ENTREVISTA A MARCELO RIOSECO, “Hay que volver a pensar lo político en la literatura latinoamericana”

 

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Entrevista a Marcelo Rioseco, autor de American Visa

 

“Hay que volver a pensar lo político

en la literatura latinoamericana”

 

Por Octavio Gallardo

 

Para un poeta, ¿hacer narrativa significa tomar una decisión, bajarse de un caballo, correr otros riesgos o se da naturalmente como si se escribiera otro poema? 

 

Cuando escribí American Visa no tomé ninguna decisión de ese tipo, no al menos una decisión consciente de estar problematizando lo que estaba escribiendo en ese momento. Además yo nunca me he sentido poeta en el sentido estricto de la palabra. O sea, nunca me vi como alguien que se “bajaba del caballo”. Poeta es algo que te dicen los amigos, es algo que te ocurre, pero que tú no estableces. Por otro lado, he sido siempre un lector de narrativa tanto como de poesía, entonces no sentí que hubiese una transición, un cambio y menos aún, un cambio radical. Recuerdo que esa pregunta se la hice hace más de veinte años a Arturo Fontaine, quien fue, creo, el primer escritor durante los 90 que tenía esa bipolaridad. A él le asombró la pregunta porque quizás esas fronteras entre géneros son más bien imaginarias. Y se entiende, son útiles para clasificar, pero pueden ser formas muy engañosas de entender la literatura. Después hemos ido viendo a tantos otros escritores como, por ejemplo, Santiago Elordi que con La Caravana ya había probado en Chile esta fórmula primero que nadie, después vino Alejandro Zambra y Leonardo Sanhueza ahora último. Habría que pensar en Bolaño en estos términos también. En todo caso, para mí la narrativa nunca ha sido un mundo extraño.

 

Sin embargo, hubo un tiempo en que a eso de cambiarse de bando entre los géneros, los escritores le llamaban traición. 

 

Sí, pero esa es una queja de poetas. Aquellos que lo hacían eran rechazados a priori porque se decía que intervenían en un género que no les pertenecía. Eran intrusos, ya fuera el poeta que escribía narrativa o el narrador que escribía poesía, esto último dicho sea de paso, es mucho menos frecuente. Es cierto lo que dices y quizás esto se deba a que el mundo de la narrativa y el de la poesía casi nunca se tocan en Chile. Tengo la impresión que los narradores chilenos más jóvenes en general no parecen estar muy interesados en la poesía, tampoco creo que sean grandes lectores de poesía como lo fueron muchos escritores de las generaciones anteriores. Lafourcade, Edwards, por ejemplo, tuvieron una relación muy cercana con los poetas. Probablemente, los narradores de mi generación sustituyeron la poesía por el cine.

 

El premio que obtuviste en Revista de Libros de El Mercurio es uno de los premios literarios más recordados y difundidos en Chile. Por lo mismo, se podríamos haber esperado un segundo libro más conectado con Ludovicos, pero publicaste un libro de cuentos: El cazador y otros relatos.

 

Sí, es cierto, ha sido un premio muy recordado. Cuando saqué mi libro de cuentos El cazador y otros relatos, se vio como un libro muy raro, inesperado, porque antes Ludovicos ya había puesto en escena un tipo de poesía que además era muy rara en una época. Escribir poesía y después cuentos fantásticos en los noventas era muy extraño, hasta intolerable, diría yo. Ahora, afortunadamente, esa hibridez ha sido aceptada, no tanto por los escritores, sino por la crítica que entiende que las fronteras de los géneros son brumosas, confusas.  Por lo demás, lo que realmente ha sucedido es que las propuestas de cada uno de mis libros han sido siempre totalmente distintas.

 

¿Cuál fue la mayor dificultad al situarte en la posición de narrador para escribir American Visa?

