El Salvador. Francisca Alfaro. “Ficción y violencia en la narrativa salvadoreña de posguerra”

GUERRILLA SALVADOREÑA-020

 

 

Ficción y violencia  en la narrativa salvadoreña  de posguerra

 

El poder no cesa de interrogarnos, de indagar, de registrar: institucionaliza la búsqueda de la verdad, la profesionaliza, la recompensa. En el fondo, debemos producir la verdad como debemos producir riquezas, hasta debemos producir la verdad para poder producir riqueza(….)Después de todo, somos juzgados, condenados, clasificados, obligados a deberes, destinados a cierto modo de vivir o de morir, en función de los discursos verdaderos que comportan efectos específicos de poder.( Foucault, 1988, p. 28)

 

Digamos adiós a la falacia  de la historia única.  El duelo se sostiene sobre los hilos de la ficción y éstos  se han  desdibujado  en el espejo de sangre que se llama posguerra.  Sustantivación de  las profanaciones o ejercicio  de  encontrar  alguna razón íntima,  recontarán lo que para los novelistas  es una nación y su imaginario telúrico.  No hay interés por sostener desde las letras y la verdad de un realismo testimonial  la idea de una república,  mucho menos de arraigarse en una madre nación.  Solo la ficción salva a la narrativa de posguerra: Creo que  así estaremos más cerca de la vedad si entendemos  ficción como invención, como  creación activa y prospectiva, como aquello que nos permite  vernos más allá  de la inmediatez de los hechos. Así la ficción  resulta responder a una necesidad antropológica  y no a un simple lujo de ociosos (Baldovinos, 2012, p. 150)

En la era de las democracias de  baja intensidad,  la misoginia y la violencia el discurso de paz encarnará  numerosas  batallas  desde  una literatura desencantada, cruel e ignominiosa, capaz de hacer temblar no solo el andamio formal del texto narrativo  sino  lo esencial en el canon  tradicional:  la estética.  El decoro,  la sobriedad y  la verosimilitud  se construyen desde la absurda y abyecta versión del duelo. ¿Duelo de quién?

El novelista  entonces no estará sentado en banquillo de los  acusados para responder a los académicos y tosigosos  arcángeles de la estética acerca de  la razón  y de la verdad porque la historia es una versión cruenta desde la polifonía de la violencia.  Es así,  la violencia es la voz que argumenta y desde ella  los hijos de una narrativa  cargada de fuegos  y de trampas  aniquilan el  ser anterior.

La vida, la utopía, la esperanza y  las manifestaciones artísticas comprometidas claudicarán  frente a un mundo plagado de ruidos, de estridencias y de traiciones anunciadas desde el seno mismo del poder y sus contradicciones. En lo singular de cada  texto encontraremos  espacios donde  el sujeto se dibuja y desdibuja desde un proyecto  en crisis

La muerte y la locura en los cuentos  de Salvador Canjura

Comenzaré hablando  de Salvador Canjura con el texto “Vuelo 7096”.  En sus cuentos  construye una narrativa singular,  fundada en unos personajes que transitan de la normalidad a la locura y de la locura a la muerte. Pero antes bien  su identidad  está  situada en el nomadismo, en el no ser  que destruye  lo sagrado: la memoria y el arraigo.  Es la poética del  no ser  y del nómada,   que se  juega  su ser material,  la corporalidad. Desde lo íntimo,  Canjura  nos hace transitar  hacia  lo exterior  decadente.  Una neurosis colectiva y absurda  que deconstruye  y desacraliza la vida.  Lo único que le queda a un ser humano que ha perdido todas las esperanzas es el cuerpo.  Con él  hace  lo posible de sobrevivir. En el  cuento  “Un niño  muy latoso con sesos  de tomate” se narra la historia de dos niños que se muestran sus sesos  al aire para conseguir la  conmiseración de la gente y con ello dinero:  ¡Mire que abrirse la cabeza de esa manera! Había que estar  enfermo, o muy  hambriento, o tenerle mucho amor al dinero. ¡Porque sí que conseguían sus centavos! Como que se habían puesto de acuerdo. Nunca se les miraba juntos pero, ¡A la perica! Sí que jodían con sus cabezas destapadas. Uno con sesos de hongo y de coliflor, el otro con sesos de tomate.  Ya nos tenían alterados los nervios. Ni siquiera en la época de la guerra estuvimos tan mal de la presión, y eso que  aquí se daban de balazos que era de todos los días, que  hasta  teníamos que andar con cuidado para no patear los muertos. (Canjura, 2012, p. 11)

