FERNANDO QUILODRÁN: ARISTÓCRATA DEL ESPÍRITU.

 

Desde la oficina del semanario “El Siglo” cruzaba Vicuña Mackenna, exactamente al crepúsculo, y se instalaba en su mesa habitual de Las Terrazas, donde lo esperaba su whisky con hielo y los amigos y compañeros que tuvimos el privilegio de compartir esta rutina. Luego doblaba por Almirante Simpson y entraba a La Casa del Escritor, sede de la Sociedad de Escritores de Chile, institución que dirigió en forma brillante por varios períodos, dándole prestigio y prestancia en la agitada república de las letras.

El escritor y poeta Fernando Quilodrán, nació en Curepto. En 1936, luego de cursar con éxito todos sus estudios formales, emigró a la Argentina donde vivió por casi una década, estudiando en la Universidad Nacional de Buenos Aires y trabajando en diversos oficios. Hasta que retorna a Chile para incorporarse a la revolución con empanadas y vino tinto que se iniciaba.

Su obra literaria, entre la poesía, el ensayo y la narrativa, se inicia el año 1972, cuando la Editorial Quimantú convoca al legendario concurso de poesía Carlos Pezoa Véliz. Fernando Quilodrán es distinguido con el primer lugar por su obra “LOS MATERIALES”. Al respecto, el jurado consignó en su fallo: “el jurado estima que la obra premiada representa una línea profundamente novedosa en el momento actual de la poesía chilena y es testimonio de los anhelos e inquietudes del hombre contemporáneo”.

El golpe de Estado lo obliga a exiliarse en Holanda, donde en 1980 publica su libro HABIA UNA VEZ UN PUEBLO. El año 1983, la editorial Lar, a cargo del poeta Omar Lara, edita su libro POEMAS. Luego en España, ya en 1985, es editada su novela VITALES MERECIENDOLO. Ese mismo año retorna a un Chile encendido por las protestas contra el dictador. En 1993 la editorial Pluma y Pincel editará su obra DE UN TIEMPO ANTIGUO Y LLUVIAS. Para el 2000 vendrá UN SUICIDIO COMUN y finalmente el 2009, bajo el sello Mosquito Editores, aparecerá AVERIGUACIÓN DEL TIEMPO Y OTROS POEMAS.

Fernando Quilodrán, dotado de un espíritu vital, asume múltiples funciones, ya habíamos señalado sus períodos como Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, a lo cual debemos agregar su significativa dirección del semanario “El Siglo”, otorgando al arte, la cultura y a la Literatura un espacio relevante en sus páginas.

El destacado intelectual y escritor se retira de este mundo el año 2017, siendo homenajeado sus restos mortales en la Casa de la cultura de Michoacán, en la comuna de La Reina, por decenas de escritores y artistas que vieron en él a un auténtico “aristócrata del espíritu”.

Sergio Rodríguez Saavedra, poeta y crítico, se refirió a su persona en los siguientes términos: “Fernando Quilodrán entra en ese muy selecto e injustamente olvidado término de hombre de letras (…) Si actualmente se acentúa la presencia de autores que se expresan y cuestionan diferentes áreas, Quilodrán es adelantado en ese aspecto: lo hacía bien tanto en el ensayo, la narrativa y la poesía, que era el arte que amaba. Además, con una abstracción del mundo social expresado de manera inclaudicable”.

 

Selección de poemas:

 

COSAS DEL INMIGRANTE

 

Estoy solo.

Se trata solamente de un dato.

Es que he cerrado mi puerta.

Afuera el tiempo se divide en infinitas vidas,

en actos, en pensamientos, en palabras,

también en otras puertas.

Se trata de que he venido de muy lejos, y estoy cansado.

Ya no soy material para la Historia.

Estoy cansado.

Conmigo no cuenten.

Oigo antiguas canciones y pienso palabras de otro idioma.

Tal vez lo mismo le esté sucediendo, ahora, a otro viejo inmigrante.

Nuestros pueblos quedaron atrás

y nuestra historia fue tan pobre que casi no nos alegra recordarla.

¡Qué afuera estábamos de lo que transcurría!

Ya entonces estábamos, ya entonces, cansados.

A pesar de los gritos y las carreras,

a pesar del amor probado en noches sin luna.

A pesar…

La mayor alegría era dormir,

instalarse en el lado mágico de la cama,

acariciar con la mejilla el frescor de la almohada.

No teníamos pensamientos, tan sólo sensaciones.

El mundo poco a poco, muy poco a poco, nos iba percibiendo.

Cuando nos dábamos cuenta de eso, nos sentíamos tristes.

Y, a veces, llorábamos.

Quizás nos interrumpieron y el mundo y nosotros no pudimos seguir hablando.

Quizás porque tuvimos que aprender el idioma de la supervivencia.

Quizás, entonces, no nos dejaron llorar lo suficiente.

Vino la partida, o mejor dicho la llegada.

El inmigrante trae tan pocas cosas…

Aprendimos los gestos necesarios, las experiencias locales.

Lo que aquí sirve para decir «tengo hambre», «quiero dormir», «te quiero».

