SELECCIÓN DEL LIBRO ESTRATEGIA DEL POEMA. VERONICA ZONDEK: “EL EJERCICIO DE ESCRIBIR POESÍA”

VERONICA ZONDEK

 

Selección de textos extraídos del cuerpo de documentos de descarga gratuita Estrategia del poema: 72 autorxs hispanoamericanxs (Bitácora de vuelos ediciones, México, 2020) Octavio Gallardo y Armado Salgado realizadores.

 

“La poesía es una ciudad que me permite deambular a cualquier hora, encontrarme con la niebla y el viento, con los seres queridos de este mundo y también con los del otro”.

 

Válgame para explicar el duro trance una preciosa parábola del chileno Pedro Prado, que voy a decir malamente, a tontas y a locas. Una dama se allega a un jardinero, de esos más celosos y avaros jardineros, que así son a causa de la pasión de su oficio. Ella le pide, muy desaforadamente, una rosa. El viejo, que no es un zumbón sino algo así como un maestro socrático, le contesta que la tome, pero a condición de cortarla exactamente en el punto en que ella comienza a florecer. La señorona, que es una atarantada, por ser una fémina, se va a cortarla en la coyuntura de la rama, y el jardinero la ataja con la mano y la replica: no es allí donde la rosa comienza; es más allá. La inocente entonces corre su brazo y va a coger la ramilla toda. Pero el cancerbero de jardín la vuelve a atajar: tampoco es allí donde ese hecho, la rosa, empieza. La dama se ve tan casada con el tronco, que no es cosa de cortar tampoco en ese punto. La del antojo lo mira perpleja, pero, aunque la ocurrencia le parezca cómica, se decide a arrancar la planta entera y nada menos. El ladino entonces la para con un grito: ¿Cree, la muy atolondrada que una planta esté metida como un guijarro o como una cuña, en la entraña del suelo? La muy complicada mata de rosa, la muy filial, está toda ella abrazada a la tierra por una red de raíces, raicillas y vellos. Cortar la rosa completa, la criatura total, significa, pues, tomar un migajón tan ancho que pudiese ser la Tierra misma: No hay modo de que la embelequera haga su gusto. El compromiso ha sido el de que ella corte en el punto donde la rosa comienza… El poema tiene la misma historia. ¿Cuándo nació? ¿Fue en el momento en que se vino a los oídos, como un moscardón insistente, un ritmo, el brote o la chispa del ritmo en el que se cantaría? ¿O fue cuando el ritmo trajo ya un acarreo de palabras, el primer verso, o de un golpe, la primera estrofa? ¿O fue antes de las dos cosas, cuando holgábamos, sin destino alguno, y los sentidos limpios o vacantes, se pusieron a esperar, creyendo que sólo estaban holgando? ¿O el suceso ocurrió de una vez por todas cuando comenzó el corazón como a ponerse denso y pesado y a tener

una sobra de latido o de sangre, y nosotros tomamos el hábito de desahogarlo con un hálito nuevo, con palabras, que salieron de él numéricas, rítmicas, por culpa del órgano… pitagórico?

Gabriela Mistral

 

 

La parábola de Pedro Prado arriba expuesta y a la que Gabriela Mistral hace referencia en su discurso de cierre para el curso de verano que dictó en Montevideo, es el pie que inicia la reflexión que sigue.

Toda escritura comienza para mí con la toma de notas. Es decir, agarro palabras, que, situadas en el cuerpo y territorio que habito, cargan con historias y percepciones propias y colectivas. En qué momento o lugar exacto comienza este proceso, no lo sé. Lo que sé, es que tropiezo con la necesidad y me siento impelida a anotar. Esa fricción entre el lápiz y la página es la que da inicio a pensamientos y emociones que me inmergen en este, el punto uno de lo que intento decir, aunque luego me dejen a la deriva, flotando en aguas que no me sueltan hasta que toco tierra firme. El proceso inicial este, es a la vez investigativo y perceptivo, porque es la primera lengüeta de un fuego que arde hasta que las sensaciones, el cuerpo y la razón son abrasadas por ella. Es así, como dejo ir esa obsesión que no me suelta y arribo, a veces después de años, a una proto-respuesta que se resuelve en poema, del cual, nunca por cierto, sé si es definitivo. Quedo, sí, plena y con la sensación de haber agarrado al menos algo. Esos maderos que arden y arden, completan de algún modo la inquietud y el compromiso primero y luego alimentan el amado e insoportable temblor de la obsesión, que es, pienso, lo que no me permite soltar la manía de escribir.

