CÓMO TRATAR EL SÍNDROME TARTUFO

 

Tartufo o El Impostor, estrenada por Moliere en 1669, luego de años de permanecer prohibida, es una mordaz comedia que tiene como tema central la hipocresía. El personaje Tartufo es un falso devoto, que logra enredar en sus redes a Orgón, un acaudalado burgués parisiense. Toda la trama de la obra se centra en la manipulación que ejerce, este pintoresco piadoso, sobre Orgón y su familia. Orgón es un hombre inteligente y sensato, pero temeroso de los castigos divinos, su creencia en la existencia del infierno lo hace presa fácil de un embaucador como Tartufo. Convertido en títere del falso devoto, Orgón se comporta como un idiota, siguiendo todos los consejos que éste le da, aunque vayan en desmedro de su familia y su patrimonio. Tartufo, representado como bufón y como sacerdote, se presenta como un moralista extremo, un purista, y así llega a ser el consejero espiritual de Orgón. Sin embargo, las verdaderas motivaciones de este truhan son quedarse con la herencia de Orgón, casarse con su hija, al tiempo que seduce a su esposa, Elmira. Es en el V acto, cuando sucede el desenmascaramiento de Tartufo. Orgón, puesto en una ridícula posición debajo de una mesa, escucha como Tartufo le hace proposiciones a su esposa, entonces Orgón exclama: “¿Que decís? Cuando pienso que aquel semblante fervoroso, tan lleno de dulzura, escondía un corazón tan falso, un alma tan ruin. Y yo que le recogí mendigando y sin tener nada ¡Basta! Desde este momento renuncio a todos los hombres de bien. De ahora en adelante sólo me inspiraran horror, y seré para ellos peor que un demonio”.

El caso de Rodrigo Rojas Vade, tiene mucho de Tartufo. Su relato, basado en su lucha contra el cáncer, había logrado conmover a un país, no sólo por el flagelo mismo de su enfermedad, sino porque se le había visto luchando en las calles, durante el Estallido, encarnando las desigualdades del sistema de salud chileno. Tanto creyó la ciudadanía en su relato, que lo sentó en la Convención Constituyente, donde logró tomar una de las vicepresidencias. Era la llegada del ciudadano de a pie, del excluido, de esa moral distinta, al espacio donde se piensa el país del futuro. Rodrigo Rojas Vade encarnaba ese purismo popular, que desconfía de las estructuras partidistas y de los acuerdos pragmáticos propios de la política. Ahora Rodrigo Rojas ha sido desenmascarado, su falsa enfermedad nos ha hecho sentir idiotas, y por un instante ha permitido que dudemos de nuestras propias esperanzas.

Ahora bien, si Rodrigo Rojas Vade puede ser emparentado con Tartufo, es precisamente por su calidad de Falso Devoto. Moliere enfatiza en el título el concepto de Impostor. Es decir, no porque Rojas Vade nos haya mentido descaradamente respecto a su enfermedad, debemos desconfiar de todos/as los/as enfermos/as de cáncer. La desigualdad del sistema de salud es real, como también el drama económico en el que caen las familias chilenas cuando uno de sus integrantes es diagnosticado de cáncer. Las rifas y actividades solidarias son la principal herramienta de muchas familias para financiar costosos tratamientos. Y si bien esto nos parece obvio, también lo es que la mentira de Vade no disuelve la moral popular, que se impuso en las calles el 2019, que puso en tela de juicio todo el poder constituido. Esa moral que, producto del maltrato y de la mentira sistemática, desconfía de las estructuras partidistas y busca mayor transparencias y honestidad en los asuntos del poder. Esa moral se reflejó en el alto número de convencionales independientes.

Es un error querer ver la caída de Rojas Vade, como la caída de la moralidad antipartidista. Es como si quisiéramos leer el Tartufo de Moliere como un ataque al cristianismo. En mi opinión, la Convención Constitucional debe afrontar el problema de la manera menos pragmática posible. Eso quiere decir, sin jugar al empate, sin sacar cuentas en cuanto a la distribución de los votos, etc., racionamiento propio de los partidos políticos. El problema debe resolverlo en el camino opuesto, o sea, con más moral, siendo aun más puritanos. No basta ser implacables en el caso mismo de Vade, es necesario resolverlo constitucionalmente a través de mandatos revocables para todos los cargos de elección popular. La Convención no puede impedir la aparición de nuevos Tartufos, pero puede devolverle al pueblo el control soberano que debe ejercer sobre sus representantes. El mandato revocable existe en varias constituciones y debe ser visto como un fortalecimiento de la democracia, pues dificulta que el/la representante se desentienda de sus votantes una vez elegido/a, pues puede ser destituido si traiciona la voluntad popular a través de referendos revocatorio.

Orgón, el personaje víctima de Tartufo en la obra de Moliere, pasa de un extremo a otro. De ser un moralista excesivo, pasa a odiar a todos “los hombres de bien”. No sabe distinguir que fue engañado por un estafador. La discusión que se ha instalado en Chile, parece querer tomar ese derrotero, que dice que nadie puede atribuirse “superioridad moral”, pero recordemos que ese concepto ha sido utilizado cada vez que aparece una nueva moral. Con ese concepto fue tildado el Frente Amplio hace unos años, el movimiento feminista y ahora los independientes. No es más que una expresión del poder constituido que se defiende del poder constituyente. Ahí donde ve supremacía moral, en realidad lo que hace es verificar la aparición de una nueva moral. Es esa nueva moral a la que debemos aferrarnos para operarnos, tanto de los vicios del pasado como de los falsos devotos.

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2 thoughts on “CÓMO TRATAR EL SÍNDROME TARTUFO”

  1. Está muy bien argumentada tu columna, aunque deja pendiente el quid del asunto ¿cuál es esa nueva moral a la que debemos aferrarnos? ¿No te parece que el eje de la discusión no estriba en nueva moral, sino que se trata de la expresión de una izquierda indefinida? Entiéndase izquierda indefinida como todos aquellos grupúsculos (como las feministas que mencionan) que pueden tener o no tener una ética y una moral diferente, pero que respecto al Estado no tienen ningún programa ni partido establecido.

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