Esto era demasiado grande y todo lo hacíamos a título provisorio.

Un día el hijo, la mujer envejecida, la casa gastada nos despertaron.

Fuimos notificados de la realidad.

Se nos obligó a borrar el dibujo de nuestras alas.

Pero seguimos siendo provisorios.

Queríamos descansar al final del día

y nuestro descanso era apenas otra rutina.

Estaban los compañeros, estaba la escuela de nuestros hijos,

estaban las huelgas, estaban las alegrías

y estaba la espera.

A veces, cuando puedo, aunque con un poco de vergüenza,

cierro mi puerta y quedo solo,

oigo antiguas canciones y pienso palabras de otro idioma.

Tal vez lo mismo le esté sucediendo, ahora, a otro viejo inmigrante.

Nos tienden las manos y las estrechamos

(para que no nos sintamos tan solos, y las estrechamos).

Se trata solamente de un dato.

Lo que ocurre es que he cerrado mi puerta

y me he quedado, provisoriamente, solo.

 

 

 

MIS VISITANTES

 

Esos hombres eran robustos y enérgicos

y me vinieron a ver a mi piecita de tercera

Andaba pidiendo precios por pasiones

pues se habían cansado de usarlas de prestado.

(O tal sería que ya se les notaba demasiado.)

Me dijeron que les hablara de mis instintos

Ellos llegaron son su grabadora a pilas y sus razones a cheques.

(Con lo que me pagaron por esa sesión pude comprar un libro de Queiroz

y actualizar mis deudas.)

Le hablé de mi certero instinto de no propietario,

de esa viva convicción que me invadía a cada comercio,

a cada auto,

así como a cada casa,

y aun ante los más humildes objetos: no son míos.

Les expliqué que esa certeza era la base metafísica

de mi relación con el mundo,

y por consiguiente de mi existencia.

(Creo que me entendieron porque borraron la cinta:

es seguro que para algo tan simple ellos no necesitarían acudir

a su ayuda-memoria.)

Entonces me preguntaron si era feliz.

(Previamente y con suma discreción uno de ellos había revisado mi armario

en busca de camisas.)

Yo les respondí que en verdad sí.

Yo les respondí que en verdad no.

No me agrada mi estado, caballeros, les dije;

estoy un tanto cansado de no tener nada.

Como aparentaran no comprender

(yo me di cuenta de que sólo para inducirme a continuar),

proseguí: no deseo los bienes del prójimo,

y por eso quisiera no desear los bienes del prójimo.

Y les aclaré que de todos los bienes de la tierra,

sólo deseaba todos los bienes de la tierra.

Quisiera, les insistí, perder alguna vez esta molesta relación de no-propietario

(y les confesé que a veces me daba un poquito de envidia)

y por eso sueño con sentirme alguna vez a gusto

con mi instinto de no-propietario.

Ellos comprendieron con suma amabilidad

y en seguida me preguntaron si sentía odios.

Les dije que sí, que muchas veces,

pero cuando eso me sucedía me calmaba, simplemente, odiando.

Estuvieron muy gentiles y uno de ellos me dijo al irse algunas frases amables

 

Y que me parecieron conocidas: algo así como «vanidad de vanidades»…

Perdone usted, señor, le dije, pero sucede que yo soy

un gran admirador de la realidad.

El más alto de los dos cerró la puerta con suavidad

y me dio a estrecharle su blanca mano.

Mi vecino me informó que se sospecha que a van a montar una candidatura.

 

 

ELEGÍA A UN VENDEDOR CIEGO

 

Morir en Chile, en este 86 que no quiere quedarse, demorarse como si fuera un siglo

en vez de un año,

morirse y no “arribita a la izquierda”, en el cuerpo C del Mercurio,

sino anónimo, o casi, viene siendo, a pesar de todo,

una de las cosas más baratas del mundo.

Tan barata, que el poeta no entiende cómo a los de Chicago

no se les ha ocurrido aprovecharle las “ventajas comparativas”:

vaya a morir a Chile,

vaya a morir por pocos dólares

a Chile.

Muere arrancando de ellos, frente a la Biblioteca Nacional,

el muchachito que clandestinamente desparrama sobre la fría acera

los clásicos de siempre: le trae el Dante, le trae,

la Divina Comedia y Thomas Mann, le trae,

y Neruda con las Alturas de Macchu Picchu todo por cien pesos,

le trae.

Y el Angel Azul y los poemas para niños de la Divina Gabriela,

le trae.

Pero llegaron ellos,

le llegaron,

y tuvo que arrancarse, con sus clásicos de ahora y de siempre,

sus best sellers,

de prisa reunidos, revueltos, irreverentemente lomos arriba, abajo, de costado,

y meterse por entre los vehículos de esa hora,

hora de siesta aldeana, mediodía de azul y nubes de sospechosa blandura almidonada,

por entre los vehículos como si él fuera también un taxi, o una Plaza Egaña,

o simplemente algún polucionante camioncito de  mudanzas.