La posguerra empieza por mostrarse cual fábula,  o espectáculo “guliveriano”  en el  que  los signos de racionalidad solo son posibles bajo una lógica de violencia aceptada y compartida. Ritos  de violencia.  Muestra a unos personajes constantemente expuestos a develar, a generar incertidumbre como el caso de  la señora del cuento anterior, que oculta los dos cadáveres de los niños  latosos debajo de su cama: La única que se acuerda todos los días soy yo, porque cada mañana, nada más levantarme, miro las calaveras que me trajo el cazador que encontró a esos diablos a la orilla del río, medio comidos por los cangrejos. Por eso le advertí que no barriera debajo de mi cama. Y ya ve, por bruta se llevó el susto de su vida. (Canjura, 2012, p. 15)

Estamos  entonces, frente a una sociedad integrada por desviados, por sujetos que no anhelan nada sino que se suscriben  a la sobrevivencia  de los días. ¿Cómo argumentar entonces la causa de la locura en los personajes?

.  Hay  una idea que Foucault sostiene en la  “ Genealogía del Racismo”, según la cual  en el estado moderno   las desviación o locura es el principal   hecho  en oposición a la pureza(razón):  Lo que el discurso revolucionario designaba como enemigo de ciase, en el racismo de Estado llegará a ser una especie de peligro biológico. ¿Quién es ahora el enemigo de clase? Y bien, es el enfermo, es el desviado, es el loco. (1988, p. 74)

Como en otro cuento  titulado   “La mano blanca”, donde  hay también una referencia a lo ideológico, lo racista y  a lo exótico de la revestidura de los personajes de posguerra: Mi nueva mano es blanca y pecosa. Sus dedos son delgados y sus uñas tienden a crecer  con mayor rapidez que las de la otra mano. Apenas se distingue la cicatriz en el punto de unión con el brazo que antes estaba mullido. Se confunde con el brusco cambio de tonalidades de la piel, del blanco al moreno. Durante los días que siguieron a la operación, me apenaba que me vieran por la calle. Era igual de desagradable que cuando antes se detenían a observar mi muñón. Pensé que podría utilizar guantes, pero  era absurdo. No los  habría soportado mucho tiempo, debido al clima del trópico. .(Canjura, 2012, p. 61).  Claro, también está lo  simbólico en alusión  a  la operación paramilitar, aunque este énfasis y conjetura sea mío,  es decir “La mano blanca”  rareza  del trópico,  violencia revestida por los guantes del poder. Deformidad de la violencia. Continúa  aún  desde una  imagen de reconciliación, estrechando  el implante blanco con la oscuridad de la otra mano.

La violencia que se justifica en torno a los desviados como se abordara en  Foucault,  aparece en la narrativa centroamericana reiterante, así la ubicamos en el personaje  aparentemente loco de  “Los muertos a otro lado”. Este personaje  entierra a muertos que le son aventados por alguien o un grupo anónimo en el patio. Todos los días caen  muertos por el muro trasero. Hasta que un día uno de los muertos es su hermano:   A los diez días, cuando me iba ya a dormir, escuché otro golpe. -¡Puchica! ¡Ya empezaron con la jodedera! Fui con la pala a buscar al caído. Lo alumbré  con la lámpara y vi que era mi hermano. Le habían puesto en la garganta un alambre con púas, que  se le había  clavado bien profundo. La sangre estaba seca. Le habían cortado la lengua. Para él cavé una tumba grande. Lo dejé profundo, para que los perros no los desenterraran. Le recé varios padrenuestros y hasta un credo, pero me salió mal porque no me acordaba como iba. .(Canjura, 2012, p. 30)