Es así como compruebo que nunca me ha importado dónde estoy, qué hago, en qué estoy o con quién, cuando ocurre lo antes descrito. Sólo siento la necesidad de anotar. Registro aquello que me moviliza a escribir, a denunciar, a compartir o a desatar los nudos antes impenetrables para una lega como yo. Anoto en servilletas, en libretas, en algún lugar del libro que tengo a mano y, si no encuentro dónde anotar, me he dado cuenta que ‘a falta de papel bueno es hablarle al teléfono’. Esas anotaciones se amontonan por doquier e intento, cuando aparecen esos ojales de tiempo entre los quehaceres del hogar, del trabajo, de la familia querida o los amigos, traspasar lo que aún me parece de interés, a otro cuaderno siempre en proceso acumulativo. Este es el punto dos de mi escritura. Estos cuadernos donde apilo las anotaciones dispersas anteriores son eclécticos, no tienen ninguna intención de orden, salvo que siguen una cierta intuición y sirven para guardar las ideas, comentarios, citas, datos o palabras apiñadas y también lo que me perturba o parece de interés.

El punto tres de todo este recorrido es que no existen los buenos y malos tiempos para anotar. Es decir, pienso, observo, estudio, huelo y toqueteo varias cosas al mismo tiempo, porque el mundo y mi percepción de él nunca se detienen y cada vez que salgo a la calle o leo un libro o me siento a conversar o a escuchar la conversación de otros en una mesa, choco con él y algo se agita en mí. Esa modificación o alerta, me impele a anotar. Todo me atañe y todo me altera. La conciencia de que formo parte de un cuerpo muchísimo más grande que el propio, es algo que no puedo soslayar y por lo mismo este es parte urgente y esencial de lo que entra al poema o al escrito.

A diferencia de lo que suele decirse, para mí la forma es de mucha importancia. Es ella la que expresa el contenido que carga entre sus trazos. La forma es un vehículo y encontrar el vehículo que mejor sirva el interés de su pasajero es para mí materia esencial. Es decir, creo que la forma y por ende el ritmado o música que dibuja, es la que nos permite comunicarnos, el acceso directo de lo escrito a la oreja o el ojo de un lector o lectora.

La forma desemboca naturalmente en el punto cuatro que tiene que ver con la construcción o el armado de un poema o escrito poético. Una cosa es el contenido que quedó atrapado ahí en esas páginas que deambulan en mi cabeza más o menos ordenadas. Otra, es encontrar el vehículo para que aquello que se quiere decir propicie transformación o encantamiento. Hay en la forma un potencial de seducción que permite permear en un cuerpo distinto al propio. Es decir, ese poema, transforma la relación de un lector con el mundo y consigo mismo. La forma, no es sino la estética en la que habita el escrito y con la que pretendo interrumpir una normalidad para plantear dudas, abrir escotillas clausuradas e instalar pálpitos de asombro en aquellos que se exponen al roce del poema. Sí el poema no actúa como ese príncipe encantado que nos trae el beso y el aliento estremecedor de la vida para despertarnos del letargo, no nos quedará otra que dar un mordisco a la manzana convenientemente envenenada, con el fin de que, bellos, dormidos y cómodos, nos instalemos en un ataúd de cristal. El mundo de esa seguridad y certeza no hará otra cosa que dejarnos cabeceando en una planicie sin sueños ni deseos. Contra esa pesadilla acezante que pende sobre nuestras cabezas, es que escribo y escribo.

El punto cinco tiene que ver con el tempo de las anotaciones que hago. Ese tempo es un asunto rápido, una pincelada que responde ‘de una’ a mi necesidad de atrapar las cosas al vuelo. El acto que sigue, es decir el de escribir un poema a partir de esos trazos guardados o recordados, responde para mí, a otro tempo: el de la lentitud. Porque esa lentitud es el tiempo del disfrute; el tiempo que me permite buscar y encontrar las palabras y la forma; el ritmo, que agudiza la intuición primera; el ajuste que habla hasta donde ‘más se pueda’ y así estalle sobre la página, la beldad y la tesitura de la honestidad.

Y ya no más puntos; ahora a divagar. A divagar para sorprenderme a mí misma.

