis compañeros. Primo Juan no lo había notado, pero el Chancho dio un salto cuando me escuchó y me dijo que él sí había sufrido una descarga eléctrica en el culo. Trajimos a un señor del barrio que arregla las conexiones eléctricas a cambio de una caja de vino y comprobamos que todo estuviera en orden, pero al día siguiente a Chancho Seis volvió a darle la corriente en el culo. Llamamos a la corredora de propiedades. Y sí, había olvidado mencionarnos ese “detalle”: por algún motivo, cada tres horas una descarga eléctrica golpea la taza del baño. A las tres, a las seis, a las nueve y a las doce, del día y de la noche. Nos aseguró, eso sí, que no hay de qué preocuparse, que nunca alguien se había lastimado de verdad. Dado el precio que estamos pagando, decidimos cerrar la boca y cuidarnos de no sentarnos a las tres, ni a las seis, ni a las nueve, ni a las doce.

Olvidaba mencionar la muralla de tabique. Todos los muros son de ladrillo y cemento, excepto el que nos separa del vecino, que es de tabique. Absurdo. Se escucha todo. Chancho Seis intenta explicarlo con teorías ridículas y rebuscadas; yo, en cambio, creo que se trata de un simple error. Si en este país son capaces de construir un puente al revés, ¿cómo no equivocarse al levantar esta pocilga?

—Lo hicieron así para que los fantasmas pasen de un departamento a otro con más facilidad —le dije el otro día a mi compañero de departamento. No me respondió; solo se quedó pensativo largo rato. Creo que todo ese cuento de los fantasmas lo asusta. O quizás simplemente no me escuchó. Lo cierto es que todas las tardes la música del vecino llega hasta acá. Tangos. Por una cabeza y esas canciones de los años en que el mundo era en blanco y negro. Supongo que en este momento la voz de Johnny Rotten también cruza el muro y se mete en las narices del hijo de puta que vive al lado, sea quien sea.

—Me llamaron para una entrevista de trabajo. No es lo ideal, pero por mientras no está mal, eh —dice de pronto Chancho Seis. Me cuesta procesar la información.

—¿Dónde?

—En una funeraria.

Giro la cabeza y lo quedo mirando.

—¿De modelo?

Agita la cabeza para negar. Da una fumada al pito y responde aguantando el humo en los pulmones:

—De vendedor.

No sé qué decirle. Lo primero que se me viene a la cabeza es una imagen suya dentro en un ataúd. Me pasa siempre, viejo, ver a alguien e imaginarlo dentro de un cajón, quieto para siempre.

—Debe ser un buen trabajo, ¿no? —digo al fin.

—Sí… Con mucho tiempo libre… Supongo.

Chancho Seis fue estafado por una universidad que le vendió una carrera sin campo laboral y lleva años dando tumbos de un trabajo a otro. Claro, si te presentas medio borracho un lunes por la mañana lo más seguro es que no te elijan el empleado del mes. Lo conozco desde los quince años y sé que nunca ha soportado bien el trago, pero desde su segundo divorcio ya es casi imposible verlo en sus cinco sentidos. Tan difícil, que corre el rumor de que si lo ves sobrio tienes que pedir un deseo.

Pero no es mala persona. Sueña con publicar una novela de ciencia ficción. Su problema es que no se le ocurren ideas (¿Y quién soy yo para juzgarlo?). La última vez que me mostró un relato, trataba de un grupo de humanos que, en naves monstruosas, invade un planeta habitado por criaturas pacíficas y que viven en paz con la pachamama. Estaba tan entusiasmado que sentí lástima al decirle que su cuento era lo mismo que Avatar, esa película de mierda donde salen unos monos azules…

Ya, no es Isaac Asimov, pero al menos es responsable con su hijo. Se casó a los veinte años con una testigo de Jehová que daba charlas en el centro de rehabilitación para alcohólicos donde lo habían metido sus viejos. Seis meses después se divorciaron. Lo gracioso es que, después de dos años divorciados, volvieron a casarse. Sí, viejo, se separaron y volvieron a casarse. Y volvieron a divorciarse a los meses. Por más que lo intentó, al Chancho simplemente no le venía bien la palabra del Señor. Quedó un hijo de esa relación, el Javierito, quizás lo mejor que le ha dado el Chancho a este mundo.

Lo miro y vuelvo a imaginármelo en el cajón con la piel pálida y fría.

—¿Qué crees que hay después de la muerte? —le pregunto. El Chancho me mira con sus ojos rojos sin entender qué mierda estoy hablando.

—Cuando te mueres, Chancho, ¿qué viene después?

—Nada, poh. Oscuridad, eh, supongo.

—¿No crees en otras vidas?

Se demora en contestar y no deja de mirarme como buscando en mi cara algún indicio de sarcasmo. Pero soy buen actor; herencia de mis padres.

—El cerebro se apaga y la carne se pudre, Camilo.

—¿Y el alma? ¿Dónde crees que va el alma?

Está más pálido de lo habitual y tiene los ojos como volcanes. La marihuana está haciendo de las suyas. Pero, en vez de preguntarle si se siente bien, sigo hinchando las pelotas.

—Yo creo que el alma se transforma en energía y busca un lugar donde quedarse.

Y ahora sí que me mira sin entender nada.

—Si tú fueras el alma de alguien, ¿dónde te quedarías?

—No sé. Supongo que depende.

—¿Depende de qué?

—De tu vida, eh, de quién fuiste. No es lo mismo ser el alma de Hitler que la de Kurt Cobain.

—¿Por qué no? Los dos se dispararon.

Chancho Seis no me responde. Yo muevo la cabeza como dando a entender que con simplones como él no se puede conversar de temas trascendentales.

La verdad es que ni siquiera creo que exista el alma, pero, cuando no tienes nada más que hacer, fastidiar a tus amigos se convierte en todo un panorama. Pero solo un rato, luego se vuelve tan aburrido como cualquier otra cosa.

 

 

Los Muertos No Escriben
Novela
258 páginas
Editorial Los Perros Románticos
Año: 2022

 

 

Emilio Ramón (Santiago, 1984) es escritor y editor. Ha publicado el libro de relatos Noches en la ciudad en 2017, reeditado para Argentina por la editorial Piloto de Tormenta en 2019; también es autor de la novela Labios Ardientes (2014) y del libro de crónica musical Disco Punk. Veinte postales de una discografía local (2020) junto a Ricardo Vargas. Los muertos no escriben es su novela más reciente.

 

 

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