 

La mayor dificultad de la novela fue narrativa, contar una historia en tres partes, hacerla mover por casi todo Estados Unidos, mezclar distintos géneros: una novela que era, por un lado, una novela de carretera, una novela de campus universitario y, por otro lado, una novela que se inscribía también dentro de la narrativa de la frontera, etc. Inicialmente quería que la novela girara en torno a un narrador que fuera una voz “hablada” y no tanto un narrador de acciones, y esta voz sentía yo que tenía que ser humorística. Estoy hablando de ciertas intuiciones al momento de escribir, nada más. En esa época estaba muy agarrado con el tipo de voz que encontraba en el narrador de casi todos los libros de Fernando Vallejo donde no importa mucho si hay una historia lineal o si las cosas van avanzando en el tiempo, si los personajes son secundarios o no. Lo importante en Vallejo es que esa voz es también una mirada. Me parecía que si seguía por ese camino podía encontrar cierta poesía para mi libro.

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¿Y otras influencias en American Visa?

 

Reconozco que también estaba muy influido por tipos como George Carlin, Bill Maher, Bill Burr, Jon Stewart, George López que trabajan el stand-up comedy en Estados Unidos para hacer crítica social o política. Y estoy hablando de gente que no tiene nada que ver con la literatura, pero que son maestros de la oralidad o, más bien, del pensamiento hablado. Los referentes de American Visa, en ese sentido, no tienen ninguna relación con la narrativa chilena contemporánea. La otra cosa que me interesaba mucho es que la historia tuviera humor. Siempre me ha parecido que el humor y el sexo son temas muy pobremente desarrollados en la narrativa hispanoamericana. A veces, pienso que muchos narradores le tienen miedo al humor, quizás porque temen que no se les tome en serio. Yo creo en el humor y en un humor de la ironía, pero también en el humor del bromista, el humor del jugador, el humor que corroe los fundamentos de lo establecido.

 

Es muy interesante la experiencia del humor en la novela, pasa de ser muy particular a un humor cruel, a veces destemplado, pero simple. ¿Hiciste algún dibujo previo con respecto a eso o lo trajiste de algún lado? 

 

No, no hice un bosquejo ni nada parecido. Seguí un poco lo que decía antes, esa oralidad tomada un poco de Vallejo y el stand-up comedy americano. Sin embargo, no creo que se trate de un humor liviano porque el humor en American Visa tiene un lado muy negro, es un humor muy crítico tanto de la cultura americana como de la latinoamericana. A mí me parecía que lo interesante de esa posición humorística era practicar una desacralización del mundo americano a partir de un narrador que no era un marginal, un subalterno, alguien que estaba socialmente dañado. Cuando lees novelas de frontera, ¿qué encuentras? la clásica historia del latino o latina que va a Estados Unidos buscando el sueño americano y que nunca lo encuentra, más bien lo que encuentra es una pesadilla, como sucede por ejemplo con Paraíso Travel, la película colombiana de Simón Brand, o en la última novela de Laura Restrepo, Hot Sur. En general en todas las novelas de frontera siempre encuentras que los personajes son seres marginales, atrapados en mundos violentos, sórdidos, donde el viaje es una forma del infierno, pero donde también hay rastros de redención y esperanza.

 

¿Y tú no querías estar en eso, no?

 

No, para nada. A mí me parece que esa idea no hace más que confirmar los estereotipos que se tienen de los latinoamericanos. Es una idea horriblemente paternalista. No digo que estas historia no ocurran, ocurren todo el tiempo, pero no son las únicas historias. Es la narrativa  de la marginalidad que no discuto en términos de legitimidad, pero creo que hay otra América Latina en Estados Unidos y me parecía interesante que se escribiera sobre ella. Sin embargo creo esto que estoy diciendo no se entendió bien en Chile, porque en Chile lo que se entiende son los marginales y la marginalidad en cuanto aparecen dentro de la misma cultura. Con esto quiero decir que los marginales deben ser chilenos dentro de Chile para entender el problema. Cuando un personaje que no es marginal en Chile es considerado marginal en Estados Unidos se replantea el escenario. Esto es un tema estrictamente político. Por eso pienso que, dentro de este contexto, hay que volver a pensar lo político en la literatura latinoamericana. Hay que dejar de ser tan literales.

