El Salvador. Vanessa Núñez. “Tu marido nos observa”

celosangeles1

 

 

Tu marido nos observa

Vanessa Núñez Handal

 

 

Haló la inmensa caja sobre la cual había polvo depositado. La abrió con impaciencia y sacó la máquina de aspirar. Hacía semanas que no la utilizaba, pero los niños habían embarrado de lodo la alfombra el fin de semana.

Era una tortura tener que hacerse cargo de estas minucias. Desde que ella había debido renunciar a su trabajo para quedarse en casa con los niños, se había convertido en una empleada doméstica. Ahora su vida carecía de sentido. Hacía las mismas cosas todos los días, una y otra vez. ¿Para qué? La ropa sucia jamás cesaba, tampoco los platos llenos de grasa y los baños mojados. Su existencia se perdía en una espiral de hechos que se sucedían absurdamente.

Definitivamente no era ésta la vida que había pensado para sí. Pero nadie le advirtió, nadie le dijo que el matrimonio era una carga tan inmensa. Peor aún con hijos, con quienes se sentía verdaderamente atada, ya que eran una responsabilidad imposible de evadir. Ella había deseado sólo dos, pero su marido era insistente, y no estaba feliz con las dos niñas que tenían, así que la forzó por un tercero, que resultaron siendo dos. Un niño y una niña. Ahora, con cuatro, era imposible pensar en volver al trabajo, menos en continuar sus estudios. No podía siquiera sentarse a leer un rato, porque de inmediato los niños, que estaban siempre pendientes de ella, comenzaban a batallar, a lanzarse cosas, a perseguirse por la casa hasta que se escuchaba un golpe y después un llanto. Estaba harta. No quería más. ¿Pero, qué podía hacer?

El sonido intenso del motor de la aspiradora la devolvió de sus pensamientos. Había demasiado lodo. ¿Cómo era posible que su esposo no hubiera obligado a los chiquillos a limpiarse los zapatos al entrar del jardín, si sabía que había barro y había caído una fina lluvia durante la noche? Ella se había enfurecido y él le había volteado a mirar indiferente. Ella había estallado en llanto, llena de frustración y de ira, pensando la forma de evadir esta existencia que tanto la disgustaba.

Y cuando él, por la noche, se acercó a ella para acariciarle el vientre, ella lo rechazó con fuerza y él se había enfurecido. Estaba cansada, se sentía menospreciada, dijo. A nadie le importaba que se doblara la espalda durante el día y era el colmo que él esperara que estuviera de ánimos para retozar en la cama. Él había tomado sus sábanas y se había ido a dormir al sofá. Ella se sintió aliviada, porque de esta forma pudo llorar cuando quiso, hasta quedarse dormida.

A la mañana siguiente hubo que levantarse temprano, como todos los días, preparar loncheras, despertar niños, vestirlos, obligarlos a desayunar, luchar con alguno que se negaba a lavarse los dientes, subirlos al carro e irlos a dejar al colegio. De regreso, en el coche, pensaba tan sólo en la cantidad de barro que la esperaba sobre la alfombra y en los malabares que tendría que hacer para desmancharla.

Se dirigió al lavadero y cuando estaba a punto de verter el jabón en un recipiente, sonó el teléfono. Se lavó las manos a prisa y corrió hasta él.

Reconoció la voz y sintió un pequeño escalofrío que le recorrió la espalda. Pensó en colgar, inventar que estaba por salir, que no estaba de ánimos para esas cosas, que estaba estresada porque era posible que la mancha no saliera y que no tendrían dinero para comprar una alfombra nueva. Que al menos eso decía su marido, que sin embargo se obsequiaba con varias cervezas a la semana y un televisor nuevo inmenso para ver sus partidos de fútbol. Pero en el teléfono la voz insistió. La llamó linda, le dijo que la había extrañado el fin de semana. Le preguntó cómo había dormido la noche anterior. Y ella respondió que no muy bien, que se la había pasado llorando, por lo de siempre, por esta absurda vida que estaba viviendo y de la cual no encontraba manera de huir. Y que de todas maneras no podría hacerlo porque no tenía forma de llevar a sus hijos con ella. Y que tampoco podría dejarlos, ¿quién cuidaría de ellos? Y notó que después de tanto lamentarse, se sentía aliviada, porque por fin tenía alguien a quien poder contarle sus penas y que la escuchaba con paciencia y respondiera con ternura, acariciándole el rostro, las pocas ocasiones en que estaban cerca, besándole los labios despacio.