   A escribir.
A intentar atrapar con la mano eso que hace vibrar la intuición, los sentidos y la razón.
A permitir el vuelo de lo que aletea en medio de la oscuridad.
A observar y anotar.
A saber que todo es materia.
A tocar

a saber que la masa sólo aparenta no moverse. A pensar

a saber que el pensamiento fluye desde realidades tangibles e intangibles.

A imaginar.
A denunciar.
A sacar del mero centro aquello que han puesto ahí para vitrinear por los entresuelos.
A merodear de esquina en esquina para cercar lo que se escabulle entre los dedos.
A jugar.
A saber que el juego es algo serio.
A degustar las palabras.
A saber que las palabras se cuecen en su propio jugo.
A descubrir lo ya descubierto.

Volver a mirar.

Volver a escuchar.

Volver a sentir.

Volver a pensar.

A hablar desde la intemperie para construir un camino por donde vivir la fragilidad.
A noquear al que lo sabe todo y dicta cátedra desde el púlpito.
A burlar a los guardianes del castillo.

A escabullirnos por entre barrotes para deambular sin punto de llegada.
A despertar.
A saber que seremos nada/nadie si no vivimos en la casa de todos. A dar aviso cuando la casa se agrieta.

A dar aviso cuando le quiebran los dedos al que vive en la casa. A gritar.
A gritar con el alma.

A ser guardiana de lo humano
de lo que nace y muere

de lo que hubo antes y vendrá después. A ser guardiana del mundo entero.

A amar las carnes, los minerales y las plantas todas.
A amar las alas que nos permiten migrar en pensamiento o volar de lugar en lugar.
A ser testigo del paso por esta tierra.

Vuelvo a pensar sobre la importancia de la poesía en este mundo inmundo. ¿Será que la poesía nos permite una sutil ilusión de manejo? ¿Será que nombrar lo que nos enoja, perturba, despierta, apetece y tanto más, nos entrega ese poder que ya en Génesis dejó huella? Es que nace una hija y la nombramos. Nace un hijo y lo nombramos. Nace un libro y lo nombramos. Vemos por primera vez a una estrella y la nombramos. Abrimos una calle y la nombramos. Estalla una guerra y la nombramos.

Nombrar es humano.

Poesía es nombrar. Nombrar es conciencia. Nombrar es imaginar. Nombrar es despertar los corazones al conocimiento, al horror, al hambre, a la belleza, al viaje. Nombrar es un intento por fijar la fragilidad, un intento por tocar lo bello y lo amado; por tocar y denunciar lo oscuro, el abuso y la maldad. Nombrar es descentrar. Nombrar es cruzar las fronteras, ver y amar lo distinto; nombrar es ubicarnos en una realidad.

Este ruido silencioso que produce el acto de nombrar y cruzar las confines de lo predecible, es lo que me vuelca al encuentro de la serendipia y me enamora.

¿Cómo se llega al oficio de escribir? En mi caso, que debe ser el de muchos, el mundo de la palabra escrita y el de la poesía en los libros, fue y es mi acceso a un patio interior rodeado de muros que me protege de las extrañezas del afuera y me acerca a la propia. Ese afuera donde siento a veces que piso sobre huevos. Leer, acceder al nombrar mágico de otros, me abre a mundos por los cuales deambulo sin oficiales ni guardianes. En ellos encuentro amigos, familia, seres que me sirven de ejemplo, ganas de aprender, curiosidad infinita por geografías desconocidas, psicologías varias, miedos, alegrías, temblores sobre la parrilla roja y cielos enteros donde soñar despierta. Fue y es mi camino, no sólo al conocimiento sino también a la exploración de territorios y sentimientos, de emociones y entrañas dormidas, de acceso a seres mágicos y a pueblos desconocidos. Es mi divagar entre pensamientos. Me basta con levantar la cabeza y salir de una larga estadía entre palabras, para encontrar un mundo más ancho, más misterioso y lleno de posibilidades; para toparme con injusticias que encontraron escuchas, con feotes que se tornaron bellos; con la importancia de participar y de acercarme a espacios desconocidos.