 

O sea, la marginalidad hay que verla en otros términos, el escenario es distinto. ¿Todo esto sucede porque se sitúa la narración en Estados Unidos?

 

En Estados Unidos, pero en una posición central. Lo que me gusta de American Visa es que plantea un personaje que por primera vez está en el centro que es Estados Unidos, un centro que no quiere verse a sí mismo. Es el centro del poder dominante, en una cultura que se tiene mucha confianza en sí misma y ve todo desde una posición completamente ficcionalizada. En ese contexto cultural yo quería describir un personaje que no llegó cruzando la frontera ni perseguido por la  migra y que observa y analiza esta cultura desde una posición que podríamos llamar privilegiada y la mira de la misma manera que el centro mira a la periferia, con escepticismo, con desconfianza, eso me parecía un elemento político tremendo que quería agregar la novela donde el humor tenía que jugar una parte importante como estrategia narrativa, pero deconstructiva también.

 

¿Cuando dices que en Chile no se entendió esa intención te refieres a lo que ocurrió con alguna parte de la crítica literaria? Por ejemplo, Patricia Espinoza fue muy dura con la novela.

 

¿La Paty? ¿Muy dura con la novela? Sí, sí, genial! Es que ella es toda una patología. A mí me dio durísimo, pero era esperable porque El Mercurio había tratado bien a American Visa. Todo el mundo me lo dijo antes de que ella escribiera. Así es que te contesto por la herida. No tengo otra. Sangro a borbotones… Básicamente la cuestión se resume en lo siguiente: muchos escritores y profesores de literatura chilena estamos convencidos de que ella realmente odia la literatura y detesta visceralmente a los escritores, especialmente si viven de Plaza Italia para arriba y todo eso que ya se sabe de ella. Yo no creo que sea resentida como todo el mundo dice, yo creo que simplemente está loca. No sé si será cierto, pero hay una frase que todo el mundo se la adjudica a ella: “Escribo para que me lea el escritor y su familia. No me importa nada más”. Yo la encuentro fantástica. En eso la Paty es única, no se puede negar. No recuerdo a alguien en la historia de la crítica chilena que quisiera con tanta determinación que los escritores dejaran de escribir. Claro que va a tener que buscar algo mejor que Las Últimas Noticias para poner su micrófono porque ese diario es fatal, es pura farándula, como sus propias reseñas. ¿No hay un sitio web donde se postean las diez peores portadas del año publicadas por LUN? Pero no deja ser divertido que la Paty aparezca en el mismo diario donde la Lully confiesa sus dietas para perder cinco kilos en cinco días. Quizás la Paty es nuestra Lully de la literatura nacional, siempre tratando de estar en portada a ver quién le ofrece un contrato. Perdón, es que me cuesta ponerme serio cuando hablo del Diablo. Volviendo al tema, más en serio, yo definiría su trabajo como la crítica de la maldad. Creo que no es una mala definición, ¿cierto? Porque lo de ella es pura agenda política. Y además se quiere hacer famosa a cómo de lugar, a costa de los escritores que tanto detesta, en esto se parece al objeto de su deseo, le gusta demasiado el escenario y los reflectores, y se le nota. Claro que ella lo disimula haciendo ostentación de que tiene el monopolio de la profundidad en Chile, todo le parece superficial, cuando escribe muerde con si tuviera rabia. En algunas reseñas se le llega a salir la quijada cuando escribe, como los boxers. Ahora que lo pienso es como un pitbull. ¿O un rottweiler? ¿Cuál es más feo? Claro, un pitbull, pero uno incorruptible, profundo, con doctorado. Pero ojo, que esos perritos muerden hasta a sus propios dueños. Pero, insisto, todo esto que he dicho queda invalidado porque estoy hablando por la herida. De esto no hay duda, así es que no me hagas caso. ¿Y por qué me preguntabas por ella?

 

Mejor una pregunta general, ¿cuál es tu opinión de la situación de la crítica literaria actual en Chile?