–Tranquila –escuchó por fin que le decían al otro lado del teléfono, con tono pausado y dulce–, las cosas no siempre están tan mal como las vemos. Verás que todo se arregla. ¿Qué estas haciendo?

Y ella le contó de la alfombra, de los puñados de lodo y barro que había tenido que limpiar y de las manchas que no salían.

–Dime, ¿qué llevas puesto? –preguntó la voz tomándola de improviso. Pero ella sintió que no estaba de ánimos para eso.

–Aún llevas el pijama, ¿no? –insistió la voz.

–Sí —respondió ella con hastío–. Pero debo colgar.

–Aún no. ¿Llevas ropa interior? –preguntó.

Y aunque a ella le pareció que se trataba de una pregunta trillada, respondió que no y de súbito sintió que algo se le encendía por dentro, como una especie de corriente que le recorría el vientre.

–Duermo sin ella, lo sabes –agregó.

–Bien, quiero que desabroches la blusa.

Un suspiro se escuchó al otro lado del auricular.

Ella obedeció sin saber porqué, pero sintió el deseo de hacerlo y soltó uno a uno los botones.

–Me gustas mucho, ¿lo sabías? –continuó la voz–. Ahora acaríciate despacio. Piensa en mis manos, imagina mis dedos en tu piel.

Y ella lo hizo tal cual, cerrando los ojos para poder sentir a cabalidad el roce de sus propias manos en sus pechos y pudo percibir como éstos iban irguiéndose y se lo dijo.

–Ahora –dijo la voz luego de un largo momento durante el cual ella se acarició el cuello y el rostro–, quiero que bajes un poco el pantalón del pijama y te observes el vello. Dime, ¿es oscuro?

Ella contestó que sí.

–Acarícialo –le ordenó.

Y ella lo hizo, como impulsada por algo que la superaba en fuerza.

–Acaríciate entre las piernas. ¿Estás húmeda?

Ella afirmó a penas con un murmullo.

–Ahora quítate la ropa. Cierra los ojos. Imagina que mi cuerpo se une al tuyo. ¿Puedes sentirme? Tus senos se rozan con mi piel. ¿Lo sientes?

Y ella recordó la vez en que se habían encontrado en el gimnasio, cuando ella aún tenía tiempo para ir, antes de que la vida se le complicara y ella comenzara a sentir la horrorosa pesadez de estar viva. Recordó la afinidad extraña que había sentido, algo que a la fecha aún no podía explicarse, y cómo habían vuelto a verse varias veces hasta que por fin, no le había quedado más remedio que aceptar la intensa atracción que sentía.

–¿Estás ahí? –le preguntó la voz al otro lado del auricular.

–Pensaba en ti –contestó ella agitada.

–¿Quieres que sigamos? –quiso saber su amante.

–Sí, quiero –respondió suplicante.

–Cierra los ojos y piensa en mis labios y mis senos. Imagina que tu marido nos observa…

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Vanessa Núñez Handal (San Salvador, 1973), abogada, escritora, editora y

profesora universitaria. Ha publicado cuentos en antologías y revistas de países

tales como España, Alemania, Suiza, EEUU, Colombia, El Salvador, Guatemala y

México, entre las que destaca la antología de Narrativa salvadoreña (Alfaguara,

2012). Es autora de dos novelas: Los locos mueren de viejos (2008) y Dios tenía

miedo (2011). Su obra ha sido traducida al alemán, francés e inglés.

Poeta y director Periódico Literario Carajo.

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