México. José Manuel Recillas. “EL SILENCIO EN TORNO A LA TRÁGICA MUERTE DEL POETA ATTILA JÓZSEF”

columna recillas POETA ATTILA JÓZSEF

La imagen trágica de Attila József suicidándose al paso de un tren el 3 de diciembre de 1937, corresponde al perfil de un autor al que se le considera de culto en ciertos círculos sumamente estrechos. De culto significa reverenciar a un autor por encima de cualquier consideración razonable debido a una falta de información. De József no existen prácticamente datos en castellano que nos aclaren, justamente, el motivo de su suicidio a orillas del Balaton. Es el caso de un solo acto final que parece explicar toda una existencia y que, en cierto sentido, tranquiliza y da sentido a una imagen que responde más a un morbo literario que a la realidad. Confieso mi culpabilidad de haber pertenecido a esa pequeña cofradía que veneraba al poeta y cuya única fuente de información era esa vieja edición de material de lectura de la unam que reproducía una antología más amplia, y cuyo paradero en mi biblioteca es hoy incierto. Hablar de su suicidio significaba una especie de contraseña.

Sin embargo, los escasos comentarios de que disponemos en castellano son de una parquedad tal, que deberían despertar alguna sospecha: algo falta. Esto ocurre con el prólogo de Miklós Szabolcsí a la única edición castellana de poesía suya, pero también en las escasas antologías más recientes, las de John Bátki y la de Peter Hargitai, en inglés, y la de Marinka Dallos y Gianni Toti, en italiano. En las de Bátki y la de Dallos-Toti la mención al suicidio es nula. Toti y Dallos señalan que «las crisis personales, los amores infelices, la enfermedad nerviosa que lo llevaron a destruir su tormentosa existencia bajo las ruedas de un tren comercial en 1937, son sólo episodios privados, que no inciden sobre su conciencia ideológica y sobre sus convicciones estéticas». Por lo demás, casi todos los juicios que estos autores emiten sobre József no sólo pecan de este tipo de interpretación sino que en el fondo son el resultado de la misma conciencia ideológica, lo que los lleva a emitir lamentables juicios sumarios, como cuando de un plumazo descalifican los juicios críticos de Mario Luzi, Jean Rousselot y Orio Gregori pero justifican la reivindicación post mortem que el Partido Socialista Unitario [sic] Húngaro hizo de él, cuando en vida fue criticado «por su poesía pesimista y por no ser [sus versos] suficientemente “de agitación”», pero, afortunadamente, «logró contener el desencuentro con el sectario grupo de los intelectuales de izquierda y con el partido, dentro de los límites de una dialéctica interna en la gran familia proletaria». Por lo demás, este tipo de reivindicación postrera es una típica acusación de los socialistas hacia la burguesía, que no considera ni valora adecuadamente a los artistas sino hasta que desaparecen, y ya no constituyen un peligro. Hasta donde sé, el único comentario crítico disponible en castellano es el de Michael Hamburger, igualmente parco al resumir desde una perspectiva sumamente simplista la poesía de József.

Sin duda, es importante asomarse a su poesía, desde la poesía misma, pero en este caso también lo es observar el énfasis puesto por los diversos y escasos comentaristas en el sentido de valorar su creación lírica con su relación política y su carácter eminentemente ideológico, lo que nos lleva a no perder de vista la relación de los hechos externos con respecto a la creación lírica. Más aún, el periodo final de su poesía ha merecido generalizaciones tales que desconciertan: «A partir de 1936 […] alcanza su cima más alta y el poeta se convierte en portavoz de toda la nación oprimida, de toda la humanidad amenazada y contagiada por el fascismo.» Infortunadamente, ni la antología de Fayad Jamís ni la de Toti establecen una diferencia con respecto a las diversas etapas en la producción lírica de József por lo demás, algo que está presente en toda manifestación artística. Sí lo hace, en cambio, la de Bátki, aunque se remite más bien a los años de composición que a los periodos estilísticos.