 

Es un lugar común hablar mal de la crítica chilena. La razón es simple: siempre se afirma que la mayor parte de los críticos son malos, detestables, etc. ¿No lo acabo de hacer yo mismo en esta entrevista? Eso se escucha en todas partes. Yo creo que es una verdad parcial. Lo que sucede es que los malos críticos son en verdad muy mediocres, muy mal preparados, etc. Pero esto es más bien restrictivo a la crítica periodística, la cual cada vez se presenta a sí misma más empequeñecida y rencorosa e incapaz de ocultar su agenda. Ahora bien, si uno espera que los referentes literarios de Chile sean un Tal Pinto (qué nombre, ¿no?), la Paty Espinoza, el chico de la revista Intemperie, etc., vamos a tener que pedirle al Vaticano que manden más agua bendita para exorcizar a estos satanaces.

 

¿Y qué críticos te parecen bien?

Críticos como Camilo Marks, en cambio, o Pedro Gandolfo, José Promis, Juan Manuel Vial o el Leo Sanhueza escribiendo de poesía, por citar algunos, me parecen muy bien. Es otra escuela, van por lo literario, no por lo personal y eso se nota y agradece. La crítica académica es otra cosa. No creo que esa crítica afecte para nada el mundo editorial ni a la literatura chilena en general. Allí hay muy buenos nombres. Yo trabajo con muchos de ellos y son gente seria, con muchas lecturas, etc. Claro, también hay en la Academia problemas graves, pero son “problemas internos”. No conozco ningún escritor o editor que lea crítica académica para saber qué pasa en el mundo real.

 

Tu vida ha estado marcada por el autoexilio. Desde Concepción a Oklahoma, donde has tenido éxito en tu trabajo académico. Creo que se podría hablar en tu caso de un autoexilio, que se ha transformado en un viaje permanente donde el retorno aparece cada vez más lejano. ¿Tendrá eso que ver, de alguna manera,  con que no hayas podido escapar de la idea del viaje para escribir American Visa?

 

Sí, es muy certero eso que dices del retorno porque quizás ése es el viaje que no hice todavía; el viaje de regreso, el viaje final. Así está planteada también la novela, como un viaje que es ir a dejar a alguien a México y volver a Estados Unidos, pero que de repente se convierte en un viaje de retorno, un viaje que nunca vemos en la novela. Y aunque American Visa plantea una crítica muy dura contra América Latina o contra Chile en particular, hay también en la novela una profunda nostalgia por el mundo latinoamericano. American Visa se maneja en esas dicotomías que son un poco como la vida: uno puede hablar mal de los amigos que quiere, criticarlos un poco, pero seguir queriéndolos, sintiéndose cerca de ellos, necesitándolos finalmente.

 

En algunos lugares de la novela dejas un vacío donde se hace difícil asegurar quién es el verdadero narrador. Inicialmente es Marce Marcelo, que eres tú por razones obvias. Luego aparece Simón, amigo del protagonista, como sospechoso de la autoría del manuscrito. ¿Puede ser que el narrador, en este caso tú, se haya arrepentido de ser el autor?

 

¿Por qué por razones obvias? La novela contiene algunas cosas autobiográficas y otras que no, pero está plagada de trampas. Por ejemplo, ¿cuál es la manera de narrar algo donde el lector crea, de principio a fin, que la novela es autobiográfica? Bueno, ponerle tu nombre al personaje principal. Y siempre funciona. Un principio mínimo y básico es que la literatura es una obra de ficción, una ficción tramposa en mi caso. Al mismo tiempo la novela se plantea como una parodia del género del testimonio. Ese es el juego que hace Simón Alejandro cuando empieza a reescribir la novela escrita por Marce Marcelo y dice algo así como: “ok, yo no la voy a terminar, que la termine Marce como quiera”. Eso, obviamente, está tomado del final de El libro del buen amor, el final abierto del Arcipreste donde eventualmente el lector es invitado a terminar la obra. Por eso los personajes se plantean si existen o no existen o cuál es la historia que se está contando. Hay una cuestión puramente metaliteraria aquí, la historia que el narrador dice que esta contando o la historia que comienza a deformarse una vez que el manuscrito pasa desde el laptop del narrador a manos de Simón Alejandro. Muchos de los juegos metaliterarios de American Visa están tomados de El Quijote, el cual ha sido un libro fundamental para mí como escritor.