 

Otro texto  intrigante  y capaz de suscitar nuevas sensibilidades sobre  los ejes temáticos de la posguerra  es “El Perro en la Niebla” de Roger Lindo.  Interesante ficción de un ex revolucionario que  nos reconstruye el tránsito  o proceso iniciático  de un o intelectual burgués y  su relación dinámica con las clases obreras.    Se presenta a sí mismo desde el símbolo del perro  y su marco difuso, en un plano ontológico de futuro, es la neblina. Su personaje principal es Guille  y  nos hablará del gran signo que deconstruye :  “La paz”, pronuncié en voz alta y pausada frente al espejo, alzando el vaso, mi ser resumido en una sonrisa enigmática y sin bigote. Pero toda paz presupone cierta pérdida pensé.”Ciert..ta pér…di…da”, dije sonriente y sorbí la mitad  del whisky. Yo mismo, antes de salir de mi provincia, tuve que abandonar la .357.Ahora sí que estaba solo: sin trabajo, sin Ana Gladys, sin mi mágnum…Miento, si tenía trabajo: cambiar de nombre, dirigirme a Hollywood, cazar a uno de los de mi raza.”(Lindo, 2008,p.221)

Interesante resulta,  citar a Foucault  nuevamente para  nuestra  propia tesis  sobre la paz en la ficción: La guerra es la que constituye el motor de las instituciones y del orden: la paz, hasta en sus mecanismos más ínfimos, hace sordamente la guerra. En otras palabras, detrás de la paz se debe saber ver la guerra; la guerra es la cifra misma de la paz. (Foucault,1988, p. 47)

A lo mejor exista  una tendencia  por mostrar desde la experiencia  del propio novelista  un rasgo de su vitalidad: lo biográfico. Como en el caso de la novela de Roger Lindo o en las novelas de Horacio Castellanos Moya. Sin embargo  la voz narrativa y el tejido de la ficción abandona esta  única intención y logra una nueva verdad, contradictoria  pero estéticamente  novedosa: la metáfora de posguerra, expresada en el discurso protagónico.

 

Así,  en otra novela   El sueño del retorno de Horacio C. Moya es  fácil advertir cómo el sujeto protagónico no encuentra paz aunque su conflicto principal no sea con la guerra sino con él mismo. Su propia guerra hacia su memoria. La metáfora de la desmemoria: el sueño.

En  esta novela el protagonista está marcado por la des- razón que le produce el exilio. El exilio es  violencia, violencia del estado y de la organización a la que una vez perteneció: Un encanto Pico Mollins, que nunca me cobró una sola consulta, desde que llegué la primera vez recomendado por una colega periodista que le hizo saber la indigencia que yo padecía como consecuencia de tener que vivir en un país ajeno para evitar que mis connacionales me destazaran, como a tantos otros les había acontecido (Moya,2013,p.10)

El personaje es un periodista que necesita de psicoanálisis  y de tratamientos  para llegar a él mismo. Atravesado  por el desarraigo de  no encontrar ni en la familia, ni  el país alguna razón para  ser un hombre de utopías,  reflexiona sobre lo intrincado que resulta el presente. El presente es el cuerpo de la violencia: …desde ese lejano momento comprendí que el origen de la violencia está en el deseo del hombre de apoderarse de lo que no le pertenece valgan la redundancia y el tono pontificio (Moya, 2013,p. 75)

La conciencia y la ficción

Existen dos espacios que forman la conciencia del ser contemporáneo y estos son el espacio nómada y el espacio estatal.   Los poderes políticos no reconocerán abiertamente que en nuestro siglo,  ellos siguen estando construidos  sobre la base de  los antiguos poderes.