Pero nada de eso era: sólo un muchacho que le tenía los clásicos,

a cien pesos Tolstoy la Guerra y la Paz,

los Poseídos y de Bécquer las rimas inmortales,

y por eso no tuvo más remedio que morirse cuando fue embestido,

con toda su preciosa, selecta, culta y de oferta, increíble oferta, mercancía,

y allí se quedó, tirado, con sus ojos obsesivamente estableciendo geometrías

entre estrellas que ni siquiera se habían presentado en el cielo,

porque era mediodía,

tan sólo el mediodía,

igual que el vendedor de Súper Ocho, que también se quedó entre dos micros,

p´al regalón trayéndole, a diez pesos trayéndole

el rico Súper Ocho,

o como el cieguito que se cansó de que no lo dejaran vender lo que les traía,

ellos no lo dejaron,

y se botó en huelga de hambre

y el curita les dijo, les suplicó, que cuidaran la vida que Dios, así les dijo, les había dado

pero era justamente por eso que peleaban ya treinta días sin más que alguna agüita.

Porque, ¿de qué otra forma iban a cuidar esa preciosa vida, que Dios les había dado, si no era trabajando en lo que podían?

Trayéndoles pañuelos de papel, trayéndoles; y ballenitas para el cuello y galletitas finas, trayéndoles…

Y como nadie decía nada, o eran tan pocos que apenas si se oía,

él se cansó,

de todo se cansó,

de que ellos los apalearan se cansó,

de las promesas,

de las súplicas,

¡puchas que es triste ser ciego entre los ciegos!,

y una noche interrumpió su largo ayuno

para ir a suspenderse entre la tierra y el cielo,

como un pájaro extraviado entre serpientes y al que algún día,

¡milagro, milagroso milagro!,

los ángeles, los niños, las hadas de los cuentos, quienquiera que fuera pero de cierto, de verdad pura,

le traen alas,

para que vuele lejos y alto le traen alas,

para que se reúna con el muchacho de los libros y el chico de los Súper Ocho,

le traen alas,

en algún lugar del mundo,

le traen alas,

en algún lugar que no sea esta copia infeliz del Edén,

le traen alas,

lejos de ellos, que los persiguen y apalean,

le traen alas,

lejos de lunes o miércoles o sábados gigantes,

le traen alas,

y de fulanos delegados y damas a colores,

le traen alas.

Les traen alas para que vuelen y libres,

y no tengan que pasar hambre ante notario para poder comer,

les traen alas,

ahora y no en la muerte,

les traen alas.

 

 

 

AVERIGUACIÓN DEL TIEMPO Y OTROS POEMAS. (Fragmento)

 

1

No allí mis manos oxidadas por los apenas años ni las tuyas de tibio barro y vuelo construidas.

Nombres llovidos en mis patios, guardan las hojas que desangró el otoño.

Abraza cada gota la dolida memoria y nadie sabe de dónde ese silencio

Dulce como el crepúsculo que asombraba su infancia.

Cual una boca amarga lo distante se abre a sabiendas que el paisaje

Que llora en nuestros ojos

Se hundió bajo las telas sucesivas del tiempo.

Como cuando el cansancio nos abandona a las ráfagas azules del sueño.

Porque nada es dado al nacer

Todo lo ignora el reciente huésped del tiempo.

Para saberlo busqué tanto la ventana absoluta.

Lo sorprendí en espejos asomado pero un rencor antiguo

Dispersó sus cenizas sobre el esbelto cuerpo.

A la sombra del árbol sus goteras en el hueco recojo de mis manos.

Cuando se colma el vaso siembro de ellas la tierra: son su único camino.

Aunque es tan sólo el tiempo preguntando del tiempo

A tu liviano roce contra el mundo.

 

 

2

Con el alba aún dormida en tus brazos recorriste las protegidas puertas del tiempo.

No te había olvidado: verde esparció sobre los árboles y cantos despertó en las gargantas del día.

Pero con ellos ¡ay! trajo la muerte que sólo se detuvo ante la evidencia de tus mejillas.

Acostado a la sombra del olvido espero que tus manos me lleguen pastoreando molinos de niebla

Para trepar hasta la fuente de tu silencio y derramarme en mí ceniza a ceniza.

A lo lejos las olas asediaban las ventanas del alba.

Allí se reflejaban tus ensayos de vida por las ásperas sendas.

Te buscaba el otoño para cumplir su oficio pero en ti fracasara su pincel funerario.

Ya estremecido se te aleja, de furia violentando las hojas que quisieran demorarse en tus labios.

Porque tu forma encontrada no fue más que un reflejo en mis baldíos extraviado.

Por allí vagan coronas abdicadas por la intemperie, latones nostálgicos, cruces desertadas de

/cualquiera fe

Testimonios menudos de lo que alguna vez fueron humanidades cabalgando llanuras de abundancia.

Como si tuya la ausencia hubiera un tiempo sin belleza

Un caserón de mudas humedades donde sillas y meses y sonatas y primos

Con otros muertos prematuros amontonados en el olvido

Servilmente veneran las intimidades de la muerte.

 

 

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