Chile. Erika Alfaro. “Porno feminista, EL SEXO EN DISPUTA”

Erika Alfaro porno feminista

“Desde que la Iglesia se convirtió en la religión estatal en el siglo IV, el clero reconoció el poder que el deseo sexual confería a las mujeres sobre los hombres y trató persistentemente de exorcizarlo… (Haciendo) de la sexualidad un objeto de vergüenza…”
Silvia Federici

Hablar sobre la menstruación, la masturbación y el ejercicio de las experiencias sexuales es algo de lo que poco o nada se dice en una sobremesa, ¡es de mal gusto! .  Desde la infancia somos adoctrinadas en ideas judeocristianas como el pudor, el recato, la culpa, el temor y la vergüenza.  Si bien en los niños la iniciación sexual comprende un código implícito que supone la necesidad de experiencias con el propio cuerpo o con el de otra, donde se vive un proceso cargado de estereotipos y burlas;  en las niñas tocarse simplemente no está permitido, recién cuando aparece el ciclo menstrual en nuestras vidas, pasamos de golpe a ser vistas como mujeres.

Con todo, la experiencia de la sexualidad en la vida privada es algo que aprendemos en la vida pública.  Los spots publicitarios nos muestran a diario como nos debemos comportar, vestir, lucir y oler para ser considerada una mujer o un hombre deseable.  Las telenovelas y las películas nos hablan del romanticismo que debe bordear el placer sexual.  Los periódicos  publican en rojo el amor pasional, ese amor posesivo que de tanto amar, ¡es capaz de matar por amor! (frase cliché que pareciera querer justificar al femicida).   Así, la experiencia de nuestra sexualidad, el cómo la vivimos y la concebimos, es una experiencia históricamente situada, en tanto se relaciona con aquello que como sociedad aceptamos, rechazamos, prohibimos o fomentamos.

En la Edad Media la sexualidad de las personas fue separada del orden de lo mundano; mediante la consagración del “sagrado matrimonio” se convirtieron sagradas las prácticas sexuales.  Consagrar es el término utilizado para designar la salida de las cosas del derecho humano, por tanto  las prácticas sexuales de la época solo podían darse con la autorización de la Iglesia, estando previamente casados  y con un objetivo de reproducción según Federici.

Profanar en tanto es restituir aquello consagrado o religioso,  al libre uso y a la propiedad de lo humano. Pues aquello que ha sido ritualmente separado puede ser restituido a la esfera profana, mediante un rito completamente incongruente con lo sagrado, como es el juego.  Para Agamben el juego libera, aparta a la humanidad de lo sagrado sin acabar completamente con ello, otorgándole un nuevo uso alejado del consumo utilitario.

En este contexto, la pornografía se presenta como una transgresión a lo sagrado, imágenes de esbeltos cuerpos desnudos, acariciándose, golpeándose, gimiendo y fornicando, sacan del plano de lo privado la escondida y pulcra sexualidad,  para exponerla al ojo de quien guste mirar en la seguridad de una habitación. Sin embargo la pornografía clásica no ha devuelto la sexualidad al plano de cotidiano, de lo profano.  Creada por hombres para el consumo capitalista de hombres occidentales y heterosexuales, la pornografía  expone de manera mucho más detallada la subordinación de las mujeres a los hombres en el plano de la sexualidad, favoreciendo la mantención de un sistema patriarcal que cosifica los cuerpos femeninos.

Las imágenes que predominan en el porno son de cuerpos de mujeres dispuestas a dar placer a cuerpos de hombres que se placen de ellas, ello supone la elaboración simbólica del cuerpo de las mujeres como fetiche de la sexualidad masculina, teniendo como resultado la objetivación de las mujeres en tanto objetos de deseo, no solo de la experiencia sexual de los hombres sino de todo lo que representa la hombría y el poder que los hombres deben ostentar en nuestra cultura.

El Capitalismo al igual que la religión tiene la tendencia a la separación, todo lo que es actuado, producido y vivido es dividido de sí mismo y desplazado a la esfera del consumo, según Benjamín “Aún en el acto mismo de su ejercicio (el consumo), es siempre ya pasado o futuro y, como tal, no se puede decir que exista en la naturaleza, sino sólo en la memoria o en la expectativa. Por lo tanto no se lo puede tener si no en el instante de su desaparición”.

En tal sentido, qué es lo que consumimos cuando vemos pornografía, más allá de la visión de cuerpos desnudos, principalmente de cuerpos de mujeres desnudas puestos allí para su exhibición, cuerpos que lejos de experimentar su propia sexualidad observan la cámara al tiempo que exageran gritos y movimientos, generando así el espectáculo capitalista puesto a exhibición.