En “Elogio de las profanaciones” de G. Agamben hay algunos rasgos interesantes que nos pueden ayudar a entender el conflicto de los personajes de posguerra: Desde el punto de vista del estado, la originalidad  del hombre de guerra, su excentricidad,  aparece necesariamente bajo una forma negativa: estupidez, deformidad, locura, ilegitimidad y pecado. (Agamben,2005, p. 361)

Aún dentro de una lógica  diagramada para la escritura creativa y para los proyectos de fin de siglo, la literatura  busca una vía de regeneración tanto estética como axiológica. La legitimidad de  esa búsqueda por la conciencia y la resolución del duelo es quizá en términos  muy humanos  la veta que orienta  la nueva producción narrativa.

En las novelas por ejemplo,  hay una intencionalidad fija   por situarnos en el mundo de los protagonistas.  La primera persona del discurso,  el recorrido hasta  cierto punto testimonial  de los acontecimientos, sin embargo la   mirada es  muy  íntima y  escatológica. Interesa la muerte como signo habitual y ritual.  Ya no hay por qué  instaurar  nuevas  hazañas sino la vida misma se convierte en una embestida frontal.

La desacralización y la precariedad como  correspondencias  en una paz silenciosa.

G .Agamben nos describe como el acto de  lo que solemos llamar religión  está formado por  una separación de las realidades humanas. Cómo a través del sacrificio el hombre alcanza  la plenitud. Satisface a unos dioses entregándoles el corazón o los hígados. ¿Qué sentido tiene esta afirmación en la literatura de posguerra? ¿Cómo ubicar lo sagrado y lo profanado? Los planteamientos políticos  de finales de los setenta y ochenta implicaron  en las sociedades centroamericanas una serie de revalorizaciones acerca de los procesos de libertad y de justicia social. Los mismos que les llevaron a organizar de manera religiosa la separación de lo mundano con lo sacrificial. Sacrificarse era parte  de los valores éticos  y humanos. El “ethos” de unos personajes  condujo a la exclusividad del testimonio como en  “Un día en la vida” de Manlio Argueta  y  otras novelas  de corte testimonial.

Esas maneras estaban estructuradas bajo principios éticos y  luego militantes que se manifestarían de formas muy variadas en el conflicto armado y con mayor complejidad en el momento posterior al conflicto.  Los cuerpos entregados a la religión de la guerra. La guerra es el gran signo que aún no es posible abandonar porque se no hay límites claros  entre  su finalización como espacio de violencia  y no finalización como acuerdo histórico.  Qué común entonces, es recontar  desde ¡ Los muertos a otro lado!  los cadáveres,   signos todos de lo sacrificial.  Imágenes que en la posguerra siguen teniendo  un  encuentro  bestial con la realidad: En esos meses tiraron  hasta tres cadáveres  por semana. Gordos, flacos, niñas, viejas, barbudos, calvos. Venían  con disparos en el pecho  o machetazos en la barriga. Lo único que podía  quitarles era los pantalones  o las faldas. Al mes, afuera hice un rótulo  bien grande para  que un ciego lo leyera  aun en lo oscuro: “ESTA ES UNA CASA DECENTE. VAYAN A TIRAR SUS MUERTOS A OTRO LADO”(S. Canjura, página 27)

Profanar  nos expondrá Agamben es una manera de negligencia.   Inequívocamente  se mueve la distancia entre lo sagrado y lo  no sagrado.  La narrativa de finales de los años setenta intentaba establecer una ruptura con la sacralidad de los valores de la república. Claro,  esa idea de república desde las academias de la historia o desde los hacedores de la literatura  de academia. La Generación Comprometida  será otra cosa, otro ethos en el sendero donde nacen las irreverencias y las contrahistorias.  Señalaba lo terrible en los sistemas de gobiernos, auxiliados por regímenes militares. Instituía  una manera de sacrificio  sentada sobre la concepción del hombre libre, el hombre comprometido con la lucha social y  el hombre   que se vinculaba  desde toda su racionalidad a la  búsqueda por una nueva sociedad.

En la literatura de posguerra, desde esta perspectiva, existe la expresión dinámica entre: sacralidad y profanación. ¿Qué se profana?  El héroe. Ese cuerpo entregado como sacrificio. El testimonio por ejemplo, buscaba la fidelidad  hacia  la sacralidad. La religión de lo real como valor de uso.  La  idealización de las costumbres para el escritor liberal y republicano, también era el valor de uso.  Entonces  la  profanación deviene de la necesidad de marcar un momento de inflexión.

