Cuba. Amir Valle. “El peligro de la mediocridad en los nuevos editores”

amir valle la mediocridad en los nuevos editores

 

 

Una de las noticias más comentadas en el mundo editorial en los últimos  ha sido el adiós profesional de personas que, por sus vínculos con ese fenómeno que llamamos “literatura latinoamericana”, se convirtieron en nombres de referencia obligada a la hora de estudiar la historia de las letras castellanas de las últimas décadas: primero, la cesión que hizo Beatriz de Moura a Juan Cerezo de su trabajo como editora de Tusquets; luego, la muerte de la agente literaria Carmen Ballcels y más recientemente el anuncio de la próxima salida de Anagrama de Jorge Herralde.

Son, como se comenta en las redes, personas sobre quienes existe un mar de opiniones favorables o críticas (algo que es lógico en un mundillo tan complejo como el literario, en el cual un mismo asunto adquiere matices muy distintos en dependencia de la posición, criterios o experiencias y frustraciones del que observa), pero lo innegable es que a esos y otros nombres se debe en gran parte el favorable impacto que las letras latinoamericanas y españolas han alcanzado a nivel internacional. Muchos de ellos, como también se sabe, fueron descubridores de nombres que hoy se consideran imprescindibles en nuestras letras, y sobre estos y otros nombres que ya hace un tiempo han dejado el mundo editorial, sea por fallecimiento o jubilación, se ha creado la mítica de ser editores estrellas, de esos que alguna vez se arriesgaron con lo nuevo, con lo desconocido, apelando a su olfato en busca de esa controvertida etiqueta que es la “alta literatura”.

Sea como sea, una evidencia salta al ruedo en muchas de las discusiones e intercambios de mensajes en internet: la figura del editor que alguno de ellos representaron se hace cada vez más necesaria en momentos en que cualquiera cree ser capaz de ser escritor, como si además de la posibilidad (hoy facilitada en extremo) de llenar cuartillas en un ordenador y, luego, publicarlas por alguno de esos sistemas de autoedición tan novedosos y traicioneros, la literatura no fuera un arte, es decir, un oficio para el que se requiere consagración, entrega y pasión pero, también, talento.

El editor, aquel, era un descubridor, un provocador, una bestia osada a irreverente que iba contra las normas, las capillas, los grupúsculos y las tendencias. El editor, aquel, era un lector enfermizo usualmente dotado de un olfato inigualable para lo que sonara grande y distinto, pero armado también de una cultura que justamente le permitía entrever entre la paja el minúsculo grano de oro. El editor, aquel, era alguien que prefería el riesgo, y los asumía durante años, incluso aunque sus autores de cabecera fueran absolutas pérdidas económicas. Se extraña hoy a ese editor.

Y es algo contradictorio: en estos tiempos, donde sólo en América Latina existen cientos de editoriales independientes, aún no es posible reconocer a una figura que uno podría incluir en esa categoría mítica que tanto benefició a la literatura universal en cualquier época. Hace unos meses, un amigo y colega latinoamericano me envió cinco libros de una de esas editoriales emergentes: cinco autores distintos, incluso de generaciones diferentes, residentes en ámbitos casi irreconciliables de tan dispares geográfica y socialmente parecían estar escribiendo el mismo libro, incluso con los mismos tips y hasta manías escriturales. Y esa editorial está en un país como México, donde hoy mismo se está produciendo una de las literaturas más variadas y profundas de nuestra lengua.

Creo intuir las causas: muchas de esas editoriales, muchos de esos editores, suelen ser escritores que se lanzan a la escena editorial priorizando sus gustos, focalizando la literatura sólo en aquellos cauces que consideran “la tendencia correcta” y el reto, ya la vida lo va demostrando, no es publicar autores que comparten nuestras capillas, ni que pertenecen a nuestras tendencias, ni mucho menos, como he leído en los comunicados de algunas editoriales alternativas “autores marginados por las exclusiones del actual panorama editorial”. Y es que, aunque haya que reconocer el enorme impacto de rescate de valiosas obras y valiosos autores que sólo publicarían en las editoriales hoy establecidas gracias a un golpe de suerte, el verdadero trabajo de una editorial y de un editor es justo ese: rescatar lo rescatable, sea de la tendencia que sea, pertenezca a la corriente o escuela literaria a la que pertenezca; mostrar la realidad literaria en su complejidad y matices; promover lo se considera de excelencia venga de donde venga. El verdadero editor no trabaja sólo para colocar un libro en el mercado; es responsable también de inscribir nombres en ese libro incorpóreo y misterioso que es la cultura de un país. Fue justo esa mirada culturalmente amplia, irreverente e inclusiva lo que hizo que obras tan distintas y tan distantes como las escritas por García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Cortázar lograran conformar el boom.