Es un hecho que el calificativo de poeta proletario, revolucionario, con que se le suele identificar es justo, y probablemente sea tal apelativo el que ha operado en su contra para su difusión y apreciación entre nosotros, donde los aspectos éticos y estéticos se suelen separar y diferenciar con particular énfasis. Pero es necesario reconocer que también influyen tanto el hecho lingüístico puro no hay en México traductores del húngaro cuanto las convenciones académicas si hace años se hizo una antología o una traducción, inconseguibles por lo demás, ¿para qué hacer otra?, entre otros aspectos. Pero esto no es algo exclusivo de József, sino incluso de toda la literatura magiar. No existen referencias para nombres como Janus Pannonius, Miklós Radnóti, Miháli Babits, Sándor Sík, József Erdélyi, Pál Gulyás, entre un largo elenco de figuras de primer nivel de las que nadie habla en México.

Pero, ¿está justificado ese extraño silencio en torno a su suicidio y su relación con su neurosis? La ausencia de información llevaría a pensar que sí. Por fortuna, la documentación al respecto esclarece tanto los últimos días de József cuanto la evolución final de su poesía. Gracias al volumen Flóra, amore mio. Poesie e lettere d’amore di Attila József a Flóra Kozmutza, que reproduce sus últimos veintitrés poemas y cuarenta y cinco cartas, que van del 18 de abril al 3 de diciembre de 1937, podemos tener una perspectiva más clara, más justa, y menos imaginativa, romantizada, de sus días postreros.

Las cartas y los poemas de amor que recopila el libro son un fascinante documento que aclara la imagen que tenemos del poeta y su poesía, así como de sus días postreros y su suicidio. Sin perder fuerza, la furia de la poesía precedente se transforma, surgiendo una potencia nueva, que lleva a su expresión lírica por senderos de una extraordinaria madurez y complejidad, entremezclando el tono lírico precedente de protesta y conciencia ideológica, con una depuradísima forma de expresión simbólica sin precedentes en József, pero también en la poesía lírica moderna, lo que justifica el enorme aprecio que se tiene por la poesía de su último periodo vital.

József conoció a Flora Kozmutza merced Kálmán Sándor -escritor y editor- el 20 de febrero de 1937. Flora nació en 1910 y falleció en 1995; en 1939 se casó con el poeta Gyula Illyés (1902-1983), con cuyo apellido, Gyuláné, firmaría sus libros y publicaciones; adquirió renombre en Hungría por sus trabajos de pedagogía rehabilitativa, a través de libros como Psicología de la pedagogía rehabilitativa (1968, 1987) e Introducción a la pedagogía rehabilitativa (1981); publicó József Attila utolsó hónapjairól (Los últimos meses de Attila József, Szépirodalmi könyvkiadó, Budapest, 1987). Cuando se conocieron, ella trabajaba como auxiliar y colaboradora del doctor Lipót Szondi, cuando éste era director del laboratorio de terapia y pedagogía en la Facultad de Magisterio de Pedagogía Rehabilitativa de Budapest. El descubrimiento de ella significaría una absoluta transformación en su poesía y en su percepción del mundo. Ciertamente, el amor transfigura al poeta, quien parece abandonar el pesimismo que no sólo su poesía sino su célebre Curriculum vitae, de 1937, reflejaban de manera persistente. En éste, de acuerdo con Nicoletta Ferroni, atribuye su infelicidad a su triste infancia y a la ausencia de afecto familiar la madre, Borcza Pőcze, muere a causa del cáncer en 1919 y el padre, Aron, abandonó a la familia, como refiere en un doloroso poema de 1928 dedicado a ellos.