Sin embargo, es posible advertir la trampa del fetiche.  Para Agamben el fetiche deviene en  conservar unas estructuras de lo sagrado. No hay distancias claras. No se ha aprendido a jugar con lo sagrado. El lector, por ejemplo, la audiencia de la literatura estará esperando el museificación  de los rituales. Por ello pareciera que las primeras lecturas de los textos de posguerra agreden al incauto. Que en todo caso somos los lectores  ritualizados,  formados desde una  lógica  de uso o intercambio. ¿Para qué escribir una novela donde  al final el personaje se redescubre como un perro?¿Cómo explicar la  incongruencia entre un héroe de guerra y su cinismo  en la confrontación:  verdad y memoria? Y en última instancia  ¿A quién le compete explicar cómo la locura  del hombre se vuelve una manera de expresar el desarraigo con la religión de la  guerra?.

Para entender ese no misterio sino  un sentido  existencial de la realidad  y sus implicaciones íntimas,  el héroe de posguerra busca desacralizar, profanarse y profanar lo que para   el discurso  funcional es sagrado.

Ahora  bien, ¿Qué instrumentos nos permiten  profanar?   La repuesta  está en una vuelta a la primitiva materia de los hombres. El juego es una de las esferas que nos permite profanar.  El juego es una puerta para una nueva felicidad. Sin embargo el juego también es obsoleto.

La literatura profana a  través de lo lúdico-ritual: Restituir el juego  a su vocación puramente profana es una tarea política.  Estas palabras  nos  invitan reflexionar los textos salvadoreños de posguerra desde  la concepción del héroe  sangrado, incapaz de volver a entregar sus vísceras a los dioses, sino solamente  el humor del juego y con ello una simbólica manera de renombrar las realidades.

La violencia  utiliza la máscara de una metáfora que  da vida a la ficción poética. ¿Hacia dónde va el compromiso?  El único compromiso es con la  desacralización de la religión de la guerra y de una paz fallida. Hay un espacio  estriado desde donde  el novelista irrumpe para  señalar claramente que la vida  es ahora el espacio público.  La ficción  es la única manera de decirlo.  Eso supone  la nueva narrativa de posguerra.

Bibliografía:

 

  • Baldovinos, Roque (2012) Niños de un planeta extraño. Editorial Don Bosco. San Salvador.
  • Canjura, S.(2012) “Vuelo 7096”, San Salvador. DPI.
  • Foucoult, M. (1988). “Geneología del racismo”. Buenos Aires: Siglo XXI.
  • G. Deleuze y y F. Guattari (1994) “Mil Mesetas, Capitalismo y Esquizofrenia”, Valencia,  Editorial Pre textos.
  • Giorgio Agamben (2005) “Elogio de la profanación”.  Profanaciones.  Buenos Aires: Adriana Hidalgo.
  • Judith, B. (2006). “Vida precraria: El poder del duelo y la violencia”. Buenos Aires: Paidós.
  • Lindo. R.( 2006) “El Perro en la Niebla” España, Editorial Verbigracia.
  • Moya. H.(Horacio) “El Sueño del Retorno” México, Tusquets Editores

 

 

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Francisca Alfaro. Nace en San Salvador el 10 de julio de 1984. Licenciada en Letras. Algunos reconocimientos  literarios son: Segundo Lugar en el Certamen Poético Universitario  denominado: “Tu mundo en versos”(2008); Primer  lugar  en  Los Juegos Florales de Zacatecoluca(2014)  y en Primer lugar  en  el Certamen Nacional  Santa Tecla Activa (2015.) Fue miembro fundadora del Círculo de la Rosa  Negra en 2003, y el Colectivo Literario Delira Cigarra de 2006 a 2011. En 2014 colabora con “Háblame de respeto” como guionista literaria del manga “15 segundos”. Actualmente  trabaja como docente en el Liceo Salvadoreño y la Universidad de El Salvador.

Poeta y director Periódico Literario Carajo.

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