Leer, entrega un entendimiento respecto al oficio de escribir que nos remite a la vida: soy una convencida de que sólo es posible escribir sobre el cuerpo de otras escrituras, del mismo modo en que se vive en y sobre los cuerpos que nos antecedieron a la vez que compartimos con los que nos acompañan ahora. Todo es parte de un todo más amplio y generoso que el sí mismo. Nada es unívoco y nada es siempre igual. Todo afecta el todo, y en ese sentido, insisto en que mi escritura se sostiene sobre otras y conversa con ellas produciendo movimientos de ida y vuelta. El mundo de la palabra es un mar de constante re- significación de los signos; los signos deletrean al mundo; el mundo es imposible de dimensionar en toda su hondura y alcances. Estoy segura de que existen dimensiones que desconozco y que aún no se encuentran los nombres que las nombren.

Sí, digo y re-digo que lo nombrado hasta ahora, es mi espacio mi territorio

la casa que recorro a mis anchas.
Es donde exploro el camino posible

donde sueño

donde sufro victorias y derrotas donde la lucha está presente.

Es el espacio donde ordeno cosecho y aprendo.

Donde soy y me veo.

Donde me topo contigo.

La poesía es una ciudad que me permite deambular a cualquier hora, encontrarme con laniebla y el viento, con los seres queridos de este mundo y también con los del otro.

Gozos y amores discurren entre sus letras.
Penas y desgracias se esconden mientras pueden.
Observaciones, acotaciones, decisiones, dicciones e intuiciones se pasean en la poesía como perro por su casa y, sin embargo, es en ella donde mejor me siento. Cuando la escribo, la leo, o la traduzco.

La poesía es experiencia pura y dura.
Es la morada donde todo encuentra su lugar.

Un poema es una experiencia que marca y transforma.

Trabajar con la pulsión de la poesía, es lo que afiató en mí el convencimiento de que la palabra progreso adherida al concepto de historia, no existe. Disfruto y me conmuevo, como todos, al leer un buen poema escrito hace miles de años como al leer uno contemporáneo. Entiendo entonces, que el lector (sin importar en que punto de la línea del tiempo se encuentre) es quien completa el poema. También me queda claro que soy la primera traductora y lectora del poema que escribo, aunque luego este salga e interactúe con un lector contemporáneo o futuro desconocido. Cuando ese lector lea el mismo poema desde su contexto y espacio, entrará en él y lo enriquecerá o empobrecerá con lo que tenga. Un buen poema se transforma y cambia cada vez que es leído. Creo que esa es la fuerza material del poema. De ese modo explotan acomodos y consensos; así se abren caminos clausurados; así se precarizan certezas; Esta potencia del poema es lo que yo amo. Eso es lo que lo hace resistente.

Me gusta el cuerpo de la poesía porque es sigilosa y paciente porque hace su camino más allá de las modas

porque resiste los embates del mercado porque resurge cuando menos se la espera.

Porque me cuestiona
me apaña

y me deja respirar.
Me gusta el cuerpo de la poesía porque goza y duele como el mío

porque en él cabe el mundo y un río que lo riega.

 

 

Valdivia junio-julio 2020.

 

_______

 

Verónica Zondek (Santiago de Chile, 1953). Actualmente radica en Valdivia. Poeta, traductora y gestora cultural, se licenció en Historia del Arte en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Obtuvo la beca de traducción y residencia en Bahnf, Canadá en 2015. Es miembro correspondiente de la Academia Chilena de la Lengua por Valdivia; Miembro integrante del CCPV (Centro Cultural de Promoción Cinematográfica de Valdivia); Miembro Comité Editorial LOM Ediciones; Premio Espíritu Sur Mujer, Valdivia, Chile; Premio a la Trayectoria Poética, Casa Neruda. Ha incursionado junto a artistas de otras áreas como la plástica, la música, el teatro, la danza, para crear y explorar posibilidades de nuevas expresiones. Ha publicado más de veinte libros entre los que destacan: Nomeolvides: Flores para nombrar la ignominia (poesía teatral, LOM Ediciones, 2014); Sedimentos (reunión de los libros El hueso de la memoria y Vagido en un sólo volumen, Madrid, Amargord Ediciones, 2015); Fuego Frío (poesía, LOM Ediciones, 2016); Una Pequeña Historia (Poesía, Cuadro de Tiza Ediciones, 2018); Ojo de Agua (Antología poética, Lumen, 2019), Gabriela Mistral. Obra Reunida; Mi culpa fue la palabra, idea, edición e introducción Verónica Zondek (Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2015).

 

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