Le he preguntado a algunos de esos editores-escritores y su respuesta ha sido similar: “lo mío es abrir camino a esta tendencia”, “yo creo en que somos los que estamos a la vanguardia de las letras ahora mismo en este país y esto es lo que hay que promover porque somos marginados”, “si promuevo lo de mi grupo y lo del otro grupo, ¿no hago el trabajo del tonto?” o “esa mirada abierta que la cargue otro, yo quiero concentrarme en mi línea”. Y, aunque suene demasiado rotundo, el reto de un editor no es demostrar que tal tendencia es superior a las demás; la cuestión tampoco es andar viendo enemigos en un escenario como la literatura donde, quiera reconocerse o no, hay espacios para todos; el reto es abrir el abanico y mostrar el panorama más amplio, múltiple y tipificador de una realidad literaria. Y ese es un reto de grandes. Y mientras se insista en ver ese universo impresionantemente diverso que es la literatura como los caballos con orejera miran el camino por donde, mansos y resignados, transitan, la mediocridad estará de fiesta, orgullosa y altiva, disfrutando de su triunfo ante esos seres ilusos tan amantes, los pobres, de los retos pequeños.

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Amir Valle AMIR VALLE (Cuba, 1967). Escritor y periodista. Su obra narrativa ha sido elogiada, entre otros, por escritores como Augusto Roa Bastos, Manuel Vázquez Montalbán, y los premios Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, Herta Müller y Mario Vargas Llosa.
Saltó al reconocimiento internacional por el éxito de su libro Jineteras (Planeta, 2006) y de su novela Las palabras y los muertos (Seix Barral, 2007, Premio Internacional de Novela Mario Vargas Llosa 2006). Su libro Jineteras, actualmente con ediciones en diversas lenguas, obtuvo el Premio Internacional Rodolfo Walsh a la mejor obra de no ficción publicada en lengua española durante el 2006.
Igual impacto de crítica en Europa tuvo su serie de novela negra “El descenso a los infiernos”, sobre la vida marginal en Centro Habana, integrada por Las puertas de la noche (2001), Si Cristo te desnuda (2002), Entre el miedo y las sombras (2003), Últimas noticias del infierno (2004), Santuario de sombras (2006) y Largas noches con Flavia (2008). En el 2008 obtuvo el Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona, de España, con su obra Largas noches con Flavia. Sus libros más recientes son la novela Las raíces del odio (El barco ebrio, España, 2012), la novela biográfica Hugo Spadafora – Bajo la piel del hombre (Aguilar-Santillana, 2013) y la novela Nunca dejes que te vean llorar (Grijalbo, 2015). Actualmente reside en Berlín, desde donde dirige OtroLunes – Revista Hispanoamericana de Cultura (www.otrolunes.com)

Más información en su sitio web: www.amirvalle.com

Poeta y director Periódico Literario Carajo.

1 Comment

  • Responder Noviembre 21, 2015

    Porfirio Romo

    Admito esta crítica, estimado Amir. Me parece que no hay, hoy por hoy, un editor de grandes alcances como lo fueron los que nos antecedieron. No lo encuentro, al menos en mi país, México. Lo he pensado mucho y he tratado de encontrar causas en el panorama de tantas editoriales que se han ido formando, la gran mayoría, bajo el escudo de la “independencia”, aunque no siempre dejan claro de qué son independientes. Otros, han recorrido solamente el camino de la sobrevivencia, que no es poca cosa, pero no alcanza para hacer propuestas atrevidas de autores que le den sentido a su catálogo y con ello, significado a un periodo literario que consiga dejar huella. He pensado que al tiempo podrán verse algunos retoños que logren robustecerse, sin embargo el tiempo pasa y no damos con esas señales claras. Una posible respuesta puede ser la voracidad del mercado. Cuando un editor pequeño saca a la luz a un autor interesante, de inmediato aparece la seducción del editor grande que se lleva a ese autor. Entonces, la permanencia se vuelve demasiado corta, de los autores en una misma editorial, de los libros en las librerías avasalladas por cantidades enormes de novedades. Lo único que por ahora tengo, como editor, es la perseverancia, espero algún día dar es brinco que reclamas para contribuir a que no quede una laguna demasiado grande en esta época de grandes comunicaciones, de muchos autores y cada día menos lectores.

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