En primera persona

Por Angela Neira-Muñoz

Hace varios años hago clases de escritura académica. El fin de esta materia teórico-práctica es que las y los estudiantes redacten textos coherentes de carácter formal, claros y pertinentes a su área de investigación, entre otros aspectos. Para conseguir ‘la destreza’ deben conocer y aplicar varias reglas gramaticales, como por ejemplo: la forma impersonal, la voz pasiva, el uso de la tercera persona. Quien escribe debe alejarse de toda subjetividad y juicio de valor, no puede tener relación con los hechos y jamás comprometer sus emociones. Este tipo de redacción oculta al sujeto para centrarse en la acción/ hecho. En consecuencia, la producción textual es objetiva/ neutral/ racional, es decir, expresa “la verdad”.

Sin duda el rechazo a trabajar en la asignatura es inmediato, ya que situarse afuera o “más allá del yo” es un mecanismo que les recuerda esa objetividad científica que quisieron evitar cuando eligieron carreras de las humanidades o arte. Al respecto, les explico que aquellos principios lingüísticos sólo se utilizan en ese contexto, pues la comunicación del día a día es otra; es real y diversa. O sea, es en primera persona.

Un día, después de clases, me dispuse a indagar las formas de comunicar en Chile desde el viernes 18 de octubre de 2019, y fue, y sigue siendo un desafío emocional ver lo que dicen y lo que no dicen las palabras desde esa fecha. Pero más abrumador ha sido analizar “cómo” se dicen esas palabras en el marco de la revuelta social. La excesiva nominalización de los problemas borrando al sujeto/responsable, por ejemplo “la indignación por las bajas pensiones es masiva” en vez de “nos indignan las bajas pensiones”. Relatar la violencia político sexual sin nombrar a las víctimas: “se comenta que ocurrieron tocaciones en las comisarías”, “las muertas durante las manifestaciones”. Indicar lugares de eventuales torturas sin la persona que las sufre: “fue desnudada y obligada a hacer sentadillas”, “se han perdido ojos y vidas”, “habían balines en la espalda”. Lo dicho cambia de manera rotunda si señalamos a quien realiza el acto: “Los XX asesinaron a 22 personas”, “XX manosearon a las estudiantes”, “X la desnudó y obligó hacer sentadillas”, “ X le disparó a los ojos”, “XX balearon al joven”, “ Los XX hirieron a 2.009 personas”.

Conforme a lo anterior, me parece alarmante la posibilidad de expresarse anulando al colectivo que somos y estamos en las calles. ¡Cómo no incluirnos en un nosotras/os! si todas/os “recibimos bajas pensiones”, “vimos los perdigones y signos de tortura en sus cuerpos”, “sufrimos por las mutilaciones”. No obstante, las frases pasivas imperan principalmente en los discursos ‘oficiales’, que se actualizan y redundan en el coloquio. Luego, si nos indigna la desidia del gobierno y la sistemática violación a los derechos humanos, me pregunto cómo esta realidad no tiene eco en sus palabras. Me pregunto cómo operan estas narrativas en el pensamiento crítico que queremos desarrollar en los distintos niveles de la educación, pues si bien hay situaciones en que la descripción de hechos es fundamental, hoy día no involucrarse es inexcusable dado el cruce de demandas urgentes que nos afectan. Sí, nos ‘afectan’ del latín affectare: aproximarse, acercarse. Sentirte incluida/o en el tejido/texto social. En suma, decir y escribir en primera persona y sin ortopedias lingüísticas que oculten a los responsables de cada acción.

***Angela Neira-Muñoz (Tomé, 1980). Magíster en Literatura, Máster en Igualdad de Género y Transformación Social en España, Estudios de Ph.D en Lingüística, Diplomado en derechos económicos, sociales, culturales y políticas públicas. Ha publicado Tres escenas en la vida de Alicia(s) (Ed. Al Aire Libro, 2009), Menester (Ed. Etcétera, 2015) y Tengo una deuda (Ed. Cuarto Propio, 2017). Ha recibido las distinciones del Premio Ceres a las artes literarias 2015, Premio líderes 2018 diario El Sur, y ha sido seleccionada como líder iberoamericana en cultura por la Fundación Carolina, España (2011).

Poeta y director Periódico Literario Carajo.

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