Este documento, el Curriculum vitae, resulta sumamente significativo, pues de él se pueden sacar conclusiones que ayudan al lector a entender la transformación que sufre el poeta. En el origen humilde es posible hallar la causa tanto de su débil salud de acuerdo con su propio testimonio, durante su estancia en Viena para estudiar en la universidad, él vivía en la más completa miseria, vendiendo periódicos y realizando trabajos de limpieza para sobrevivir; muy pronto recibió la ayuda del mismo director, quien lo auxilió, de los problemas emocionales que sufriría, cuanto de los deseos suicidas que lo embargarán en diversos momentos y que lo llevarían finalmente a tomar sesiones de análisis con especialistas. De hecho, en la sexta carta menciona una sesión de análisis con la doctora Emy Gyömrői (1896-1987) a propósito de su amor hacia su madre. József había comenzado sesiones de análisis activo con el doctor Samu Rapaport (1888-1979) hacia 1931, si bien se conocían desde 1923 y en realidad la relación nunca fue de paciente-analista, sino de amigos, pero continuó con Gyömrői en los albores de 1935 hasta el verano de 1936. Ella lo declaró en pocas sesiones como un enfermo mental incurable, tal como lo había hecho su predecesor, sin por ello abandonarlo a su suerte.

Es probable que los juveniles trastornos de que habla, a los que atribuye los intentos de suicidio, se refieran a las típicas crueldades y abusos de la pubertad y que en no pocas ocasiones determinan el carácter de los adultos.

En la carta del 13 de julio, le confiesa a Flora de su primer intento de suicidio: «Durante la época en que permanecí en casa de la familia de Ödön Galamb, mi maestro, me besó luego de ingerir 50 aspirinas», un rico abogado, casado con la hermana mayor de Attila, Jolan (1899-1950), quien en 1940 publicó una biografía de su hermano. Galamb (1882-1944) era profesor en el liceo de Makó, de donde vendría su apellido Makai, y al percatarse del talento de Attila, lo envió al liceo. Este periodo de apoyo e inserción social, posterior a la muerte de su madre, duraría poco tiempo. Como sea, habría dos intentos suicidas más: el primero, en 1914, cuando ingirió una sustancia que pensaba era tóxica, y un tercero, en 1923, cuando se arrojó a un tren que pasaba sobre Makó. En ninguno de los casos Nicoletta Ferroni informa sobre las razones que lo llevaron a tales decisiones, si bien sobre el tercero envía al lector al estudio introductorio de la antología italiana de los ensayos de József, La coscienza del poeta, editado en 1988 en Roma, agotado casi de inmediato y que merecería una reimpresión, en el cual, al parecer en las páginas xxxi-xxxii, hay una referencia más precisa.

Aunque en el Currículum no lo menciona, József guardaba sentimientos encontrados hacia su madre. En la carta del 13 de junio, confiesa sus sentimientos al respecto, gracias a sus sesiones de análisis que llevaba tiempo tomando. Por esos días la salud de ambos no era muy buena, si bien la de József siempre había sido débil a causa de su origen humilde. Ella padecía de una hipertrofia del corazón. Durante el último año de su vida, las visitas a diversos médicos se hicieron más frecuentes. No sólo las sesiones de análisis psicológico, sino estancias en hospitales a causa de viejos padecimientos que se recrudecían. Sin embargo, a causa de la pobreza endémica que el propio József reconocería en una carta del 31 de julio, le era casi imposible mantener cualquier terapia de rehabilitación o pagar los costes de atención médica. A ello habría que agregar un enamoramiento casi instantáneo por las mujeres que conocía, seguramente el fruto de la temprana pérdida de la madre, lo que lo llevó a interrumpir, hacia fines de 1936, las sesiones con la doctora Emy Gyömrői, de quien se enamoró rápidamente, retomándolas con el doctor Robert Bak (1908-1974), neurólogo y psicoanalista que en enero de 1937 publicaría en la revista Szép Szó (Hermosa palabra) un artículo sobre la enfermedad que padecía József, József Attila betegsége. De acuerdo con el comentario de la Ferroni,

Bak analiza la situación social y política de la época en que vivió el poeta y las diversas influencias que ella ejercitó sobre su enfermedad. Entre otras, esclarece cuáles pudieron haber sido las causas por las cuales el poeta rompió con el Partido [comunista], y se detiene sobre la constante sensación de Attila de que su actividad en el Partido clandestino nunca hubiera sido adecuadamente valorada.