 

Si bien niegas el testimonio personal y lo usas como una parodia bien lograda, se perciben en la novela varias de tus obsesiones personales: el viaje, el retorno, la mirada del chileno, etc.

 

Yo creo que en eso soy muy Vargas Llosiano. Creo que uno narra sus propios demonios. La novela es un exorcismo de muchas cosas que quería contar. Si hay alguno de mis libros que fue necesario escribir, fue éste.  Yo creo que esa novela refleja muchas obsesiones mías, obsesiones sobre el tiempo, la cultura, el viaje, la amistad, con eso de cruzar fronteras, de no estar en ninguna parte, de vivir suspendido en el vacío. Hay una escena al final de la novela, cuando caravana llega a un hotel de carretera, creo que en Texas, el personaje central está afuera del hotel y tiene la sensación de no estar en ninguna parte, en un limbo, en un vacío que es más que un no-lugar, es una situación existencial, diría yo, y que es una sensación que he tenido muchas veces en Estados Unidos y que se ha empezado a transformar en algo que es parte de mi vida. Todo eso lo quería contar, ese desarraigo permanente, casi como inicio de una literatura migrante, un poco antipatriótica, pero no lo quería contar como la tragedia del latino inmigrante ilegal porque no califico para el latino trágico, eso habría sido completamente falso. Lo quería narrar desde mi experiencia que es la de mucha gente como yo, gente común y corriente que fue a Estados Unidos a estudiar. En ese sentido por ahí, en esa disfuncionalidad, quería que American Visa entrara haciendo su propio ruido.

 

¿Chile sería uno de tus demonios? 

 

Un demonio exorcizado. Es siempre difícil exorcizarse de Chile, porque Chile es como la malinche, la amante traidora, pero, al mismo tiempo, la madre de tus hijos.

 

¿Y has tenido que exorcizarte de la literatura nacional también?

 

No, para nada. Para mí la literatura chilena no es un problema en mi vida. No odio a los escritores que escriben libros que no me gustan ni me obsesionan las guerras literarias. Estas últimas me parecen simplemente divertidas. Las he estudiado con mucho fervor, especialmente las del Siglo de Oro y las de la poesía chilena. ¿Cómo no hacerlo? La literatura chilena no me arruina el desayuno, para decirlo de otra forma. Tengo algunas opiniones, pero creo que si eres un escritor honesto deber seguir tratando de escribir mejor cada día, haciendo tu mejor esfuerzo. No creo que otros escritores tengan derecho a interrumpir ese trabajo. Aquí si creo que el cliché funciona perfectamente.

 

A propósito, hace poco, el escritor Gonzalo Contreras lanzó una dura opinión sobre la que se podría llamar la nueva generación de narradores chilenos. Contreras afirmó que: “La literatura chilena actual carece de color y de olor”.

 

No conozco lo que dijo Gonzalo y tampoco he leído a todos los nuevos narradores chilenos. Pero supongo que Gonzalo tuvo buenas razones para afirmar aquello. Para ser honesto, yo no sé lo que le falta o le sobra a la narrativa chilena. Además, qué importa lo que yo opine. Dejemos a los escritores terminar sus libros, ojalá haya lectores y buena crítica para saber cuánto valen realmente esos libros. Al final, un escritor es un solitario, vive a disgusto con su tiempo, la vida le cuesta, se cansa, se desespera. A veces de todos estos abismos salen buenos libros, obras inmensas; otras veces, no sale nada, obras sin vitalidad ni visión, pero es así la literatura, cada uno obtiene las rosas que cultiva en su propio jardín.

 

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Poeta y director Periódico Literario Carajo.

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