Desde el mundo feminista existen distintas miradas respecto a la pornografía, desde las más conservadoras  hasta las más liberales. Feministas radicales (como Collins) consideran que cualquier práctica sexual que se dé en una sociedad dominada por hombres, predomina la posición dominante-subordinado, por tanto considera que la pornografía no es más que una propaganda de la misógina sexual, que reduce a las mujeres a meros objetos sexuales

Por su parte feministas liberales, si bien comparten que la pornografía es ofensiva para las mujeres, consideran que ésta permite ampliar la mirada respecto de las posibles realidades en torno a la sexualidad de las mujeres.  Una sexualidad no vinculada a la reproducción, a lo doméstico y la sola búsqueda de placer, son algunas de las ideas socializadas en el porno que las liberales comparten. Consideran que la liberación sexual es parte fundamental de la liberación de las mujeres. Para ellas, estar en contra de la pornografía implicaría avalar estereotipos sobre lo apropiado o no apropiado en la sexualidad de las mujeres, afectando directamente la libertad de elección (Collins). En tal sentido, las liberales abogan por el derecho al libre consumo, valor fundamental de una sociedad capitalista.

En ambos casos, pareciera que se concibe una sexualidad propia, una suerte de naturaleza que podría fluir si se dieran las óptimas condiciones, sin embargo hemos dicho que el deseo, el placer, el erotismo, y todo lo que comprenden las experiencias sexuales son creadas desde los discursos y las prácticas producidas en determinados contextos sociales, culturales, económicos y políticos, las prácticas sexuales están situadas en el momento histórico que habitamos.

En este contexto el porno clásico, que presenta mujeres maniquíes que exagerando el placer logran separarlo de la realidad, quitando toda expresividad de su rostro, destruyendo la relación entre vivencia y experiencia de las mujeres, neutralizando todo potencial realmente profanatorio, ¿Será posible entonces profanar efectivamente la sexualidad desde una mirada porno feminista?.

En la década pasada, mujeres que se declaran feministas han mostrado su descontento con el cine porno, comenzando a generar un material alternativo, la propuesta en primera instancia ha sido crear pornografía para mujeres. Con una mirada erótica, donde el centro es más que la búsqueda de la eyaculación masculina: primeros planos y acercamientos para ambos cuerpos,  mujeres  que parecieran buscar su propio placer, prácticas sexuales lésbicas y homosexuales, entre otras, son algunas de las escenas posibles de encontrar.

Directoras como Érika Lust declaran que las actrices pueden participan en la creación de un guión, definir en conjunto las escenas a realizar, poner límites cuando algo no les acomoda sin que ello signifique que no serán vueltas a llamar;  plantea así que existe una forma distinta de hacer cine porno, desde la ocupación por la salud sexual de los y las actrices, hasta la definición de una trama que busca jugar con el erotismo desde una mirada menos machista y más relacionada con prácticas cotidianas.

Como plantea  Agamben  la profanación de lo sagrado contempla restituir lo sagrado a un plano del consumo no utilitario, en este contexto podríamos considerar que la creación del porno feminista no busca alimentar la subordinación de las mujeres a la superioridad masculina, sino abrir las experiencias de la sexualidad de las mujeres a partir de la socialización de prácticas alternativas, de juegos sexuales no convencionales. En estos términos la realización del porno feminista podría ser  entendida como un espacio de conquista, que busca profanar espacios de poder económico que siempre han estado en manos de los hombres para mantener la posición de poder que han tenido por siglos con la venia del Estado y de la Iglesia, abriendo nuevas fronteras al imaginario de miles de mujeres que no cuentan con más experiencias  que las de mujeres subordinadas al igual que  sus madres.

Si pensamos que la búsqueda de nuevas generaciones de mujeres, que han tomado la iniciativa de presentarnos una sexualidad más cercana, que no nos provoque vergüenza, sino que habrá un portal distinto para explorar la propia sexualidad a partir de lo que observamos, ¿no será posible al tiempo que le quitamos poder a la moralidad sobre nuestros cuerpos,  cuestionar el fetiche de los cuerpos de mujeres presentado históricamente en la pornografía clásica y en la publicidad sexista?.

Con todo, la pornografía se presenta como uno de los pocos materiales que gráficamente nos socializan en el arte de la sexualidad, y si bien considero que debemos seguir siendo críticas con lo que observamos, debemos reconocer el carácter modelador que presenta el cine. Si es posible crear material pornográfico que perpetúe la desigualdad de género, también es posible  crear material que transgreda dichas pautas y entregue miradas alternativas a los estereotipos machistas que nos oprimen.

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Erika Alfaro (Santiago de Chile, 1976). Es Feminista y Magíster en Psicología Social. Ha trabajado con mujeres en situación de violencia en la relación de pareja. Ha investigado sobre las representaciones sociales de la violencia contra la mujer en trabajadores y trabajadoras del área de la salud en Chile.

Poeta y director Periódico Literario Carajo.

1 Comment

  • Responder Diciembre 5, 2015

    Rodolfo Dondero Rodo

    La pornografía como material de consumo reservado para los varones, hoy es un capítulo que pertenece al pasado, la mujer se ha posicionado como protagonista generadora y consumidora del placer sexual, en todas las variantes que la imaginación le pueda proveer. La imagen de ser sometido a la voluntad del macho es definitivamente arcaica, existe la hembra dominante que exige ser complacida en todas sus exigencias, y compite con el macho en métodos artilugios y recursos para tener que aceptar que hay un balanceo donde como en la misma práctica sexual, algunas veces la hembra está arriba y otras abajo…

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