Argentina. Guillermo Severiche. “Toda el agua que pasa de noche” (fragmento)

El sol de la tarde repuntaba como no lo había hecho en varios meses. Los adultos habían desaparecido. Las horas de creciente calor los mandaban directo a la cama y morían por dos o tres horas. Los árboles duros y de verde copa se ponían como guardianes de los juegos de los niños ya dueños del terreno. Los álamos y algunas moras desfilaban certeras a los costados de las acequias. Casi no había sombra más que debajo de las ramas o de los pocos balcones que salían de las fachadas de las casas. En el barrio estaban contados con los dedos aquellos privilegiados que habían juntado unos pesos para expandir su techo, para crecer un piso o poner un balcón de cemento. Todos los durmientes sabían con celos las casas que a sus ojos desbordaban de abundancia. Un balcón, unas barandas de madera barnizada, unas puertaventanas recién hechas por el carpintero eran las marcas acuciantes de un desnivel económico y para ellos también moral.

Atilio sintió el aroma a tierra mojada que entraba por la puerta. El camión cisterna recién pasaba. Ese olor a tierra seca palpitando el vapor de la tarde lo llamó y lo obligó a salir y sumergir la mano en el barro fino y los granos secos que se escondían por debajo. Se llevó un puñado de tierra a la boca y lo escupió. Otro puñado. Frente a la calle mojada y un mar de vapores él se sentía a la deriva.

A su espalda notó que un grupo estaba hablando y temió que lo hubieran visto. Pero se alivió al ver que Marcelo largó un comentario y toda la muchachada parecía interesada sólo en lo que él decía. Lucio estaba entre ellos, lo miró de reojo y le hizo señas para que se acercara. Marcelo siguió contando lo mucho que había cogido con la mina de al lado, la conchita húmeda y el telo que su papá le había sugerido.

Boludo ahí no limpian, sólo pasan la mano a ver si las sábanas están mojadas o no, y si no hay nada las dejan así nomás, no sabías, boludo te hubieras ido a otro telo, te re garcó tu viejo, bueno qué querés, a la mina no le calentó, no te hagás el que se sabe todas gil, che dale contá, no sabés el traste que tiene, no me dejó ponérsela por el culo, la próxima me dijo, pero me la cogí por la concha y hasta le puse la pija entre las tetas, así como en las revistas, estaba re caliente la mina, contá cómo se la pusiste, qué puto que sos che, no boludo dale contá, te gusta maricón, no dale boludo, no seas culiado contá, si sabés que la tengo grande por eso preguntás, no seas gil dale contá, querés que te la muestre a ver mostrame la tuya y vemos quién la tiene más grande.

La bulla parecía despertar a los que se animaban a dormir la siesta. Dale vamos ahí a la vuelta de la esquina y me mostrás y yo te muestro, no seas culiado, dale pajero no seas cagón, alguien quiere venir, dale boludo, en serio para que nos crean, pero si nos van a creer, en serio boludo vamos a hacerlo de verdad, vos querés venir. Lucio fue con ellos y los tres se ocultaron detrás de una pared de ladrillos que se levantaba solitaria en el terrenito de la esquina. Atilio se quedó escuchando a los demás que repetían lo hijo de puta que era Marcelo.

Te dije que la tengo más grande, ya te sacaste las ganas no putito, ya me la viste y eso que no estaba tan parada. Rieron. Boludo dale contá, vos pibe deciles, tiene razón, así más o menos de grande, boludo contá ya está. Marcelo tenía una remera holgada de líneas negras y blancas que bajaba de sus hombros como si se trataran de una percha. Atilio escuchó que cogieron las dos horas que habían pagado y que tuvo que apurarse al final porque se tenían que ir y no le daba más la guita. La mina no tenía un peso. También dijo que al otro día le contó a su viejo mientras la vieja seguía lavando la ropa y que el viejo lo felicitó. No me va llevar más a las putas. Hijoetigre campión. Atilio miró con curiosidad las manos flacuchas que se agitaban con el discurso, miró el cinturón de cuero negro, el único resto de aquella campera que seguro dormía en un armario de invierno, el jean holgado y las zapatillas de tela amarronada. Para algo te sirvió la práctica con las putas.

Atilio vio que Lucio había dejado de ser él mismo, que en el fluir de las palabras se había imbuido en la experiencia acuñada por el relato de Marcelo. Pudo ver en sus ojos admirantes el deseo de ser ese ganador, ése de la pija grande que a pocos años de distancia ya se cogía a una y mil minas seguro, que no tardaría mucho en metérsela por el culo, que se conocía las mejores putas, las más baratas y gauchitas, seguro que se le había roto ese pedacito de carne virgen de la poronga que no te permite que te crezca más, pero se va a romper, va a sangrar y va a ser grandota, gorda, llena de leche, y van a tener que hacer fila para que se las pongás a todas, una por una, a todas por igual. Y si hubiera ido él detrás de esa pared de ladrillos, qué habría hecho, qué habría dicho. Qué terror vergüenza que te miren se den cuenta. Pero si ellos también quieren. Si ellos también caen en el encanto de una pija parada, servida en su esplendor, lista a ser devorada. Ellos caen también, pero son tus ojos los que salen a flote y los pone de frente, cara a cara, desnudos, sin la pija, sólo el cuerpo. De haber ido, Atilio no hubiera dicho nada, hubiera mirado de reojo, sin saber cómo moverse ni qué tono de voz usar, no hubiera podido enfrentarse a la actitud del quéguachohijodeputalocovamoMarcelonomá. Escupió un dejo de tierra que se hundía en su muela. La mina también acabó. Rieron. Se vino encima mío.

 

 

***Guillermo Severiche (1986, Mendoza – Argentina) estudió letras en la Universidad Nacional de Cuyo. Realizó un máster en Estudios Hispánicos y un doctorado en Literatura Comparada en Louisiana State University (Baton Rouge, EEUU.), donde también enseñó cursos de literatura y cine. Actualmente, es escritor en el máster de Escritura Creativa en Español en la New York University. Ha publicado ensayos y artículos académicos dedicados al cine y la literatura contemporáneos en medios de Argentina, España, Estados Unidos y Puerto Rico. Toda el agua que pasa de noche es su primera novela aún inédita.

Poeta y director Periódico Literario Carajo.

1 Comment

  • Responder Marzo 20, 2018

    Silvia

    Es maravilloso se aprecian tus sentimientos! Me gustó

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