En el mismo artículo publicado en Szép Szó, Bak afirmó que si bien Attila József se habría enfermado definitivamente cuando comenzó la terapia con la Gyömrői, no se agravó a causa del amor no correspondido por esta mujer, ni por la insoportable situación social. Por el contrario -sostiene Bak-, ya desde su infancia los problemas personales de József habían surgido por la incapacidad de adaptarse a la época en que vivió y por la falta de medios económicos (cfr. József Attila betegsége, La enfermedad de Attila József, Ibíd. [Szép Szó], pp. 106-107). Además, según Bak, tal y como había sucedido con Edit, también en su relación con Flora, Attila se sentía inferior, débil, feo, no suficientemente adulto. Por tanto, el suyo era un complejo que había probado con más de una mujer (cfr. József Attila betegsége, Ibíd., pp. 109-110).

En la carta del 8 de agosto József le dice a Flora: «El doctor Bak (con una k) dijo que mejoro “relativamente”. Yo respondí que o sano del todo o muero. Esa es la verdad»; en cartas anteriores le había indicado que sin ella no podría vivir, que la vida no tendría sentido sin ella. Pero en esta carta el sentido es muy distinto. ¿Es un indicio de su siguiente intento suicida?

Desafortunadamente, no hay forma de saberlo con un asomo más o menos científico. Cuando Kálmán Sándor presentó a József con Flora, la intención inicial era que ella le aplicase la prueba de Rorscharch, consistente en una serie de diez gráficas de tinta simétrica, presentada en un orden específico, que el paciente debe interpretar libremente. Flora interrumpió el examen al llegar a la quinta gráfica, y jamás lo continuaron. De acuerdo con Ferenc Mérei, «la sexta gráfica tiene que ver con la esfera de la vida sexual del individuo, en tanto a través de la quinta es posible analizar la tendencia al suicidio de un individuo». De modo que no es posible sacar una conclusión definitiva con respecto a una posible latencia de deseos suicidas en József. Empero, tampoco hay razones para suponer, como lo hacen Marinka Dallos y Gianni Toti, que todos los demonios que persiguieron a József no tienen relación alguna con su obra y su suicidio, porque es evidente que su obra es el resultado directo de las condiciones de vida y época que le tocaron vivir.

Al inicio de su descubrimiento, Flora es el símbolo de la salvación para el poeta, y el entusiasmo no sólo de sus cartas, sino las poderosas imágenes y símbolos que pueblan su poesía durante este periodo inicial sorprenden por su originalidad, complejidad y plasticidad, pero las negativas van minando su entusiasmo y actitud; esto sólo es parte de un entorno que lo va cercando y le impide salir del restringido espacio al que la pobreza lo ha ido confinando. Las mujeres de las que se enamora no lo entienden, no se interesan por él, y muy probablemente él resiente la ausencia de una figura femenina que lo soporte y brinde una referencia emocional; es rechazado de los trabajos, marginado de toda actividad económicamente remunerativa; el propio partido comunista húngaro censura su pesimismo y lo aísla; Gyula Illyés, y no él, es enviado a Moscú en 1935 con motivo del congreso de escritores soviéticos, y además comienza a suponer que éste se interesa por Flora, aun cuando ella afirma que en ese entonces Illyés aún estaba casado con su primera mujer; todo esto lo va debilitando, y de acuerdo con el testimonio de Flora, haberlo aceptado no habría cambiado la situación anímica y de salud de József. Pero la poesía que escribe en este último año es extraordinaria, de una extraña intensidad y absolutamente fascinante. Sin embargo, no fue suficiente para salvarlo. Y él lo sabía. No es casual que dos de los poemas más relevantes de este año tengan títulos muy semejantes: «Por fin entiendo a mi padre», y «Al fin he encontrado mi patria». En ambos poemas la sensación de derrota es abrumadora.

La poesía no fue suficiente para salvarlo, pese a todo lo que luchó y escribió. No hubo redención a través del amor, pese a las imágenes redentoras de poemas impresionantes como Sas, Águila, pero a través del amor halló su poesía un destino muy superior al que el proletariado y el Partido podrían haberle dado. Finalmente pudo hallar su sitio en el mundo, no obstante haber dado testimonio no sólo de su desesperación, sino de la tierra que ruge y necesitaba una voz, la suya.

Empero tampoco hay razones para idealizar el suicidio de József, como de hecho ocurre entre ciertos círculos marginales en nuestro país, en los que la sola referencia al suicidio de cualquier escritor (Trakl, Celan, József) es casi la contraseña para ingresar a un mundo de cultos sin dioses, y de dioses sin culto.

Por eso es digno de alabanza que Maxine Kumin nos advierta sobre esta lamentable práctica, no exclusiva de nuestras esferas. Permítasenos citar in extenso sus lúcidas palabras, que hacemos nuestras.

Aquí en Occidente, y quizá no solo en Occidente, tenemos la desafortunada tendencia de alabar a nuestros poetas suicidas, como si el hecho de quitarse la vida le confiriese a la obra una gracia especial. Silvia Plath, como József, tenia 32 años de edad; Hart Crane, 33; Anne Sexton tenía 45. Berryman estaba en sus cincuentas cuando saltó desde un puente; Paul Celan, quien sobrevivió a un campo de trabajos forzados solo para hundirse en el Sena, 50. Sin embargo, en cada caso, atormentados por sus demonios, fue la poesía la que los mantuvo vivos. No hay que olvidar que Plath realizó varios intentos por matarse en su adolescencia; Sexton, después de una inicial depresión post-parto, había tomado varias sobredosis. Berryman fue incapaz de supercar su alcoholismo, Crane, sus frecuentes brotes de depresión. Celan nunca se recuperó de los horrores sufridos bajo el regimen nazi. El público disfruta una suerte de lascivo interés en estas muertes prematuras, quizás tomándolas como evidencia de que los poetas son moralmente apocados, débiles criaturas a diferencia de ellos mismos, incapaces de soportar las presiones de la vida diaria. Sí, seríamos más pródigos si Plath, József y sus compañeros suicidas no hubiesen sucumbido a sus respectivas desesperaciones. Los poemas que habrían escrito nos acosan todavía, pero celebremos lo que, contra toda probabilidad, lograron.

Las lúcidas palabras de Kumin no sólo nos ofrecen una visión más razonable, menos románticamente idealizada del poeta, sino que incluso nos ofrecen la posibilidad de evitar las lecturas ideológicamente sesgadas que nos proponen Toti y Dallos aunque ellos argumentarían, como de hecho lo hacen al referirse a los ya mencionados comentarios de Mario Praz sobre la poesía de József y concentrarnos en lo más importante: no la interpretación ideologizada y convenenciera de la obra del poeta, sino en la poesía, sin más. Y eso es lo que, a final de cuentas, celebra toda poesía: a sí misma como supremo monumento lírico de un momento histórico.

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José Manuel Recillas (Ciudad de México, 1964) es poeta, traductor, editor, investigador literario y melómano. Ha publicado los poemario La ventana y el balcón (1992), El sueño del alquimista (1998, segunda edición 2015, en prensa) y Mahler (2015). En 2010 apareció su edición bilingüe Un peregrinar sin nombre, escritos fundamentales de Gottfried Benn, por la que en 2013 le fue otorgada la Cátedra Sergio Pitol del Centro de Estudios Superiores de Los Lagos, dependiente de la Universidad de Guadalajara. Desde 2012 edita las obras del poeta mexicano Juan Bautista Villaseca.

 

Poeta y director Periódico Literario Carajo.

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